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  • Brenda Ríos

A sangre fría (1965)

Actualizado: 23 nov 2021


Dicen que ese libro fue su perdición. Que de ahí no se recuperó. Haber entrevistado a dos criminales antes de la pena de muerte. Una familia en Kansas fue asesinada al parecer sin motivo alguno. Y Capote fue a investigar por qué. Rickard Hickock y Perry Smith eran los asesinos infelices. El escritor pasó más de seis años escribiendo un libro-testimonio-crónica que sería un parteaguas en la literatura del siglo XX norteamericano. Y que serviría de plataforma para revisar lo que se pensaba era la literatura anglosajona hasta ese momento.

Dicen que Capote no sería el mismo. Que las entrevistas las llevó por donde quiso. Que explotó el asunto, el drama, el morbo, desde su trinchera. Que después no haría nada igual.

¿Libros malditos o con maldición? Puede ser.

Era joven y quería ser famoso.

Nada sería lo mismo después.

Yo lo leí cuando estudiaba comunicación. Me dijeron que era importantísimo leerlo. Pero cuando uno lee obligada la lectura cobra un matiz de prisa, de hacer la tarea. Pero el libro atrapa. Es ágil, poderoso, un narrador que no huye de su papel de celador. Él, desde afuera de la prisión es otra prisión. La del atrapahistorias. Ellos morirán por lo que hicieron, el narrador-testigo-entrevistador-dios saldrá poderoso más vivo que nunca hacia la nueva libertad y la fama.

El tema de la fe y el perdón están en ese libro. El tema de la culpabilidad. El homicidio con dolo. La sangre. La investigación. Y el fantástico relato de esos dos hombres siendo observados por un hombrecito que debió entrever la maravilla de la historia.

No haría nada igual. Plegarias atendidas, música para camaleones…sí, están bien hechos, dejan traspasar la frágil humanidad de sus personajes, sus contradicciones, pero no parecen haber salido del mismo fuego. Capote tenía hambre en A sangre fría. Esa hambre es notable. La ambición es notable. No es desesperación, es otra cosa. Es saber tomar con las dos manos un objeto preciado y pesado. No dejarlo ir. Quizá fue demasiado. O un conjuro. Jugó con las fuerzas obscuras de procurar ser el listo de la historia donde los asesinos son otros. Sea como sea, dicen, no volvió a ser el mismo ni a escribir con esa fuerza. Después de eso, languideció. Kansas ganó, después de todo.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]


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