Espacios públicos y derecho al goce colectivo
- Geovani de la Rosa
- 22 dic 2025
- 4 Min. de lectura

La noche del jueves 27 de noviembre, en Acapulco, un festival musical en Playa Tamarindos se volvió un pequeño caos. Más allá de la organización, lo que generó este caos fue la avalancha humana tratando de entrar, las filas interminables y la molestia de quienes no encontraron cupo. Fue un caos luminoso, lleno de deseo y ansia colectiva: miles de personas querían estar allí. Querían ver, escuchar, sentir, ser parte de algo que no pasa todos los días. Ese desorden fue la mejor señal de todas: en Guerrero hay hambre de arte, de cultura, de encuentro y, con total certeza lo digo, lo que existe es absolutamente insuficiente.
No podemos seguir pensando que los festivales y jornadas culturales deben ser celebraciones mínimas, concentradas en una sola semana al año y en un solo territorio. No basta Taxco, no basta Acapulco, no basta Iguala. No basta una ciudad. No basta un fin de semana. Un estado entero no puede depender de una programación cultural que se reparte como si fuera limosna, como si fuera un privilegio, como si la cultura no fuera un derecho.
Además, en un estado aterrorizado y sitiado por la violencia, la urgencia de los eventos públicos es aún mayor. No podemos permitir que los criminales ni el propio Estado nos arrebaten el derecho a gozar y habitar nuestros espacios comunes. Lo que está ocurriendo en Chilpancingo con los rumores sobre su feria anual y el evento cultural más importante de su historia, que paralizan la ciudad y empujan a la gente a encerrarse y cancelar la convivencia social, es profundamente grave. El miedo no puede convertirse en política cultural. Ceder la calle es perderla. Si dejamos que la violencia dicte dónde y cuándo podemos reunirnos, entonces ya no tendremos comunidad ni ciudadanía: sólo sobrevivientes aislados.
Las comunidades, los pueblos y las ciudades pequeñas del estado merecen y necesitan que la cultura llegue a sus plazas, a sus escuelas, a sus canchas y a sus calles. Si en Acapulco, con todo su tamaño y visibilidad, la gente pelea por un lugar en un evento musical supuestamente gratuito, imaginemos lo que significa para una comunidad serrana o una localidad costeña donde no pasa nada durante años. El derecho a la cultura no puede depender del código postal ni del calendario.
Hoy, los grandes festivales absorben la mayor parte del presupuesto público: esos eventos insignia que se presumen en discursos y fotos oficiales. Está bien tener grandes festivales; nadie duda de que aportan vida, visibilidad y circulación económica. Pero son insuficientes y no pueden ser la única política cultural del estado. No pueden concentrar todo mientras el resto del año y el resto del territorio se quedan en silencio.
A la par, debemos revisar críticamente la manera en que se producen algunos eventos públicos. Se fabrican a la manera del autoritarismo cultural, donde se uniforma a estudiantes o trabajadores, se los obliga a asistir como público cautivo y se construye una escenografía artificial para simular participación ciudadana. Las “Jornadas por la Paz” no pueden replicar la estética del fascismo ceremonial, donde la gente está ahí por obligación y no por deseo. Eso no construye paz ni comunidad. Eso sólo produce fotografías útiles para la propaganda. La verdadera paz se construye con participación, afecto y libertad, no con alineación forzada.
Lo más urgente, más allá de un acto masivo y espectacular, es crear y acercar públicos, en particular infancias y juventudes. Si una niña o un niño ven teatro a los ocho años, escuchan un cuarteto de cuerdas a los diez, observan una exposición de pintura a los doce y filman su primer cortometraje a los quince, habrán aprendido a mirar el mundo de otra forma. Habrán desarrollado sensibilidad, criterio, pensamiento crítico. Habrán entendido que sus vidas pueden expandirse, que sus voces pueden servir para algo, que la belleza importa. Y tal vez, sólo tal vez, eso los mantenga lejos de violencias que hoy amenazan a toda una generación.
Pero, al mismo tiempo que se forman públicos, se necesita una oferta cultural permanente, coherente, relevante y accesible. No cualquier cosa. No eventos improvisados y vacíos. No espectáculos que se hacen sólo para rendir cuentas administrativas o para complacer a patrocinadores. Se necesitan proyectos culturales que sí abonen a la convivencia social, al tejido comunitario, a la construcción de ciudadanías críticas y conscientes de sus derechos. Y sin imposición. Sin obligación. Sin convertir la cultura en catecismo ni en propaganda.
Guerrero es un estado múltiple y diverso, y su política cultural debe ser también múltiple y diversa. Bienvenidos todos los eventos públicos: los comerciales y los consumistas, los experimentales y los populares, la alta cultura y el entretenimiento ligero, la música sinfónica y la de moda, el cine independiente y la película taquillera, el teatro clásico y la puesta en escena del grupo escolar. Todo debe existir, porque todo tiene un público y todos tenemos derecho a elegir.
Pero deben ser gratuitos. Deben ser suficientes. Deben ser democráticos con los territorios y priorizar donde más se necesite. Y deben ser permanentes. No de un día. No de una noche. No de un fin de semana. No sólo en Taxco ni sólo en Acapulco ni sólo en Chilpancingo. O, como ha pasado en este gobierno, centralizados en Iguala por cuestiones electorales.
Todo Guerrero requiere eventos culturales todos los días del año. Para los niños. Para los jóvenes. Para profesionistas. Para ancianos. Para quienes nunca han ido a un teatro. Para quienes nunca han visto cine en pantalla grande. Para quienes creen que el arte no es para ellos. Para quienes llevan décadas haciendo cultura sin apoyo.
Porque lo de la noche del jueves en Acapulco no fue un fracaso: fue una revelación. Si hay caos para entrar, es porque hay deseo. Y donde hay deseo, hay futuro. Lo urgente es escucharlo y actuar ya. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]







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