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  • Enrique Montañez

El lenguaje de los nervios; creación y destrucción



I

La poesía y la música establecen una consanguinidad irrevocable. En el imaginario celta, la poesía fue creada por el dios Dagda, su divinidad primordial. Dagda cumplía una función dual: bajo el nombre de Eochaid Ollatair (que significa padre de todas las cosas) llevaba a cabo las tareas de cualquier dios, es decir, protección para los hombres, estimularles la responsabilidad existencial y alentarlos a la valentía en el combate. Con la advocación de Ruad Ro-fesh (señor del saber perfecto), poseía toda la sabiduría humana y divina, además debía otorgar a los hombres los conocimientos necesarios para que lograran hacer de este mundo un lugar habitable.

Aparte de esas facultades que tenía sobre el pueblo irlandés, Dagda era un arpista virtuoso, facultado para emplear sus composiciones musicales con un fin determinado. La sabiduría y la belleza musical discurren paralelas en la cultura celta, como en otras tantas de la Antigüedad. La poesía para los celtas representaba el conjuro supremo, una forma de exorcizar las fuerzas de la naturaleza, pero cuyos secretos sólo eran conocidos por los sabios; música y poesía, por consiguiente, son ramas divinas muy estrechas entre sí.

Abstraído en una reflexión impetuosa y proveniente de las zonas más profundas de su espíritu, Dagda (de considerable fealdad física, torpe en sus maneras y de vientre enorme, que oficiaba como los grandes videntes ante un enorme caldero, el cual nunca se vaciaba y contenía la ciencia del tiempo) entonó un canto con palabras mágicas, poéticas, acompañado de sonidos hermosos de su arpa, y fue creando los días, los meses y las estaciones del año. De esta manera, se produjo el esquema mitológico del año celta y las funciones de los seres humanos para habitar y cuidar la Tierra.

II

En la eterna dicotomía de todos los elementos, el canto no sólo crea, sino también destruye. Partenopea, Leucosia y Ligia, conocidas como las sirenas, hijas de las musas Melpómene (musa de la tragedia) y Terpsícore (musa de la danza), también tenían el don del virtuosismo musical. Partenopea ejecutaba la lira, Ligia hacía lo propio con la flauta y Leucosia era dueña de una voz literalmente encantadora. Como bien es sabido, las divinales sirenas empleaban sus atributos para atraer a los marinos que pasaran por su isla y provocaban que sus barcos se estrellaran contra las rocas; al morir los integrantes de la tripulación en el naufragio, estos monstruos marinos femeninos los devoraban.

De regreso a Ítaca, Ulises debía enfrentar a las subyugantes sirenas; canto XII de la Odisea. Circe le advierte del peligro y le recomienda: “Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten a la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo, y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas”.

Ulises, el valeroso, logró vencerlas, hazaña sólo compartida por Orfeo, pero no le resultó tan fácil; a punto estuvo de caer presa de los hipnóticos versos cantados por Leucosia y compañía. El poder del canto entonado por las sirenas expresamente para Ulises se condensa en ocho versos. Los dos primeros pretenden encandilar al héroe vanagloriándolo por su valentía, fama e importancia para los aqueos. Los siguientes dos intentan engañarlo, le aseguran que ningún bajel ha pasado sin oír la suave voz que fluye por su boca.

Los cuatro restantes son misteriosos y un tanto oscuros. Las sirenas le prometen a Ulises que le transmitirán una sabiduría ignota y extraordinaria sobre los hombres y la Tierra, pero el precio es muy alto: la muerte. Asistimos aquí a la poesía como revelación de poder; el conocimiento esencial del ser trasvasado sólo por la divinidad, monstruosa o no; un exorcismo de la realidad, a la manera de la concepción celta, para abrir los diques de la otredad.

Esta última parte del canto de las sirenas es comparado por Juan José Saer con la propuesta de Mefistófeles, es decir, el mito del saber prohibido que precipita a la condena; con lo fáustico: la sapiencia de la realidad última a cambio de la perdición del alma. En este orden también aplicaría la narración bíblica del árbol del bien y del mal, cuyos frutos ocasionan la muerte. Ulises fue el hombre que escuchó el canto, pero no todo, sólo la parte tentativa, y mediante el ardid de las ataduras recomendado por Circe, la divina entre las diosas. No se negó a la ciencia absoluta, pero tampoco accedió a ésta.


III

A diferencia de Dagda, la poesía y el canto hipnótico de las sirenas traían por consecuencia la destrucción. Ulises se salvó de formar parte del túmulo de huesos y restos marinos que cercaba como una llanura la isla de las sirenas, la cual, según especulaciones geográficas, se hallaba en el mar de Italia, muy cerca de Sorrento. Una vez vencidas, las hijas de Melpómene y Terpsícore se precipitan al abismo. Los restos de Partenopea, cuenta la leyenda, fueron llevados por las olas del mar hacia la tierra donde hoy se erige la ciudad de Nápoles, antes conocida precisamente con el nombre de la desafortunada sirena.

Las propiedades divinas de la poesía, de acuerdo con lo expuesto, son innegables. La poesía es una operación alquímica, metamorfosis pura, un nuevo sagrado, comunión que empata con la religión por su artificio transformativo del hombre y que tiene origen en la magia como la actitud humana más antigua ante la realidad.

De la misma manera que el fuego prometeico, la poesía pasa por derecho divino al mundo de los mortales. La comunicación entre el hombre y Dios siempre ha sido a través de la poesía, no por la plegaria o los sacrificios. Dios entra en contacto sólo con aquellos a quienes se les ha otorgado la iluminación, es decir, los poetas y los músicos, aunque también a algunos chamanes o nabims espirituales. Esta relación extraordinaria se presenta mediante la “conexión nerviosa”, conclusión a la que llegó el doctor en psiquiatría Daniel Paul Scherber, en su libro Memorias de un enfermo de nervios.

El alma humana, indica Scherber, está contenida en los nervios del cuerpo, de cuya excitabilidad por los influjos externos depende la vida espiritual del ser humano. Una parte de los nervios recibe las impresiones sensibles, y otra las intelectivas, es decir, las que acogen y conservan las impresiones espirituales. Dios, refiere el psiquiatra citado, es primigeniamente sólo nervio, no cuerpo, y por esto cercano al hombre. Sin embargo, los nervios divinos no son iguales a los del ser humano: tienen la capacidad de transformarse e incidir en todas las cosas posibles del mundo creado; por esta función, Scherber los denominó “rayos”.

La conexión nerviosa se completa en el momento en que esos “rayos divinos”, es decir, Dios en funciones, inspiran palabras o sueños (poesía, música) al individuo. Y que sólo podemos hacer conscientes y transcribir recurriendo al “lenguaje de los nervios”, ese otro modo de comunicación humana: atender las voces interiores que todo el tiempo nos están susurrando y darles un cauce “físico”; lenguaje alterno vedado para los hombres sanos.

No obstante, esas voces, de igual modo, pueden conducir al individuo hacia la creación o hacia su destrucción; bordear por esa línea divisoria tiene una cuota. Bien hizo Ulises al no escuchar completo el canto de las sirenas.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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