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  • René Rueda

Lectura y política literaria mexicana. Embates para el 2023 (1a parte)

Actualizado: 3 ene 2023


Se dice: ya no hay crítica literaria; se miente: todo aquel que quiera ser poeta, antes de ponerse a escribir, tiene que asumirse poeta; se exclama: es que al Estado no le importa la cultura o literatura; se amonesta: ay de aquel que hable mal de los premios o pre-miados literarios; se manipula: ya nadie lee... Y el animal que emite narraciones, poemas o ensayos es sustituido, y este sustituto sin fuelle para el arte no puede escribir acerca del sentido vital de la literatura, “me hice escritor porque quería ser libre”, sin que suene a declaración de político pesetero, como lo es.

El animal que ha sustituido al escritor apenas puede escribir: habla en foros, en ferias, en presentaciones, en encuentros, ante públicos a quienes poco les importa lo que aquel buscafamas escriba, y esta bien que no les importe. Si algo tiene valía literaria, pienso que ésta se ha de notar en unos ochenta o cien años, cuando ya el sentido de dicha obra se haya sacudido a su autor.

Hoy, el animal que finge la escritura acaso puede ejecutar un párrafo que llamará minificción, una estrofa desarticulada que nombrará poema, o una estampa o viñeta que llamará ensayo. Y es que uno de los rasgos principales del político literario mexicano (sin distinción de género) es su falta de vínculo con las lecturas y sus formatos. Puede exaltarse, como esos jóvenes anodinos de la Fundación para las Letras, al mirar una edición sudamericana de 1962, pero lo hará por puro esnobismo. Otro de sus rasgos es quejarse porque ya no hay lectores, como si dijeran: ya no hay clientes.

Pero sí los hay, sólo que de obras que han resistido el ímpetu de los años, el olvido o ambición de los proyectos literarios que las produjeron y las benéficas muertes de sus autores. Hoy los lectores de obras culturales a las que denomino “de valía”, buscan Un cuarto propio, Pedro Páramo, La casa de las bellas durmientes, El cementerio marino, La servidumbre humana, Su nombre era muerte, Los extraordinarios, El gran dios Pan, La diosa blanca, La ceremonia del adiós, Los monederos falsos, Vathek, Personajes, Yo soy mi casa, Los siete locos y un largo etcétera del cual casi siempre se excluyen las obras producidas en las editoriales de las instituciones culturales al servicio del Estado.

Los lectores desconfían del siseo del Estado, los políticos literarios mexicanos disfrazados de escritores, no sólo aman dicho siseo, quieren que la serpiente les dé una buena mordida: un pedazo del presupuesto cristalizado en un premio, como un pescado que se arroja a una foca o una galleta aventada a un perro.

Los lectores quieren entretenerse, conocer, divertirse por días a través de una considerable imaginación, quieren apartarse del mundo que les tocó en suerte. Los políticos literarios quieren que los llamen maestros, que se conozcan sus nombres, que sus amigos sean jurados de los concursos en los que participan. Viven en el lugar de las trampas, dónde todos los que entran se vuelven viles.

Los lectores subsisten en cualquier sitio, tienen a su alcance nuevos recursos para acceder a sus obras amadas. Cuando ya andan entrados en lecturas buscan La Divina Comedia en edición crítica, cuando están en ciernes piden a Taylor Caldwell o a algún autor que les hable de Aquiles en cientos de páginas. Los políticos literarios se mueren si no les prestan atención, si no van a recepciones dónde conocer a sus Enrigues, Taibos o Goldmans personales; no pueden dejar de hablar de sus influyentes amigos escritores y, a la hora de ejemplificar cualquier situación, se apoyan en alguna serie televisiva a falta de libro. Sueñan con volverse guión de algo, con su nombre en letras parpadeantes, pues ellos dicen ser su obra, como aquel esperpéntico Montiel que dijo que un atropello contra su mafiosidad era un atropello contra la “poesía”.

Los políticos literarios y los lectores pertenecen a campos distintos. A los primeros no les importan los segundos ni la literatura: son el espejo de su propia basura. Los lectores, por su parte, a veces ni siquiera están al tanto de que existe esta clase de políticos, ni sus fundaciones, fondos o estimulantes monetarios. Los lectores son quienes dan continuidad a los hechos de las palabras impresas y, en ocasiones, alguno de ellos se pone a escribir, no por un galardón o una entrevista. Un lector se pone a escribir porque tal acto es una manifestación del espíritu humano, igual que hacerse a la mar cuando la tierra agobia, o viajar a la provincia amada cuando la ciudad se pone demasiado fría, o buscar la soledad de una carrera de fondo para cansar a los diablos interiores.

Entre lectores y políticos literarios mexicanos siempre estaré del lado de los primeros, muchachos con uniforme, señoras que visitan los estantes de una librería al salir del trabajo u hombres que llenan sus bolsas de plástico con libros de oferta. Lectores mexicanos que abren espacios en el sin-tiempo. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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