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El sueño que no era

  • Alan Reyes
  • 29 jul
  • 4 min de lectura

Si le buscase un significado contundente a esta obra compuesta de varios cuentos, creo que perdería su encanto. En un mundo donde le buscamos significado a nuestro entorno, en donde todo debe tener sentido, un libro como El sueño que no era puede ser considerado como la antítesis de la realidad cotidiana que tanto abrazamos. Una realidad que, al final de cuentas, se sustenta en la ilusión y en la fantasía, creyendo que está nutrida de raciocinio y pragmatismo. Es por eso que, al leer esta obra, me queda claro que, sea cual sea la época en la que vivamos, la ilusión será necesaria. Y al no querer asimilar aquello, la literatura fantástica queda como un género secundario que desdeñamos. Por lo que lo limitamos a los estándares establecidos por la literatura comercial.

No obstante, Luis Mendoza se lanza al rescate de la literatura fantástica, respetando el género tal y como es: el costado racional y el irracional, confabulados para crear ambientes marcados, en este caso, por la muerte, el pesimismo, la soledad y la crueldad del ser humano. En una época en la que somos forzados a sonreír y a derrochar felicidad en fotografías y pensamientos superfluos —mientras por dentro nos pudrimos de huecos—, este autor nos hace ver, mediante artilugios fantásticos, que la vida es despiadada, incomprensible y arbitraria. ¿Nociones alimentadas por vivencias personales? ¿Alimentadas por lo ajeno? Con certeza resultaría difícil determinarlo. Sin embargo, El sueño que no era me transmite ese sentimiento de desolación que buscamos ocultar con ensoñaciones e ilusiones. El título me hace pensar en la palabra limítrofe, pues al abordar las dimensiones de su narrativa, es posible darse cuenta de que los personajes son seres fronterizos, divagando entre lo real y lo irreal, buscándole un sentido a lo inexplicable, lo cual resulta desconcertante tanto para los personajes mismos como para el lector.

Los personajes, tan ambiguos e inmersos en la confusión, se desenvuelven en ambientes que nos pueden parecer familiares, aunque al mismo tiempo ajenos. Le dan ese aire inquietante que nos incita a devorar cada palabra escrita para, al final, dejarnos perplejos, buscándole sentido a lo que nos es narrado. Los cuentos se disfrutan desde la primera hasta la última palabra, pues al final nos embarcamos en la búsqueda de una respuesta. Como lector, esos cuentos en ocasiones me dejaron confundido, pero no considero que sea un punto desfavorable; al contrario. Implica identificar simbolismos, vínculos, trazar los hilos conductores para encontrarle sentido a la prosa de Luis Mendoza. En ocasiones, parece indescifrable lo que ocurre, y eso me hace creer que el autor buscaba rendirle una apología a lo inexplicable de la existencia humana, a la vida y a la muerte. Este último tema está muy presente en los cuentos. En El hombre que viajó en tren, la muerte se representa mediante símbolos, el paralelismo entre dos objetos. Mientras que en El sueño que no era (título homónimo), la muerte funciona como la condena de la consciencia y como respuesta para los personajes, la razón de la tragedia que define el sentido de su existencia. La muerte, tan presente en tierras guerrerenses. Tan estremecedora como habitual para el autor (oriundo de Acapulco), algo que deja entrever en su obra.

De inicio a fin, el libro es inquietante. Al comenzar a leerlo, no pude evitar recordar aquella primera escena de la cinta Le Sang du Poète (1930), de Jean Cocteau, donde uno de sus insólitos personajes nos invita a emprender una travesía inigualable en un mundo que nos hará conocer otros mundos. Es la sensación que me transmitió la obra de Luis Mendoza. Cada cuento es narrado de distinta manera, lo cual deja en evidencia sus habilidades literarias, así como su dominio en el oficio de la creación literaria. Concluye entonces con El engendro —junto a El sueño que no era, mi cuento preferido—, que, si bien es un cuento con un discurso algo recurrente en la literatura, logra transmitirnos, mediante las condiciones y las acciones del personaje principal, esos sentimientos de desolación, incomprensión, soledad e incluso esperanza, dictaminados por la crueldad humana. Nos permite con este cuento ser partícipes y testigos; nos hace sentir lástima por el personaje principal y, al mismo tiempo, cuestionarnos sobre temas muy universales, y quizá algo desgastados, relativos a los actos de la humanidad.

Sin más ni menos, puedo decir que Luis Mendoza se encuentra au sommet de son métier. De manera consciente o inconsciente, nos transmite algo con cada uno de sus cuentos. El sueño que no era podría ser considerada una ópera prima bien lograda, donde puede notarse un trabajo riguroso, definido por personajes bien trazados, diálogos un tanto líricos (y palabras que nos harán, de vez en cuando, recurrir a un diccionario), así como por una construcción muy distintiva en cada cuento. Teniendo además como firmes baluartes sus conocimientos en literatura. Por lo que le auguro un futuro prolífico en el mundo de las letras si continúa trabajando de esa manera tan meticulosa como lo ha estado haciendo. El sueño que no era es, a pesar de algunas asperezas, un viaje inquietante que es posible disfrutar solamente si nos entregamos a los brazos de lo irracional, sin buscar respuestas concretas que alterarían ese sabor tan particular e intrépido que se puede disfrutar a medida que se avanza en la lectura. ⚅

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