Los proyectos espirituales de Brenda Ríos
- Flor Venalonso Neri
- 1 jul
- 5 min de lectura

Conocí a Brenda Ríos como poeta antes que como ensayista. Tuve la oportunidad de leerla antes de conocerla. Su escritura siempre me pareció cercana, cotidiana, aunque muy parecida a la poesía norteamericana, musical y llena de luz. Después pude leer sus ensayos, que definitivamente son género aparte; pude reconocerme en su escritura, pude entender muchas cosas que cuestionaba durante mis años de estudiante. Además de sentirla auténtica, directa, casi ruda, siempre fuerte, pude encontrar una especie de hermana mayor, una escritora con las mismas dudas por las que yo atravesaba; pero también encontré referencias a escritoras que más tarde descubrí que son también inherentes a la obra de Brenda: Clarice Lispector, Patti Smith, Lucía Berlín, Anne Sexton, etcétera.
Proyectos espirituales (Ediciones para llevar, 2026) reúne una selección de poemas de ocho libros de la autora.
En La luz artificial de las cosas (Arlequín, México, 2021) encontramos poemas con referencias a Rimbaud, el amor, la luz, el agua, los cuerpos (no solo los humanos, sino también estelares, anfibios, vegetales), escenas de familia: padre, madre, la casa, la abuela, las tías… En La luz artificial de las cosas descubres algo que nadie más puede ver. Situaciones familiares, cuestionamientos sobre el amor, el sistema patriarcal, la maternidad, crear nuevas perspectivas: la poética de Brenda nos muestra que “crecer es atravesar luces y oscuridades”, a veces de los demás, siempre de una misma. Donde la luz es también ausencia o pérdida. La luz es ese momento que nos permite ver las cosas desde la contemplación, llena de sabiduría. Donde todo cobra sentido, lógica, porque contemplar da eso: sabiduría y comprensión de la totalidad. Brenda lo supo ver y por eso escribe:
Les mando esta luz de vida luz artificial como el tiempo en que nos toca estar dispuestos mirando los objetos más dóciles e inútiles mirando con la capacidad de ver
En Aspiraciones de la clase media (Ediciones Liliputienses, España, 2018 / UANL-UNAM, México, 2024), Brenda Ríos nos habla del empleo, de las prestaciones, de la vida en la oficina. “Era maravilloso llegar a fin de mes sin pasar hambre”, dice. Enfrentarse al desempleo, llenar una y otra vez la solicitud de empleo, pretender estar capacitados para un trabajo que cubra ciertos gastos y darnos cuenta de lo “pocos capaces que somos / nuestra brutalidad es abrumadora”. Brenda nos habla de renunciar al empleo, a los sueños, por la búsqueda de algo más grande y enfrentarnos a la soledad que conlleva desprenderse de todo. Poemas como instantáneas de la vida, pequeñas reflexiones sobre lo cotidiano, el agotamiento y la soledad.
En La sexta casa (Instituto Cultural Sinaloense, México, 2018) encontramos una voz que interpela a su interlocutor porque habla desde lo personal, donde busca una forma de amar al otro. De reconocer la soledad y los vínculos con que nos vamos relacionando. Y dialogar desde ahí con una misma. En estos poemas Brenda nos habla de las frutas, de la ciudad, de las calles y los bares, de las zonas a las que acudimos constantemente, de lo que consumimos, de eso que somos. Ella tiene la agudeza de la contemplación en su lenguaje. Tiene la mirada que separa y encuadra la luz sobre las cosas que mira. Nos regala poemas llenos de contemplación y de reflexión. Su escritura es cotidiana, sí, pero también está llena de referencias. Es inevitable no recordar escenas cinematográficas en ellos.
Desde que leí por primera vez a Brenda hubo algo que me atrajo, algo que me provocó. Esa forma de verse a sí misma, esa forma de ver al otro: al amante, al padre, al hombre. “Esa era la idea que tuve de lo que significa ser hombre: ponerse en el espejo y con tanta calma cambiarse el rostro, sonreír a la audiencia —que era yo— y echarse de golpe el cuenco de agua fresca”, dice. Y desde ahí conocer los cuestionamientos que hace Brenda de lo masculino, de lo femenino, de la humanidad. Porque hablar del otro es verse a una misma y viceversa.
Brenda Ríos escribe desde una perspectiva que —aunque pareciera fácil al momento de leerla— es compleja, porque los poemas hablan justamente de eso que no nos atrevemos a nombrar: las cosas más simples son a veces las más difíciles o dolorosas de poner sobre la mesa. Dice: “Estoy aquí”, “porque ya nadie llega / y se pone a la luz del que mira”, pero Brenda no lo dice desde la autoridad o el ego. Ella nombra la luz de las cosas desde esa fragilidad humana que la acerca a las criaturas inocentes de mirada, criaturas llenas de curiosidad y sabiduría por igual: “Hay tantas cosas que no entiendo. Y no importa. Ven. Esta es la transparencia. ¿Sientes? ¿Puedes ver? La luz también toca y traspasa. Inunda”.
En Escenas del jardín (Mantis Editores, México, 2015) encontramos poemas dolorosos porque hablan de la pérdida de alguien amado, alguien a quien reconocemos en los dedos, en las ideas, en los colores, en los recuerdos, en el agua, en la infancia, en los sueños. ¿Cómo puede una despedirse de alguien que sigue existiendo aunque ya no esté? Brenda nos dice: “Nadie quiere seguir solo, y por nadie quiero decir yo”. Esta selección de poemas es una de las más bellas del libro, no solo por lo humano de la interpelación, sino por la claridad de las imágenes, del dolor palpable que se registra en la voz de la autora.
En Invitación a respirar (2006–2007) Brenda Ríos nos invita a respirar desde la grafía que utiliza a lo largo de los poemas, esos guiones para decir las pausas, para pausar lo que desborda: el hambre, la sed, las heridas, el dolor, los recuerdos. Brenda nos invita a recibir “esta palabra / en la oscuridad / en la luz / en la maleza / en todo tiempo que pasa / y abre los brazos”. Estos poemas son un ejercicio con una misma, con el propio cuerpo.
Domésticos (inédito, 2016) son poemas de cosas cotidianas que encontramos en la casa o en los lugares que frecuentamos: cebolla, hormigas, café, acuario, vacas. Brenda nos pone a pensar, desde las cosas más simples, la existencia humana, el futuro, la inteligencia, el amor, la vida. Su escritura nos revela la sencillez de lo cotidiano.
En No era el mar (inédito, 2011), Brenda nos muestra no solo la playa, el mar, a los turistas, sino también esa otra parte que no queremos ver o no sabríamos adivinar de las vidas de las personas: “la tristeza de una pobreza intocada” que “nos aguarda / sin quebrarse”. Donde “el mar, ese extraño oscuro lugar del que partimos / un objeto de agua / la memoria” nos hace enfrentarnos a nosotros mismos.
Finalmente, en Un corazón un animal vivo (2008–2013) Brenda nos deja poemas donde palpita un corazón lleno de emociones, de asombro, de instantes de contemplación dentro de las “demoliciones, bitácoras de la cocina, larvas o gusanos, las aves que llegan con la rutina”. Como en El corazón delator, de Poe, en la escritura de Brenda sentimos palpitar todo lo que aún vive.
Estos Proyectos espirituales nos hablan de las cosas más sencillas, más cotidianas; nos hablan de nosotras mismas, del cuerpo y de cómo nos relacionamos con los demás, para mostrarnos que la poesía es justamente el momento de clarividencia de nuestra propia existencia. ⚅




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