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La niña futbolista y el país que no aparece en la fotografía

  • Andrés Cisnegro
  • 8 jun
  • 5 min de lectura

La reciente presentación de La niña futbolista, interpretada por Julieta Venegas rumbo al Mundial de 2026, ha sido celebrada como un gesto de inclusión y como una invitación a imaginar un país donde las mujeres puedan ocupar cualquier espacio, incluyendo las canchas de futbol. La intención parece clara y, en principio, difícilmente objetable: una niña que sueña con jugar futbol y desafía los prejuicios que históricamente han intentado excluirla del deporte.

La canción, por cierto, no es nueva. Se trata de una composición de Ignacio Silva y Jorge Morales para el grupo infantil Los Patita de Perro, creada hace más de dos décadas y recuperada ahora para una campaña oficial. El hecho no es menor. También abre una discusión sobre las formas en que la industria cultural suele apropiarse de obras preexistentes, recontextualizándolas para nuevos fines institucionales o comerciales.

Sin embargo, la potencia simbólica de una imagen no cancela las preguntas que esa misma imagen puede provocar.

Porque la niña futbolista de la canción no jugará el Mundial. Ninguna niña lo hará. Ninguna mujer lo hará.

El Mundial de 2026 seguirá siendo un torneo masculino. Veremos a cientos de futbolistas hombres, muchos de ellos convertidos en marcas globales y protagonistas de una de las industrias más lucrativas del planeta. Los estadios estarán ocupados por corporaciones, patrocinadores, derechos de transmisión, apuestas, turismo internacional y grandes capitales. ¿La imagen de la niña es entonces una promesa? ¿Una ilusión?

La campaña habla de igualdad mientras el evento al que sirve de antesala continúa organizado bajo estructuras que siguen concentrando la atención mediática, económica y simbólica en el futbol varonil. La campaña habla de futuro mientras el espectáculo sigue respondiendo a las lógicas del presente.

No se trata de cuestionar a las niñas que juegan futbol; por el contrario, existen miles, pero ni una jugará el Mundial. Tampoco es cuestionar a las mujeres que han abierto espacios en el deporte profesional. Lo que resulta inquietante es la facilidad con la que el símbolo sustituye a la realidad.

La niña futbolista funciona, pareciera, más como una metáfora que encarna la distancia entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de millones de personas.

Mientras se nos habla de inclusión, México se prepara para albergar un evento que ha implicado beneficios fiscales extraordinarios para la FIFA y diversos actores vinculados a la organización del torneo. Imaginemos por un momento todo lo que podría hacerse con esos recursos en regiones donde la respuesta habitual sigue siendo que “no hay presupuesto”.

No hay presupuesto. No hay presupuesto para la cultura.

No hay presupuesto para las comunidades rurales.

No hay presupuesto para numerosos proyectos sociales.

No hay presupuesto para los pueblos originarios.

No hay presupuesto para las autonomías comunitarias y los procesos de autogobierno.

No hay presupuesto para los artistas.

¿Cuántos creadores mexicanos, pueblos, colectividades, han escuchado esa frase durante décadas?

La discusión adquiere una dimensión todavía más compleja cuando observamos los conflictos sociales que atraviesan el país mientras se prepara la celebración mundialista. Basta mirar las movilizaciones magisteriales de las últimas semanas para advertir que existe una distancia creciente entre ciertas promesas políticas y la respuesta institucional que reciben quienes exigen su cumplimiento.

Durante años se construyeron expectativas alrededor de transformaciones concretas en materia laboral, educativa y de derechos sociales. Muchas personas depositaron su confianza en esos compromisos y contribuyeron con su voto a hacer posible un nuevo proyecto de gobierno. Sin embargo, cuando algunos de esos sectores demandan el cumplimiento de lo prometido, la respuesta vuelve a ser una frase que México conoce demasiado bien: no hay presupuesto. Y además, algunos petardos. Entonces la narrativa comienza a fracturarse.

Porque la escasez presupuestal parece invocarse para justificar demandas de maestros, artistas, comunidades rurales, pueblos originarios, proyectos culturales y formas de organización comunitaria autónoma. Sin embargo, esa misma escasez desaparece cuando se trata de megaproyectos, eventos internacionales, infraestructura orientada al espectáculo o estrategias de posicionamiento global.

No se trata de negar la importancia del Mundial ni de los beneficios económicos que pueda generar. Se trata de señalar una contradicción evidente: cuando los recursos aparecen con rapidez para la celebración y desaparecen frente a las demandas sociales, la discusión deja de ser financiera y se convierte en una cuestión de prioridades políticas.

La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando observamos las campañas institucionales que acompañan la organización del Mundial. Se nos habla de la Ciudad de México como la Capital del Futbol y se vincula el evento con conceptos como libertad, inclusión, diversidad y transformación social. El problema no radica en esos valores, sino en la distancia que existe entre su enunciación y la experiencia cotidiana de amplios sectores de la población.

Porque la libertad no aparece por pronunciarse en una campaña publicitaria ni en un eslogan turístico. La libertad implica acceso efectivo a derechos, condiciones dignas de vida, participación en las decisiones colectivas y la posibilidad de construir proyectos comunitarios con autonomía. Resulta difícil escuchar discursos triunfalistas sobre inclusión y libertad mientras numerosas comunidades siguen enfrentando abandono institucional, violencia, despojo territorial o la respuesta recurrente de que no existen recursos suficientes para atender sus necesidades más elementales.

La paradoja es notable: mientras se invierten cantidades extraordinarias para proyectar una imagen internacional de modernidad y apertura, miles de personas continúan experimentando una realidad donde la libertad se encuentra limitada por la precariedad económica, la inseguridad o la falta de oportunidades. Así, la promesa de un Mundial asociado a la libertad termina pareciéndose más a una aspiración publicitaria que a una descripción verificable de la vida nacional.

La pregunta no es nueva, pero sigue siendo incómoda: ¿qué México será mostrado al mundo?

¿El México de los estadios renovados y los corredores turísticos?

¿O el México de Guerrero, de Chilapa y la Montaña Baja, de las comunidades agrícolas, el de las fosas clandestinas, el de los territorios atravesados por la pobreza, la violencia y el abandono institucional? Porque esos territorios también son México. ¿Cierto?

Y sus habitantes también deberían formar parte de la conversación cuando se habla de desarrollo, inclusión y transformación.

Tal vez por eso la figura de la niña futbolista resulta tan poderosa y tan problemática al mismo tiempo. Representa un anhelo legítimo, pero también corre el riesgo de convertirse en un ornamento narrativo si las condiciones materiales que permitirían realizar ese anhelo permanecen intactas.

El problema nunca ha sido la imaginación. Los pueblos viven gracias a ella. Las utopías nacen de ella. Las transformaciones profundas suelen comenzar con imágenes capaces de anticipar mundos todavía inexistentes.

El problema es cuando la imagen sustituye a la acción. Cuando la representación reemplaza a la participación. Cuando la promesa ocupa el lugar del cumplimiento.

Y entonces una niña futbolista que no jugará el Mundial termina convirtiéndose en el emblema perfecto de un país donde los símbolos avanzan mucho más rápido que la realidad que pretenden representar.

Quizá mis preguntas sean ingenuas o exageradas. Incluso resulten insulsas para algunos. Pero frente a la normalización de las contradicciones, preguntar sigue siendo una forma de ciudadanía.

Y acaso una de las pocas que todavía no paga impuestos. ⚅

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[Foto: Vanessa Hernández]

 
 
 

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