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  • Carlos F. Ortiz

La épica etílica de un escuadrón de la muerte

“En el mirar de Napoleón U. Oporto, / claramente podía vislumbrarse el mirar del alcohol. / Era un mirar que parecía mirar un olor, / y este olor parecía el mirar del alcohol”

Jaime Sáenz


En nuestra cultura popular hay una relación poética con el alcohol. En la construcción de nuestra mexicanidad está muy presente el charro bebedor. Nos encontramos en nuestro cine a personajes como Pedro Infante, Abel Salazar, Antonio Aguilar o Jorge Negrete vestidos con grandes sombreros, con estoperoles y pistola a la cintura, siempre bebiendo, cantando, celebrando y sufriendo por una mujer, montados a caballo en cantinas acompañados siempre por otros borrachos envalentonados.

En la literatura, por otra parte, hay obras como Chin chin el teporocho de Armando Ramírez, La vida inútil de Pito Pérez de José Rubén Romero, Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas, donde los personajes centrales son borrachos consumados. Pícaros tramposos, abrumados por un halo etílico, beodos caballerescos de la épica urbana que los envuelve en una eterna borrachera.

No podemos dejar de lado a esos consumados bebedores que pasaron por nuestro país y que escribieron por estas tierras del tequila y el mezcal una parte de su obra, como Malcolm Lowry, Jack Keruack, William Burroughs, quien estuvo preso en Lecumberri por asesinar a su esposa, cuando jugaba al Guillermo Tell. No podía faltar Lucía Berlín. Ellos escribieron una obra que se asomaba a ese abismo del etanol. A algunas que otras drogas y a la oscuridad.

También en la música tenemos representantes. José José, Álvaro Carrillo, José Alfredo Jiménez hicieron de la borrachera un canto, un himno de melancolía, decepción y derrota.

Nuestra bebida nacional es el tequila y el mezcal. Lo que nos representa en muchos países es la cerveza que se elabora en nuestro país. Nos llenamos de orgullo cuando en una película vemos que alguien bebe una cerveza Corona, nuestro nacionalismo crece tanto que por momentos podemos llegar a escuchar una guitarra y sentir el sombrero charro en nuestras cabezas, a punto de soltar el primer falsete o grito de dolor ese aaaayyyy lastimero.

Nuestro heroísmo en la adolescencia no lo medimos por nuestras proezas ni hazañas en el deporte o el estudio, sino en nuestras borracheras. Nuestra mayoría de edad no llega al momento de cumplir los 18 años, sino en nuestra primera peda, ahí demostramos ya nuestra edad para habitar nuestro mundo adulto. Por ello las cartas de nuestra lotería más representativas son el borracho, el valiente, y la botella.

Ya por ahí se dice para vivir en México es necesario estar loco o borracho, y pues, uno no quiere estar loco.

En A cara de perro Emiliano Aréstegui nos sumerge a un mundo de personajes derrotados. Un escuadrón suicida conformado por teporochos que ve en el alcohol los límites de su mundo. El filo cortante de sus desgracias. La borrachera no tanto como una fuga o un escape de su realidad, sino como el sentido total de sus vidas.

Es una crónica construida como un poema, un poema que nos adentra a un drama cotidiano. Vemos a estos hombres con rostro. Emiliano los va nombrando, dando cuerpo, los hace presentes. A ellos que viven en la marginalidad, que son los desahuciados, que cuando los vemos o nos topamos con ellos en la calle preferimos mejor mirar para otro lado, ignorando que están ahí parados en grupo en una esquina, en un parque, como un escuadrón que a golpe de tragos arriesgan su vida, que se encuentran buscando la muerte y el olvido.

Ahí están Carlitos, Esteban, los gemelos José y Juan López, el escuadrón de la muerte 41940, en las calles de Cuaji, con su aguardiente acalambrando su alma.

En este libro Emiliano no recrea, no reconstruye con la ficción de la literatura y la poesía. Lo que Emiliano hace es nombrar y darle visibilidad a esos hombres que deambulan por las calles con cara de perro hambriento, sediento, que ríen, que sueñan y beben de esa botella hasta el final de sus vidas.

Emiliano no pretendió construir un poema agradable, dulce, amoroso, tierno, no es de esos libros cómodos para ganar premios, pero que al final logró hacerse del premio de poesía Ydalio Huerta Escalante de Palanque, Chiapas. Cosas de la vida, pero que se celebra que pasen.

Hay versos que golpean, que nos sacuden, nos cercan a esos hombres con sonrisas cariadas, desdentados. Piel ceniza, mirada vidriosa y perdida en una lejanía que desconocemos, con ese temblor de manos, y el vaivén de su andar, viviendo en ese desequilibrio eterno, que los va llevando al precipicio que ellos han elegido. No son víctimas. Ellos son los que han forjado en el etanol su destino.

De este modo Emiliano se adentra como el tomandante a esta tradición literaria y cultural, que, como Hunter S. Thompson, viaja a lado del escuadrón 41940, acompañándolos y bebiendo de la misma botella, observando la realidad con los ojos vidriosos, charlando con ellos sobre su vida.

No es un periodista Gonzo, es un poeta que se permite observar y vivir en carne propia el mundo que lo rodea. No juega a ser poeta, que como Rimbaud se permite acercarse y adentrarse una temporada a ese infierno que habitan esos hombres.

A cara de perro me recuerda la novela del escritor boliviano Jaime Sáenz, Felipe Delgado, o la película Cementerio de elefantes de Tonchy Antezana. Una obra, una buena obra siempre nos trae a la memoria otras obras, tiene ese eco que sólo los buenos libros, películas, canciones tienen, que nos permiten entablar un diálogo con otros muchos, y generar ese intercambio de emociones que nos construyen en una colectividad viviente. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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