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  • Noé Israel Borja

El encanto del día de San Juan


Hay una vieja leyenda que se cuenta en las faldas del cerro Chuperio. La cuentan los campesinos cada día de San Juan, ya en la tardecita, cuando regresan de sembrar maíz en sus bajiales. Por el camino han visto cómo se remueven las nubes, cómo se cargan para dejarse caer en grandes aguaceros. Ven cómo el ambiente se llena de ese viento suave que los campesinos saludan como buena señal. “Este año será bueno”. “Todos los días de San Juan llueve, así se acostumbra por acá”. “No hay como este día para sembrar”. La mortificante calor, las congojas quedaron muy lejos. Los breñales secos, la resolana del mediodía, la resequedad de las grandes calores, quedaron muy atrás, para otras temporadas de secas. Ahora los montes y los cerros recobran el haz de la esperanza. Los días y el trabajo son más llevaderos. Para donde se voltee todo es vergel criollo y primitivo. Y los campesinos cuentan la misma historia cada año. Sus palabras llenan los ámbitos. Y se ven muy bonitas enmarcadas por aquella vegetación. Van oyéndose por el camino, hasta llegar al cerro. Suben y bajan... Hay un instante precioso de encanto por el lado sureste del Chuperio, mero en la Cruz. Ahí aparece un arco esplendoroso. Y quien lo ve, entra. Ahí te encuentras una feria. Hay músicas, hay el bullicio de los comerciantes, se juegan barajas y se canta la lotería. Quien ha entrado dice que lo que sobresale son los chiquigüites copeteados de pan de baqueta. Un aroma delicioso, que pareciera fatídico, hace acercarte a estos chiquigüites y tienes que comprar una pieza, dos piezas, ¡afortunados los que compran tres o más piezas! Mujeres que apenas mascullan los precios del pan atienden con la fulguración de los sueños que anuncian la felicidad. Y sales de la feria. Te quedas admirado de tantas cosas que viste. ¡Qué extraño ‒dices‒, nunca había escuchado de esta feria! Son las novedades ‒sigues diciendo‒ que nunca dejan de llegar a este pueblo. Entonces llegas a tu casa. Y encuentras una velación de cabo de año. Se hace el tumulto. Y tus familiares no lo pueden creer. Piensan que tu aparición es cosa de hechicería, cosa del demonio. Se acercan, te palpan, te abrazan, no dejan de llorar de alegría. Los concurrentes van sacando sus conclusiones. Aquella velación va tomando rumbo de fiesta de canelas con alcohol. Entonces te explican que desde hacía un año no sabían de ti. Te dieron por muerto y por eso era la velación. Para pedir por tu eterno descanso. Tú les platicas que nada de eso es cierto. Juras que te metiste a la feria, la nueva feria que llegó al pueblo. Pero apenas un ratito. No te dio tiempo ni de tomarte un refresco. Todo es confusión. El tiempo se trastocó. Te juran que la noche de hace un año te fueron a buscar y que no vieron ni supieron de ninguna feria. Entonces les dices que traes una prueba. Compraste cinco piezas de pan de baqueta. Pan bueno y grande. Y agarras el morral y sacas un pan. ¿Qué te pasa? ¿Por qué ese rostro resplandeciente? Tus panes son oro puro y precioso. Eras una persona pobre y desde ahí serás un Don Dinero. La fiesta sigue. Se surten las canelas cargadas. Todos festejan tu regreso al mundo de los vivos. Tú festejas el oro que en el origen de la riqueza te estaba destinado. Esto platicaban, no hace mucho, algunos campesinos de aquellos rumbos. Esto tendrá unos veinticinco años. Desde ese tiempo nunca he ido por aquellos lares. Pero estoy seguro que ahorita, hoy 24 de junio, día de San Juan, un campesino recordará esta vieja leyenda.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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