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  • René Rueda

Espíritus familiares


1

Cuando mi tío Arsenio me invitó a hacerme con uno de los cachorros que su perra parió, me emocioné. Nunca me habían permitido tener una mascota. Un hijo único es, a veces, un reo que habita una jaula de plata. Por ese tiempo llevaron un gato a la casa para que acabara con ciertos ratones. Mi padre creía necesaria su presencia. A mí, en cambio, sus vagabundeos, el ruido de sus uñas contra el sofá, sus maullidos y su mirada desafiante me parecían actitudes de gente presumida. Luego de que Arsenio me ofreció a uno de sus cachorros, mi padre dijo: “No”, y yo: “¿Por qué un gato sí y un perro no?”. “Porque son sucios… y babean, además el gato caza”. Finalmente mis ruegos doblegaron sus negativas.

Se trataba de una bola blanca. Nadie entre sus hermanos había nacido con ese pigmento. Poseía dos pequeñas manchas cafés y un hocico semejante al morro de un cordero. Lo nombré Pazuzo: una estilización de Pazuzu, el rey de los demonios del viento. Mi Pazuzo creció dentro de la casa. Sus lengüetazos tibios alegraban mis mañanas. Su andar y apostura, cuando lo llevaba de paseo, atraían la atención de los peatones: “¡Qué bonito perro!”, exclamaban algunos, “¿qué raza es?”, preguntaban otros. “Es de raza pazuza”, les respondía.

En ocasiones, mi querido can me veía fijamente. Sus ojos se tornaban líquidos como si indagaran mis cosas más hondas. Entonces lo tomaba de las orejas y lo interrogaba: “¿Quién eres?, ¿de dónde nos conocemos?”, y él me lamía y se acurrucaba y me contagiaba sus suspiros. En aquel tiempo mis hipocondrias cedieron ante la preocupación mayúscula de que al perro le ocurriera algo. Las palabras moquillo, parvovirus, displasia de cadera y garrapatas me hacían llorar.

Pensaba en la inmortalidad y en que si alguien la merecía, ese era Pazuzo, que corría de un lado a otro de la casa y se revolcaba en los sillones y comía en la mesa cuando mis padres no estaban. Me divertía su cualidad de vaciar un plato de comida en pocos segundos: era un perro mediano, pesaba cerca de treinta y cinco kilos; le gustaban las almohadas, las hormigas, la tierra mojada, los perros pequeños, las carreras a campo traviesa, el sonido de la guitarra, las carnes, el pan, la cerveza, los chilaquiles y las sopas.

“¡Pazuzo, ven acá!”, le gritaba, y él alzaba las orejas, sacudía la cabeza como un toro y emprendía una carrera endemoniada; brincaba: era un resorte, una liebre blanquísima que pegaba en mi pecho sólo para impulsarse y regresar al suelo: una yunta de mulas que una vez me rescató del lodo cuando sólo quería quedarme allí, con el alma abatida por la tristeza.

Cuando Pazuzo cumplió dos años, mi padre le mandó construir una casa provista de una ventana diminuta para que pudiera vislumbrar las azules montañas de Chilpancingo, los eucaliptos, las casas de la colonia y las jaurías de perros que andaban libremente entre las calles y que lo hacían aullar, ladrar y restregarse en la malla que lo separaba de aquella vida: un perro de casa es siempre un reo; es como el canario enjaulado o el pez que vive dentro de una pecera o todos los animales domésticos del mundo. Los perros nos alegran la existencia a cambio de que ocultemos una verdad íntima y dolorosa: el poseedor de mascotas tiene alma de custodio. No se rescata a nadie, no se cuida a nadie; el mundo es un lugar donde muy pocos individuos pueden ser libres.


2

Abandoné a Pazuzo en 2003. Decidí estudiar la universidad en la Ciudad de México y así, como “la más feliz de las almas en pena” le di la espalda a Chilpancingo, mi ciudad-perro que antaño nos lamía con su paz. En sus calles, en sus iglesias o en sus viejos palacios notábamos una presencia, un rumor de jadeos y pisadas y, al volver la vista, la presencia estallaba en luciérnagas o avispas, o en la cornetilla del vendedor de chamoyadas o en la imagen del globero que engrandecía la sonrisa de los niños. Entonces sabíamos que era el espíritu de la ciudad, lamiéndonos: un acto sin palabras que sólo poseía un significado: “todo está bien”.

