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  • Emiliano Aréstegui

El éxito según Riger Digest y Comsmopiltan

orazón de acero, ojos de cartón todo barnizado como un buen campeón

El Profeta del nopal.]



El viernes primero de julio comenzaría a dar un taller de escritura creativa con miras a convertirse en un laboratorio de análisis, creación y corrección de textos. Yo, igual que la hija del lechero, ya estaba engordando el Archivo Ferretis, escribiendo un poemario a doce manos, un recetario maldito, un decálogo para escritores radicados en Chilpancingo, además de algunos cuentos hechos en colectivo. Las señales de que no habría participantes eran evidentes, pero no hay mejor ciego que el que no quiere ver. Carlos y Elena me dijeron de algunos interesados, pero tales interesados estaban bastante desinteresados y no llegó ni siquiera Nadien Gordimer. Esperé media hora y a las 5:35 me fui a El Coronitas con la intención de convertir algunos de mis libros en cerveza.

El taller no jaló. Lo sabía. Conozco las mieles de la derrota y la verdad es que su sabor más que turbarme me retoba. Logré vender un libro y el tipo al que se lo vendí me invitó la caminera, antes me preguntó por mi experiencia en esto de los chavos y las letras y yo le dije lo que pienso. Luego me burlé de los promotores de lectura, que a mí parecer, no son sino las edecanes gachas que recorren los pasillos de la vendimia. Son tan inteligentes, le dije al compa, que no leen más allá de lo que les recomiendan.

Prácticos como son, los promotores, le aseguré, apuntan muy bien todo lo que dicen en capacitaciones y diplomados y se hacen con los peces más dorados que les ofrece quien los capacita. Ellos saben, lo aprendieron tan bien que lo volvieron su mantra, “los libros tienen diferentes grados de abstracción”, y por eso y no por hueva, cargan con La peor señora del mundo del preescolar a la primaria y de ahí a la secundaria y de ahí al bachillerato, y lo mismo leerían en las universidades porque “los libros tienen distintos grados de abstracción” dirán tan doctos y adoctrinados, y por supuesto, eso mismo leerían en un asilo.

Luego hablamos del alcohol y el alcoholismo. Un libro sólo rinde tres cervezas y todavía tenía que rumiar y andar mi desgano. El taller no jaló, qué no habría dado para que los de Educal Oaxaca me prestaran su espacio, pensé ya pisando una glorieta. Pasé frente a la Universidad y le achaqué el desinterés al fin del semestre y al inicio de las vacaciones. Elena me sugirió convocar para el otro viernes, pero le dije que mejor dejarlo para más adelante. Y como si de nieves se tratara me di cuenta de que en agosto los chavos no han regresado de vacaciones y que lo mejor sería dejarlo para septiembre.

¿Agüitado? No, no. El malestar no dura. Daré el taller, la cosa ya se volvió personal y voy a dar un taller presencial, aquí, en Chilpancingo. Voy a organizarlo, iré a la radio, y para eso me haré esquina con Charly Feroz y también con Elena. Y saldrá, pues como decía mi abuela, las cosas van a su propio ritmo. Mientras tanto me tomaré unos meses para hacer lo mío. Volveré en septiembre con la poesía como bandera y la escritura como fusil.

¿Fue un fracaso este primer intento? No lo creo. Conocí a Elena, conocí a algunos amigos de Elena, compré una revista y además leí el primer cuento de El sexo me da Neza, el nombre del autor se me escapó, pero sé que es uno de los muchos hijos que tuvieron el eterno Bukowski y el joven Fadanelli.

La palabra fracaso no me gusta, éxito me gusta todavía menos, me sabe a Riger Digest, a Comsmopiltan, me sabe a culo de Paulo Cohelo, amén de que me resulta ajena, tanto como sanitizante, sororidad (no puedo con ese tufillo a iglesia que se carga), autoayuda, utocuidado y bulin y empoderamiento. Qué puta asco.

Y si en septiembre todo sigue igual y nadie se presenta, lo intentaré en octubre, y si nadie se presenta lo intentaré en noviembre. En diciembre no, sería como vender trajes de baño en el DF. Y si este año no consigo levantar el taller, lo intentaré el siguiente. Nada me motiva más que el fracaso, por eso me gustaba tanto ir a la secundaría y enseñarles a los maestros a lidiar con el fracaso y la frustración, y el producto de este maridaje: la impotencia.

