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  • Alexander Tadéuz

Depresión posparty


Salgo de una presentación de libro que se alargó hasta las cuatro y media de la mañana. Estoy mareado pero también tengo hambre, paso a una taquería y pido una orden. A esta hora mi cabeza empieza a sentirse varias tallas más grande y se hunde en pensamiento que quieren ser profundos, como por ejemplo: si es muy tarde para llamar a estos tacos una cena, o muy temprano para llamarlos desayuno. El local es igual a todos esos lugares que venden comida para los amanecidos. Tiene una rockola que emite luces y que nadie utiliza y un televisor que indiscutiblemente sintoniza el canal de Bandamax. Si existe un lugar donde el tiempo no transcurra ese canal bien podría administrarles el soundtrack. Estoy en una mesa doble, es decir han unido dos mesas plásticas de la Cocacola para recibir a un poco más de seis personas, así que no reniego cuando llega una pareja y me piden compartir la mesa. El chico es de mi edad, delgado y amable, a pesar de que casi no puede articular bien sus palabras debido al alcohol. Esto me hace suponer que se enfiesta muy seguido y sabe el protocolo para no salir mal con otros. Su novia es gordita y porta con orgullo un vestido rojo con visibles manchas más oscuras, tal vez gotas de bebida derramada, pienso en las alitas que comí antes en un bar y en los pinches dedazos de barbecue marcados cerca de los bolsillos de mi pantalón blanco, habré comido unas cinco. Emiliano y Cirino apenas si las probaron, pienso en ellos dos, deben de seguir el festejo al calor de otra ronda de cervezas, yo soy un autoexiliado, un aguado dirían otros, soy el que se va sin avisar, el que nunca ve como se agota la fiesta. Es una cuestión de melancolía, no me gusta beber hasta que ya no es placentero. Llegan mis tacos y me concentro en ellos ¿aún costarán veinticinco pesos? no lo creo, todo está por los cielos, los tacos baratos cada vez luchan más por conservar su adjetivo distintivo. Las salsas son como las recuerdo, picosas para bajar la borrachera o para que te quites lo picoso pidiendo otra cerveza. Yo apenas si tengo para el taxi, como rápido y me levanto, no sin antes desearles “provecho” a la pareja de mi mesa. Afuera comienza a llover.

Pago treintaicinco pesos y salgo a buscar un taxi, cubriéndome con los alerones de los techos de los negocios vecinos. Llego a un Oxxo y ahí yace un hombre envuelto en ropa sucia y cartones, el agua lo despierta mientras paso y se levanta echando maldiciones “¡Puta madre!” se apresura a recoger sus cosas y se mueve con ellas tratando de evitar el agua, se me queda viendo con coraje, tiene los ojos rojos y desorbitados, entiendo que el pleito no es conmigo, a nadie le gusta que lo regresen de un sueño placentero, yo también conozco el protocolo del durmiente, así como disimular la borrachera para que el del taxi no me estafe:

—Buenas noches. ¿Cuánto me cobra a la colonia X?

—¿Es la que está por tal rumbo?

—Esa mero.

—Ochenta pesos es que ya es tarde.

—No compi, gracias.

—No vas a encontrar a nadie que te lleve por menos de eso.

—Te agradezco la preocupación, pero ojalá y si encuentre.

Espero otro taxi. Vienen entrando a la cuadra un grupo de jóvenes, debe de ser de preparatoria. Lucen ebrios y lustrosos, hablan a gritos y se empujan entre ellos, cuando pasan junto al hombre de los cartones, este sigue maldiciendo. Uno de los chicos se regresa, toma algo como ofensa, puede ser la mirada del hombre, sus ademanes, su voz o su mera existencia. Discuten un momento. Sus amigos parecen estar acostumbrados a sus desfiguros, porque no intervienen. Hasta que el hombre se agacha y de entre sus cosas, saca una pecera rota y le arranca un vidrio largo y grueso. Si lo picara con ese vidrió bien podría atravesarlo de lado a lado, entonces entre él y sus amigos lo amagan y le quitan el cristal. El joven pleitero aprovecha para echarle una llave al cuello y llevarlo hasta al piso. Los otros también lo golpean en intermitentes ocasiones.

No conocen los principios de la pelea a uno a uno, de no golpear a la gente que no posee nada, no conocen más que la juventud que parece que nunca ha de abandonarlos. Por un momento yo también desconozco el instinto que me dice, que ese no es mi pedo, que no me meta, que ellos son mayoría, que en mi casa me espera mi esposa y mi hijo y que yo también puedo acabar revolcándome en el suelo, tapándome los golpes en la cara. “¡Ey, no sean culos, el vato vive en la calle! ¿qué más chingados quieren quitarle?” Mis palabras hacen mella, pero no en ellos, los que atienden mi llamado son los comensales, meseros y taqueros que han salido a ver el pleito, se acercan consternados y los separan. Los jóvenes se justifican diciendo que él hombre de la calle comenzó el pleito. Una voz los riñe “¡Están más locos ustedes por hacerle caso!”. Paro un taxi y me subo, ya no pregunto el precio, sólo quiero ya no estar ahí. Algo me duele pero no sé dónde. El taxista ve el escándalo y me pregunta qué pasó. Yo le digo que unos jóvenes golpearon a un señor que vive en la calle. “Estas nuevas generaciones ya no respetan nada, les falta educación”. No sé qué responder, pienso en mi hijo que duerme en casa, en cómo será educado para que sea una mejor persona y que este mundo sea un mejor lugar para estar. Estoy a punto de decirlo y me interrumpe “¿Y los padres de esos chamacos dónde están? de seguro son borrachos que nunca agarraron responsabilidad. ¿Apoco no?” Yo también estoy borracho, le respondo y cierro los ojos. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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