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  • Emiliano Aréstegui

Ferocidad doméstica




La poesía de Adriana Ventura me resulta fresca y es en apariencia sencilla, no hay grandes imágenes ni manotazos sobre la mesa. Su poética, digámosle confesional, no romantiza ni desgarra, pareciera que sus versos fueran tejidos con pedacitos del día y es que Adriana pesca, tigra, sobre las lindes de lo cotidiano, ahí donde lo doméstico vuelve a lo salvaje y lo tierno corta con ferocidad maternal, terrenal, mundana. La poeta nos habla de lo cotidiano y los bordes con la realidad quedan a la vista, ahí donde la acumulación del polvo y los trastes nos invitan a mandar todo a la chingada. Ahí donde lo extraordinario acecha en lo ordinario. Ahí, los versos de la poeta hurgan con sus tentáculos reconociendo la porcelana y los cristales de lo suyo.

Lince de oído, decía, la poeta pesca, poemas redondos que uno imagina germinan en la voz de los críos:

—Si pisas líneas/te salen cocodrilos/te muerden/te mastican/te dejan roja/y lloras/como anoche/sin que nadie te abrace.

Y así, sus versos pasan del juego al llanto con la velocidad de una Mamá pulpo que disecciona la realidad al tiempo que comanda la salida, prepara el desayuno y apura el paso de sus hijos. Todo sucede en el cauce de lo cotidiano, pues es ahí donde la poeta recoge sus prodigios, como se lee en Descubrimiento de los sueños:

—¡Mamá!—,¿Cuándo duermes

puedes ver cosas

con los ojos cerrados?

En estos versos domésticos, casi antipoéticos, se huele a los otros, como si para la que escribe, la poesía fuera el pan común de la casa y no un ejercicio solitario. Y así el lector se sumerge la corriente de los días, ahí donde los versos de Operación muestran sus filos y sus fauces. En la poética de Ventura la espuma de los trastes se vuelve un iceberg en el que se abriga el dolor de ser madre, el desespero por el infinito quehacer de los quehaceres, y donde caben, también, las ganas de ahorcar a los hijos, si no para siempre, aunque sea nomás un ratito.

Los primeros poemas nos plantan en el trajín de una mañana cargada de fieras que padecen el hambre, vemos a una mamá lírica lidiar con su jauría, la voz gruñe mientras cuida y el universo departamental y al tiempo carga sus fauces: fieros los versos, los días, fieros los pensamientos que dan cuenta del desastre, del cansancio, del desespero y de las ganas de no haber parido, añorando frenar el curso de las horas/para apreciar la geometría del día/y calcular/los segundos/que las aves tardarán/en llamar a la noche…

Adriana le quita la máscara al ideal de madre abnegada, su poesía interpela a sus cercanas y les pregunta, buscándoles la cara, si acaso ellas no sienten lo mismo, si también ellas se cansan de picar la fruta sobre la madera, si también ellas sienten al enemigo de los días horadar con su miseria el esplendor de lo cotidiano, pues Adriana sabe, que nadie quiere escuchar/que las madres/con frecuencia/desean ahogarse. Adriana lo sabe y nos los dice, pues es en los resquicios de la vida donde se acumulan los versos, la poesía.

Felicidades por Operación doméstica, señora Ventura. Y ahí me saluda a su jauría.

[Foto: Carlos Ortiz]

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