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  • Ángel Carlos Sánchez

El Evangelio según Terán

─Pero papá ─le dijo Josep, llorando─, si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?

─Tonto ─dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto─. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos



En este mundo judeo-cristiano aún en su etapa capitalista neoliberal es difícil sustraerse a la historia más difundida en casi todos los niveles de comunicación: la idea del redentor o mesías que viene al mundo a dar un mensaje importante. En ese ámbito es difícil no señalar aquí cierta similitud existente entre el poeta y el profeta, sin sugerir que una y otra cosa sean lo mismo. Si algo hay que los acerque es el lenguaje utilizado: la metaforización, la alegoría y la comparación para convocar imágenes mentales que no necesariamente son reales aunque pudiesen llegar a serlo. Adivinar o prever el futuro no es tarea del poeta, pero leer el pasado e intuir el presente es una actividad inevitable que todos intentamos aun de manera inconsciente.

Afirma Gastón Bachelard en su Poética del espacio que: “en el resplandor de una imagen, resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse”, para referirse a que una imagen poética, aunque esté construida en un instante preciso del desarrollo del ser único del poeta está también unida a la cultura en la que éste ha construido su existencia. Ideas como la casa, el viaje, el retorno, la construcción, la decadencia, entre otras, parecen estar contenidas en uno de los primeros núcleos de la psique de cada individuo de esta parte del mundo donde Arturo Terán, autor de El delirio del viajante busca reposo ha desarrollado su formación y su expresión literaria.

No es extraño, pues, ver de qué modo, la estructura sobre la cual se soporta el poemario del que hablamos contiene los elementos básicos de los evangelios que el nuevo testamento de la biblia cristiana tiene como base. No es ahí donde encontraremos lo verdaderamente propio de una poética construida y transformada durante años por un autor que no suele publicar si no sabe que tiene algo verdaderamente interesante que mostrar, como ya lo hizo en sus dos libros anteriores: San Pancho bar y El destino del salmón que, aunque conocidos por muy pocos debido a su escasa impresión, persisten en la memoria de quienes tuvieron la suerte de encontrárselos.

En El delirio del viajante busca reposo no hay un relato de descubrimientos asombrosos o una odisea inverosímil que tranquilice a los lectores haciéndoles pensar que este libro trata únicamente de fantasía. Pero hay un choque. Siguiendo a Kazantzakis y a Saramago y compartiendo la disidencia de los famosos escritos del Mar Muerto conocidos como Evangelios apócrifos, aunque su paralelismo más cercano está en el modo en que Vicente Leñero mexicaniza la imagen de Jesús en El evangelio de Lucas Gavilán llamándolo Jesucristo Gómez y haciéndolo, igual que Arturo Terán, albañil e hijastro de albañil.

El autor, como Leñero, propone una manera no convencional de aplicar la parte revolucionaria de la historia cristiana, desacralizándola y haciéndola tan humana que el lector fanatizado por la religión pudiera confundirla con blasfemia. Pero al contrario del creador de Jesucristo Gómez que usa la prosa, Arturo Terán utiliza la mayor connotación y la síntesis que permite el género poético. Y lo hace de un modo que logra destacar las personalidades de los protagonistas de su obra sin detenerse mucho en los detalles pero con una claridad que no deja duda de lo trágico e incluso del asombro casi místico: “digiero el miedo al laberinto”.

Elegí el epígrafe de Galeano como antecedente de este texto porque uno de los primeros versos del libro ahora revisado habla de enseñanza y de construcción: “[los cofrades alarifes enseñan a repetir la creación]”. Y obviamente este verso no habla nada más de albañilería, cualquiera sin prejuicios podría verlo. En este libro el trabajo es tan importante como la poesía. Y más importante que la religiosidad tradicional. A final de cuentas, aunque el nombre que figure en la autoría de cualquier obra arquitectónica sea el de quien la diseñó, esta no sería posible sin la mano de obra generalmente explotada o muchas veces esclavizada que ha usado su fuerza de trabajo para volverla realidad.

