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  • Franco García

Baños públicos




A los 25 años perdí mi riñón izquierdo, la causa: un lito y mi uréter estrecho. Mi urólogo ignoraba mi mal congénito hasta que lo descubrió cuando intentó colocarme un catéter doble J. Al final me operaron de urgencia y me diagnosticaron hiperuricemia con hipercalciuria absortiva. Desde entonces llevo una rigurosa dieta de beber dos litros de agua al día, así que la necesidad de ir constantemente al baño forma parte de mi vida cotidiana.

En la Ciudad de México existe un sinfín de sanitarios. Están los de cantina, los de plazas comerciales, los del aeropuerto, los de librerías, los de antros, los del Metro, los de hospitales, los de restaurantes, los de los estadios, los de supermercados, los de centrales de autobuses, etcétera; cada uno con un olor, diseño, color y precio especiales. No obstante, ninguno se compara con el de casa. El consumir agua de manera frecuente me pone en dificultades cuando salgo y, como estratega militar, tengo que analizar desde antes el lugar de mi visita para no complicarme la guerra.

A lo largo y ancho de la ciudad, los baños nunca pueden faltar. En mi opinión, son infinitos y tan necesarios como respirar. A nadie debe sorprender que haya quienes los utilizan para dormir, tener hijos, suicidarse, asesinar, follar, masturbarse, comer, beber o drogarse. O bien, para llorar y arrepentirse de lo que hicieron o comieron (los lamentos pueden escucharse a kilómetros). Hasta ahora todo en ellos es permitido. Los baños de los hoteles en las delegaciones Coyoacán o Tlalpan son los que más admiro y visito— aunque no tan frecuente como desearía— porque, además de ser económicos, tienen ese toque erótico-clasemediero que te inspira a mantener sexo allí más que en la amplia cama. Las tazas, los azulejos, las regaderas, los lavabos, las luces, los jacuzzis… ¡Qué dicha la desdicha de la clase media!

También los de las librerías son mis favoritos, principalmente los de El Sótano, Gandhi o Péndulo. Vaya que dan ganas de llevarse uno o dos libros y dar una rápida y placentera lectura. Creo que los dueños deberían considerarlos centros de lecturas exprés para personas de menor poder adquisitivo, así tal vez las librerías serían más atractivas, un concepto de modernidad del siglo XXI.

Por otro lado, los rudos son los de las universidades o los de las afueras, con ese glamur apocalíptico de escenario de película ciberpunk, nauseabundos, húmedos. No habrá papel higiénico, pero sí cigarros de marihuana, polvo blanco, condones, sangre, mocos, navajas, toallas femeninas, vómitos, placentas, cadáveres de animales, mensajes obscenos. Como en la siguiente minificción:


Ingreso a toda prisa a un baño público. Leo un mensaje arriba del mingitorio: “Tu madre es una zorra”. Más allá, otro: “Si quieres te la chupo. Márcame”. Termino de orinar, extraigo mi celular del pantalón y marco. Después de tres tonadas, una mujer contesta:

—Diga.

—Quiero que me la chupen.

—¿Para cuándo?

—El lunes por la mañana estaría bien.

—Alfredo no puede, sólo por las tardes. Estudia en la universidad. Entonces cuelgo. Es un muchacho y asumo que no pasa de los veinte años, además, probablemente la mujer era su hermana o madre, o madrota.

Junto a la salida hay otro mensaje con la misma letra: “Marica”.


Se requiere valor para ingresar, resistir y salir con vida de allí. Más allá de lo grotesco/picaresco se encuentran los de las oficinas, ubicados en la Roma, Condesa, Polanco o Santa Fe, donde a pesar de aparentar decencia, no dejan de existir actividades ilícitas. Es cierto, fueron construidos estilo jardines zen, ideales para conversar con el compañero de trabajo, hacerlo sentir en casa, olvidar el estrés y luego volver al infierno laboral. La explotación laboral ya no importa, siempre y cuando todo brille de limpio. Por más que la jaula sea de oro, no dejará de ser prisión.

Actualmente en las redes sociales circulan a diario miles de fotografías de personas tomándose selfies en los baños para recibir cientos de likes, porque, al parecer, los internautas los recomiendan para elevar la autoestima. Incluso los de gimnasios o antros exigen excelsas poses y riesgos, y mire que los resultados suelen ser esperados. ¿Terapia? Acuda con su arquitecto de confianza. Contadoras, enfermeras, madres solteras, maestras, prostitutas, médicos, godínez, ingenieros, desempleados, artistas, homosexuales, huérfanos y policías, reunidas y reunidos en un solo sitio. Sin duda alguna, no dejarán de ser nuestros aposentos favoritos y fuentes de inspiración. “Después de todo, padecer del riñón no suele ser trágico”, digo mientras termino de anotar en mi cuaderno y bajo la palanca. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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