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  • Carlos F. Ortiz

Ensayo para un ensueño


Nuestro mundo fue hecho para quienes de algún modo concedan y toleran. Esos que contradicen no son de este mundo. Son de un mundo raro como la canción de José Alfredo.

El hombre nunca tendrá una sola cabeza para que alguien pueda segarla de un golpe. Es como la hidra mitológica de miles de cabezas que van saliendo de manera interminable. Se podría decir que soy un hombre como los demás: siempre lamentablemente dispuesto a deslumbrarse con todo lo que me rodea.

No puedo más que pensar en la eternidad para soportar el tiempo. Imaginar que todo estará siempre ahí. La familia, las cosas, las calles, el gato, los libros. Eso hace más soportable la idea de la pérdida. Sería mejor vivir en un sueño sin llegar a realizarlo. De lo contrario se llega al hartazgo, o a la tristeza que es peor. Uno se cansa de ser hombre, diría Neruda. El tiempo no rehace lo que perdemos. El tiempo sólo transcurre como un animal viejo, cansado, que va borrando todo a su paso, como una goma gigante. Debemos tener en cuenta de que no hay dicha que no se pague al final con la soledad.

Nuestro espíritu es el lugar de las contradicciones. De algún modo la verdad es más extraña que la ficción, esto tenemos que reconocerlo. “La poesía, señora, es la ficción suprema”, escribiría el poeta Wallace Stevens.

Lo menciono como un mago o un merolico de circo: uno debe de encontrar su sueño, y entonces el camino se hace fácil. También debo de decirlo o escribirlo en letra pequeña, casi ilegible para el ojo humano: no existe un sueño que sea perdurable. Llega un sueño así de pronto y así también, de pronto, llega otro a sustituirlo. No debemos esforzarnos en retener ninguno. Solemos creer que la memoria nos traiciona. No es así. Sólo va ordenado la realidad en otras realidades. Muchas realidades, como si fueran mundos alternos, imaginarios.

Lo que hay de héroe en mí o en cada hombre, tiene que imponerse sobre lo que tenemos de salvajes, de animales. Somos víctimas de esos fantasmas que hemos creado, que habitan en nuestra memoria como costras que cubren una herida que tarda en sanar y deja ahí una cicatriz que nos recuerda justo eso. Lo vulnerables que somos.

Hay hombres que desprecian el amor, porque se les presenta demasiado pronto o demasiado tarde. Están ahí en casa cocinado un bistec contentos con todo, pero satisfechos con nada. Para ellos es muy tarde para darse cuenta que el verdadero oficio de cada hombre es tan sólo llegar hasta sí mismo.

Hay quienes sólo piensan en su destino como algo inamovible. Que está ahí, escrito en piedra. Esos hombres son seres solitarios sobre la tierra, a su alrededor solamente quedan helados espacios infinitos. Aquel que sólo quiere su destino no tiene ya modelos ni ideales, amores ni consuelos.

Trato de combatir, como boxeador contra su sombra, esa vieja fórmula de la causa y el efecto que, según, podrían dar fin a mis problemas y que no me permiten la dicha de vivir. La dicha de la voluntad y la temeridad. Dejar de lado esa lógica formal de la vida ordenada. Esa idea de que todo tiene una razón, un orden establecido. Tiro los dados y lo dejo todo mejor al azar. Que pase lo que tenga que suceder.

Saber, citando a Hipócrates, que la vida es breve, y el arte es largo, nos da la conciencia de que la sensualidad y la belleza puede ser el único medio existente para combatir nuestra soledad. Debemos de estar orgullosos del dolor, el dolor es recuerdo de nuestra condición de hombres. Mis cicatrices están ahí, en otras pieles. Mis heridas quedan abiertas en otros cuerpos. Soy lo que sangra en la carne de un extraño. Un pasajero en ese trance infinito entre lo que puede ser y dejó de ser.

Lo eterno es la memoria de la gloria y del fuego. En la oscuridad siempre es mejor encender una vela que permanecer en la penumbra. El horror está ahí, aguardando en la sombra, en espera del día que viene.

Una mentira que está ahí, que nos brinda alivio, puede valer más que cualquier verdad. El destino y el espíritu son simples conceptos. El mito justifica los acontecimientos. Al final sólo quedan las palabras.

Somos ese barrio en una ciudad inexistente. Un grupo de rebeldes mirando un tik tok en sus celulares. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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