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  • Geovani de la Rosa

Declaración de un mundo posible

Llamo sociedad burguesa a una sociedad cerrada en la que no se vive bien, donde el aire está podrido, las ideas y las gentes putrefactas. Y creo que un hombre que toma partido

contra esa muerte es, en un sentido, un revolucionario.

Franz Fanon





Un joven de la Costa Chica de Guerrero difunde en Facebook la gastronomía, las tradiciones, el lenguaje y la vida cotidiana de su tierra, asumiendo lo que es vivir en esta región, principalmente en Cuajinicuilapa (La Perla Negra Del Pacífico).

Un campesino dominicano convirtió una montaña lastrada por la sequía en un paraíso verde poblado por miles de cedros, pinos y cipreses (El milagro de República Dominicana: reverdece una quinta parte en 10 años).

Una ciudad de Costa Rica, Curridabat, rompe con la lógica urbana y empieza a medir el bienestar con indicadores de biodiversidad (¿Puede la dulzura ser un nuevo modelo de desarrollo urbano?).

Una serie periodística de podcast narra el testimonio de comunidades mexicanas que se organizaron y sacaron mineras, derrotaron a bandas de talamontes y recuperaron su sabiduría ancestral (Periodismo de lo posible. Historias desde los territorios).

Campesinas chilenas comparten semillas y saberes de siembra para que no se pierda la biodiversidad alimentaria (La señora Zuny, guardiana de semillas y ‘tesoro humano vivo’ de Chile y del planeta).

Un hombre hondureño, que pudo ser parte de los maras, trabaja para mostrarle a adolescentes que hay otros senderos más allá de las falacias y fantasías del crimen (Las maras reclutan niños con un disfraz de afecto: “Mi primer abrazo lo recibí de un pandillero”).

Un grupo de mujeres se rebeló contra el sistema para impedir que una minera explotara su territorio, del que ahora son guardianas (La guardia de mujeres conga que expulsó a una minera de sus tierras en la Amazonia).

Hay tantas historias así a lo largo y ancho de América Latina, colectividad con la que me siento más identificado que con el imaginario patriotero de un país tan centralista como México y donde todo lo comunitario se ve con malos ojos. Y leer esas historias me inspira. Lo que lamento es no encontrarlas a menudo en los medios de comunicación mexicanos. Da igual. Los sueños y el porvenir no tienen identidad ni tienen por qué aparecer en las primeras planas.

Pues los mundos posibles no se inventan, se forjan con lo que se tiene a la mano, con lo que somos, con la sabiduría, los sueños y vivencias que hemos heredado. Se trata de construir con lo que vivimos a diario. Un mundo posible tampoco va de imponer o suponer futuros, sino estar y poner nuestros cuerpos para transformar lo que nos rodea; mucho menos tiene que ver con convencer, ser más fuerte o mejor que los demás.

Posiblemente esto vaya de inspirar. Porque la lógica dominante nos ha metido en la cabeza esa necesidad de siempre tener la razón, aplastar al de enfrente y enseñarle sus miserias. Pero, ¿quién tiene la razón en medio del consumismo, la apología de la muerte y de la esclavitud contemporánea y la cantaleta de que estamos en una crisis medioambiental y nadie quiere modificar sus modos de vida?

No hay una razón absoluta, sino redes para entrelazar lo vital que nos habita. Porque la vida es una conexión de vidas que se nutren unas a otras. Y si hay razón, valores y verdades absolutas esas deben ser la ternura, el compañerismo, los abrazos, la compañía y el respeto de lo que somos y son los demás. La libertad de atravesar la vida sin dañar a los demás, sean personas, flora, fauna y hasta lo que creemos inerte. Todo existe, siente y tiene un efecto en esta realidad.

Tengo el sueño de sembrar la semilla de una ecoaldea. Quizá lo haga solo, quizá me rodeen muchas personas. No me interesa aleccionar a los otros, ni indicar hacia qué futuro caminar o qué cenizas del pasado tomar. No me interesa hacer comunidad, tribu, ni esas falacias románticas con las que se disfrazan los aparentes rebeldes y radicales hoy en día. Tampoco ir a contracorriente de las dinámicas dominantes, porque es banalidad y vanidad luchar contra esas abstracciones que supuestamente dominan el mundo. Sólo se trata de construir un mundo posible donde la vida comunal esté libre de toxinas, venganzas, odio, rencor o cobrar quién sabe a quién por las violencias ejercidas contra mis antepasados. 

No quiero resistir, no quiero denunciar, no quiero defender, no quiero victimizarme, no quiero salvarme de nada ni salvar a nadie. Intento hacer algo posible con lo poco que poseo y, en este momento, sólo es el sueño de una ecoaldea en medio del Trópico. Quiero vivir sabroso y ya, con los míos, en este tiempo, sin trascendencias ni inmortalidad: el porvenir que imagino termina con mi vida. Construir un presente y porvenir con lo que tenga en la mano, en los bolsillos y la cabeza, y con lo que pueda hacer mi cuerpo. No sé si lo logre. También me da igual. Ya lo dijo hace más de medio siglo Fanon: “¿Por qué no simplemente intentar tocar al otro, sentir al otro, revelarme al otro?”. Quizá así el mundo posible en el que cada uno de nosotros queremos vivir se haga presente. ⚅

[Foto: Vanessa Hernández]

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