Y esos trabajadores, albañiles, carpinteros, peones de obra, fierreros, mecánicos, electricistas, etcétera. no suelen habitar cerca de donde laboran. Son en su casi totalidad migrantes y por esa condición discriminados y despreciados: “obtengo el ojete recibimiento de los extraños / aunque también ellos / sean de otras tierras”. Aparte de esa reacción de rechazo definida por su condición de transterrados, no encuentran en su trabajo más que un modo de supervivencia que Terán resume en una frase: “construir una casa que no habitarán”.

Aun en medio de esta crisis constante que significa vivir a las orillas de la microeconomía existe el “iluminado” o más bien el pensador, el que por diversos accidentes formativos logra intuir la perversión de un mundo normalizado con injusticia y desigualdad. Alguien que “nombra y deja que las cosas sean / nos habla de luz en las revueltas aguas del mundo”, que nos recuerda que “tarde o temprano somos enemigos de nuestro prójimo”. Marx y Engels dirían que en algunos países los obreros consumen vino y en otros cerveza; al autor de El delirio del viajante busca reposo no le importa que su personaje se caracterice “con el vicio único de la yerba y la palabra”, lo acepta y lo humaniza para que no se dude que es igual a cualquiera que viva y que labore, dentro o fuera de un libro.

Pero ese intento de liberador, ese buscador de conciencia no nació omnisapiente, al contrario, vive también la angustia de su prójimo pero a pesar de todo investiga, cuestiona: “soy un lector consumido / por la angustia de la entropía”. Sabe, como aspirante al magisterio de su oficio que la clase a la que pertenece tiene “la debilidad mineral de los desposeídos”. Y no es el único, con él trabajan algunos “hermanos comprometidos con las luchas sociales”. Pero no todos entienden su actividad “metódica como sólo la violencia de la pobreza es”. Hay quienes también están del otro lado, dispuestos a ser parte de la opresión para sobrevivir y nada más: los esquiroles.

Tarde o temprano, sabe el protagonista y también algunos de sus compañeros: “las heridas tienen un / grito / que llama quedo / a la ira tumultuaria”. Y es necesario prepararse, aprender el oficio de construir cimientos y paredes, discursos con raíces culturales profundas para llegar a ser alguien junto a los demás, algo que los otros respeten y recuerden como a ellos mismos: “grabar a cincel sobre su propio nombre / la enseñanza perdurable a través del dolor”. Levantar nuevas y mejores estructuras “en las ruinas que quedan de pueblos olvidados”.

La historia, aun la manipulada por los opresores, nos muestra que la humanidad se ha extendido en el tiempo y el espacio por medio de un cauce de violencia y de crueldad que está lejos de apaciguarse. Al contrario de quienes prefieren y tratan de imponer una visión edulcorada y parcial del trabajo literario supeditándolo únicamente a las aspiraciones de belleza y armonía, el autor de este libro “hereje” no se cansa de “recordarnos que en una gota de sangre / se encuentra todo lo que debe saberse sobre la historia de la humanidad”.

Y todavía más: quizá la imagen más perturbadora que contiene este libro es la que se refiere al castigo por la traición: el caos repetitivo, la pérdida de dirección en el camino: “la cuerda del ahorcado / con su forma de cinta de Moebius”.

No importan mucho, al menos después de leer el libro, los nombres de los personajes, Jesús podría llamarse Emiliano, Genaro o Lucio, Magdalena podría ser Emma, Benita o Aurora, Santiago y Tadeo podrían ser, Hermenegildo y Pablo, Inti y Coco. No faltan afortunadamente esas conciencias que han hecho posible esta historia no sólo desde su punto de vista religioso sino desde su lado verdaderamente humano: el de la solidaridad de quienes tenemos “una tradición heredada de tragedias”.

El poema cuando de verdad tiene poesía adentro es siempre revolucionario, aunque su efecto tarde siglos en volverse realidad, pero quien lo lee difícilmente puede dejar de sentirse perturbado. Algo de este libro logra eso porque deja intuir que a pesar de no ser explícito, al autor “es el futuro lo que le arde en el corazón”. ⚅

[Foto: David Espino]

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