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Lo doméstico, modernidad y paisaje en Escribir con espuma en las manos

  • Carlos Lejaim Gómez
  • 22 abr
  • 4 Min. de lectura

Escribir con espuma en las manos (UANL-2026), de Adriana Ventura, es un libro cuya exploración profundiza el minucioso interés por lo pequeño, por lo que suele escaparse de la poética de la cotidianidad. En esta atención por el detalle se sostiene uno de los grandes logros del libro: la mirada oblicua que nos desvela lo que no se ve. El gato que no está en el poema, la lucha contra el poema, la vajilla, el plato que se rompe, se erigen en un edificio verbal preciso —en el que nada sobra—, pero nos revelan otra cosa, otra dimensión más íntima, más contundente: la maternidad, la memoria, el ejercicio de la escritura:


El poema y yo no nos entendemos. No hablamos el mismo idioma. No logro interpretar sus ruidos. Lo dejo seguirme por la casa. Nos sentamos en la mesa a desmenuzar carne.

A veces el poema se queda quieto en la puerta, me mira con sus ojos limpios.

Cuando me encierro en el baño el poema entra por mí después de un rato, seca los azulejos, me quita la toalla, limpia mis lágrimas, me peina el cabello.

Me dice, ya basta. Vamos a que me escribas.

El tratamiento de la infancia, tierno y destacando la voz curiosa del niño que revela dimensiones ocultas de la realidad, es otro de los grandes aciertos del libro, en voces que se bifurcan en la memoria de la infancia y la experiencia de la maternidad. Como en el poema “Voice-over”, en el que además hay una exposición de la maravillosa sinestesia en el niño que va descubriendo su capacidad de sentir:


Voice-over


El niño no sabe atarse las agujetas. Tampoco pide ayuda. Se está triste, dice que lo siente en todo el cuerpo. Tiene cinco años. Ya sabe nombrar sus dolores. Lo desapruebo porque no se ata las agujetas, él baja la cabeza y dice que le duele.

Uno de los sustratos profundos del libro es la condición que Néstor García Canclini llamaría cultura híbrida, una estrategia para entrar y salir de la modernidad. Una voz poética que se alterna entre lo urbano y lo rural nos da cuenta no sólo de una profundidad de la voz poética, que tiene una historia de tránsito y movilidad, sino también de procesos culturales propios de nuestro tiempo. El fenómeno es evidente en la relación de cuatro poemas:

La batea / El río / Lavadora / El tendedero

En los que aparecen distintos procesos del lavado empleados en el contexto de lo rural y lo urbano. Pero, de nuevo, la atención al detalle en la poesía de Adriana Ventura genera atmósferas profundas en las que el lavado se vuelve una experiencia de lo bucólico, o de la opresión de los sinsentidos de la modernidad.

Pero también la relación violenta, desigual y colonizante entre la modernidad y lo rural la encontramos de manera dolorosa y contundente en el fragmento 3 del poema sin título que abre el libro:


Vi iguanas en abril del año pasado, colgando de la silla de los caballos de mi padre, de mis tíos, de mis hermanos.

En este poema,que no es de gatos,hay sitiopara sepultar a los perros de mi prima Rosa Inés,atropellados en la carretera.


Este poema, que no es sobre gatos, podría ser un cementerio para otros muertos de mi familia: a mi abuela los carros le han matado perros y cerdos; a mi abuelo los carros le han matado perros y vacas; a mi padre le han matado perros y primos; a mi prima le han matado a su madre y tres perros.

Y las iguanas extienden su largura al sol, siguen los pasos que doy alrededor de ellas, desde el pueblo en que nací hasta el zoológico de Chilpancingo.

El paisaje del pueblo natal es dolorosamente atravesado por la modernidad de la carretera, que destruye la vida y la tranquilidad con la muerte de perros, cerdos, vacas y primos. Pero las iguanas, presencia fundamental del paisaje guerrerense, permanecen y persisten en el espacio urbano, como el zoológico de Chilpancingo: la naturaleza y la belleza de su entropía también le dan resistencia a la modernidad.

Por último, quisiera señalar el carácter vallejiano del libro: la atención a la infancia, la aproximación a la lengua de la niñez, son aspectos formales muy bien logrados en este libro. Pero, sobre todo, el título, Escribir con espuma en las manos, es a la vez un posicionamiento frente a la cotidianidad de una clase media que se esmera por crear desde la condición que le exige atender sus necesidades elementales, pero también una postura frente al vallejiano “Quiero escribir pero me sale espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo; / no hay cifra hablada que no sea suma, / no hay pirámide escrita sin cogollo”. Escribir con espuma en las manos es también la creación a partir de la imposibilidad, es el decir a partir de lo que no se puede decir, de lo que queda de la lengua. ⚅

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