Cada vez que iba de visita a mi ciudad-perro, al llamar al timbre de casa, Pazuzo entonaba un discurso de ladridos y lloros. “Te extraña”, decía mi madre. Pero yo sabía que era un reclamo. En los primeros meses del 2004, Pazuzo se apareó con una perra vecina llamada Burbuja. De esa unión nacieron cinco cachorros: uno vino a formar parte de nuestra manada. Pazuzo hubo de asumir ese rol de perro-padre que jamás le sentó bien, pues Elías —tal fue el nombre de aquel perrito de pelaje blanco y negro— se convirtió en su juguete favorito durante los dos años en que la muerte se estuvo quieta.


3

La mañana límpida de un cinco de marzo mi padre me llamó para anunciarme que Elías estaba enfermo. Dijo que no era grave: un problema en la cavidad bucal que se resolvería con una pequeña operación. Pero mi corazón punzó un gruñido y enfilé rumbo a Chilpancingo. Elías todavía era capaz de mover la cola, pero estaba en los huesos: hacía días que no comía, se mantenía en pie mediante suero; su lengua: un crótalo morado y tieso. Sus ojos: una plegaria desde la más absoluta soledad. Pazuzo lo olfateaba sin entender bien a bien lo que ocurría. Quizás en su mente, mis padres y yo éramos los culpables; una suerte de celadores que jamás llegarían a comprender a los individuos no humanos. Ni Elías ni Pazuzo estaban al tanto de la zoología, tal vez en la mente de Pazuzo la única certeza era la de que su hijo se moría.

La opinión médica reveló un cáncer en fase terminal. El seis de marzo, el veterinario Luna Blas puso una mano en mi hombro y me dijo que él recordaba cada lugar donde había enterrado a los distintos canes que habían llenado su existencia. Luego entró al cuarto donde yacía el moribundo Elías y seis minutos después emergió y movió la boca: “Ya está”.

Envolvimos el cadáver en un tapete y lo enterramos al pie del limonero que está fuera de casa. Recuerdo que ese día casi me caigo. Mi padre me sostuvo y lloré como aquella lejana fecha en que descubrí a Quiqui, un pez cometa flotando en el agua azul de su prisión. Pazuzo no emitió ni un lloro, ni un ladrido, pero comenzó a envejecer más a prisa, igual que yo.

Decidí fortificarme, bajar la intensidad de los amores, viajar entre las calles como un gato taimado sin prestar atención a las flores, animales que se abrían de vez en cuando. Mis visitas a la ciudad-perro disminuyeron; mi voz al teléfono cambió. Me dio por esperar la muerte de Pazuzo o por suponer que ya había muerto y que mis padres me lo ocultaban. Pero en mis rezos al abismo siempre estuvo una petición por ese can que dejó de brincar y que perdió el ladrido al cumplir doce años.

Dice mi padre que una noche Pazuzo salió de su casa y se tendió entre los charcos que recorrían la superficie de cemento. La mano de la muerte en forma de pulmonía lo acarició, él se dejó querer: llevaba años sin una compañía de más de algunas horas. Y tal vez sus ojos, agobiados por la orfandad, confundieron la cara de la muerte con el de la diosa perra: esa que nos promete campos para correr sin freno, sin pecheras, junto a perros y hombres a quienes sólo les interesa existir. El 2 de mayo de 2013, dejó de respirar.


4

En ocasiones un perro semejante a Pazuzo o a Elías dobla una esquina. Lo persigo, pero nunca lo vuelvo a encontrar. Es posible que sea su fantasma o su inmortalidad o la esperanza de que nos volveremos a ver para que yo enmiende mi abandono. En ocasiones, cuando mi corazón es un tumor endurecido por la usanza, suelo escuchar un ladrido profundo que lo ablanda.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]


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