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  • José Luis Correa

La bondad de los extraños en José Dimayuga


La obra dramatúrgica de José es el resultado, más allá de la disciplina literaria que le distinguía, del apasionado oficio de gran observador. Al tenue brillo de unas gafas ocultas en las celosías que dan a la calle, muros abiertos a la trama urbana o de pueblo costero, al escenario cotidiano y caótico de la vida, José dotaba de sentido y misterio. Lo apropiaba y lo adaptaba a sus personajes. Personajes que enjoyó con referencias de sus grandes influencias.

José explotó la gran premisa de Tennessee Williams:

—Quienquiera sea usted... Yo siempre he dependido de la bondad de los extraños.

Este parlamento se mantiene como un eje en la obra de Dimayuga. No como un patrón o imitación, más bien, como un faro para reconocer su propia obra. Para escudriñar entre el hostil zoológico de cristal, en el país de sensibles, en el convencionalismo sentimental y familiar y así, rescatar las voces disruptivas que dan forma a sus personajes.

La dialéctica entre la bondad que ofrecen los desconocidos al reconocerse en su sincera vulnerabilidad, en el más desnudo abandono, en su marginalidad, desde la diferencia y su dolor; en contraste con la violenta erosión emocional de “lo que no se dice” en la larga convivencia de los más cercanos y añejos parientes. Es lo que dota de matices la obra de José.

Si bien Tennessee es uno de tantas influencias que pueblan la obra de Dimayuga, en el caso de Williams hay un estudio entregado y paralelismos entre los escenarios dramáticos de sus vidas. Son sureños que han logrado descubrir “lo que no se dice” y la gratitud de los desamparados que habitan el sur.

Lo que marca la diferencia entre los autores es el tratamiento que otorgan a sus personajes. Williams enuncia la decadencia, expone las contradicciones de la sociedad americana, su hipocresía cargada de progreso y convencionalismos, arroja luz a la fragilidad, para así tronar los Caramelos Duros de la ilusión dejando una encendida boca herida en un palacio de candiles rotos, abandonado, donde los amantes se arrastran quebradizos entre las butacas para clamar una caricia.

La diferencia es que Dimayuga trasciende su influencia willmiana, si bien retrata esas asperezas y desencantos en el contexto que le ha tocado, él saca a sus personajes a flote, los libera y libera a quien lo lee. Mediante el encuentro, la empatía, la catarsis y un humor sarcástico y tierno nos deja un continente de personajes esperanzadores, sobre todo, personajes que podemos encontrar en cualquier desconocido al surcar la celosía. Celosía que nos mantenía como espectadores. Varias obras de José dan cuenta de ello.

—Comadre… ¿Usted ya leyó a José Dimayuga? 🃆

oto: Gonzalo Pérez]


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*Con mucho cariño mi querido José Dimayuga.

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