Yo encarnaba el fracaso y su frustración. Me rehusaba a sacar la libreta en clase, no llevaba libros de texto, nunca presenté una tarea, era el motor de su impotencia. Me sentaba y me quedaba ahí, esperando a que se equivocaran para evidenciarlos. Si usted ama demasiado, le dije una vez al profe de biología, entonces está enfermo, no sé si usted lo sabe, pero los que aman demasiado son los que terminan asesinado a su amado o tomando veneno cuando los abandonan. ¿Profe? no se dice verdá, se dice verdad. No se dice veniste, se dice viniste. Ha de querer decir inauguración, eso que dijo no existe…

Serás un fracasado el resto de tu vida, auguró la maestra ¿es eso lo que quieres? remató colorada y hasta la madre y de mí, de mi imprudencia. Para fracasar, primero hay que intentar hacer algo y yo no he sacado ni la libreta, le respondí sonriéndole los dientes y retándola con la mirada. Pobre de ti y pobre de tu familia. Pobre de usted, no es capaz de despertar un poco de curiosidad en sus alumnos. Usted sabe todo sobre el fracaso. Eso me ganó ir a la dirección por mi tercer reporte y una suspensión de tres días.

Mi madre fue a pedir razones y se enteró que los maestros estaban juntando firmas para sacarme, y varios habían firmado. No vería a mis compañeras en jumper guinda. Más por practicidad que por pena, ella, mi madre, tan práctica, decidió sacarme antes de ser expulsado. Y de la Escuela Federal No. 1 José Vasconcelos me dieron un recorrido por las escuelas más naiif y noir de Oaxaca. Me llevaron a un Montessori que me encantó, no por su sistema educativo, ni por tan chulas instalaciones, me gustó por la mota que me ofrecieron en el recreo. Luego me llevaron a una guardería para adolescentes en la que los maestros se sentaban a cotorrear con los estudiantes y, finalmente, a una escuela de monjas en la que terminé expulsado y con un tiro de .22 en la clavícula derecha.

¿Esto fue un fracaso? Para nada. Gracias a esas andanzas conocí las letras y cuando el dolor me lo permitía, un dolor punzante que me hacía buscar a Dios en el cielo raso de mi cuarto, me tumbaba a leer y a leer. Y mientras todos estaban en la escuela o el trabajo: yo me tumbaba a leer. Leí a Ríus, a Mafalda, a Poe a Conan Doyle. Y también leí El cobrador de Rubem Fonseca, y entonces lo supe: yo quería escribir, quería leer y quería escribir y no quería hacer mucho más. Así que los fracasos; míos, de los maestros, de mi madre, que según ella era un fracaso como tal, no son sino la salpimienta de mi vida. El fracaso es el camino de los sin destino.

Según los tabuladores, desconocidos para mí, y con mi media docena de premios, soy un escritor fracasado, tan es así que un en un encuentro de escritores me advirtieron, hace unos diez años, que estaba a punto de desaparecer. Yo, que soy muy crédulo, vi mis brazos igual de morenos, y toqué mi frente para comprobar si aún seguía ahí. El poeta, según entendí, se refería a mi fracaso como escritor. Si no te pones las pilas un día nadie se acordará de ti, me aseguró, y desde entonces me veo en los ojos de los míos y sé que no estoy desapareciendo.

Insisto, el fracaso no existe, y si existe, no es sino el motor que me permite continuar viviendo sin timón y sin destino, si ahora estoy en la maestría en la UAGRO se debe por entero a mi fracaso (laboral, existencial, artístico, económico, ontológico y existencial, vaya usted a saber) allá en Oaxaca.

Y a pesar de haber sido un mal estudiante, ahora que vuelva a los salones, me aplicaré, como estrellita marinera, y no fomentaré la frustración en estos mis nuevos maestros. Pobres, los noté tan escudados en su grado académico que hasta pareciera quieren olvidar nombre y apellidos. Tendré cuidado de no llamarlos por su nombre, ya en el propedéutico me remarcaron que son doctores y no simples personas. Quizá, si me aplico y mesuro mi imprudencia, hasta motiven a sus estudiantes a ir a mi taller. Y quizá entonces logré quitarme la deliciosa frustración que me acompañará hasta conseguir armar dicho taller, en el que una vez se logre, me seguiré resguardando del éxito y sus patrañas. Y entonces compartiré con los participantes los prodigios del fracaso y las mieles de la derrota y todo eso que se llama poesía y que se llama vida y que algunos —blanqueados y colonizados— insisten en llamar fracaso.

Pobres de los menesterosos del éxito y su exquisito cochambre, no han aprendido a vivir en este país en el que el único privilegio que tenemos es poder mirar directo a los ojos los oscuros ojos del fracaso y tratarlo de tú. Hay que meterle la mano a esas dos palabras, fracaso y derrota, como si de muñecos ventrílocuos se tratara y hacerlas cantar y bailar y que chillen esas putas a las que tanto temen, sin razón, pues son ellas las que todo mudan y todo lo transforman.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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