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  • David Espino

Paulina y Otis y lo poco que apredimos


¿Por qué nos empeñamos en mostrar lo peor de nosotros mismos cuando lo que se necesita es justo lo contrario? Me tocó el huracán Paulina en 1997. Andaba en los 20 años y era un reportero con apenas experiencia. Acababa de llegar a Acapulco para trabajar en una revista política. Recuerdo que el dueño había instalado al equipo de trabajo en un condominio. Una mole de acero y hormigón a orilla de playa que no sufrió ni un rasguño. O al menos no de consideración. Dicen los que saben que aquella vez fue la cantidad de agua la que devastó la ciudad y esta vez, con Otis, el viento.

Nunca he estado en una zona de guerra. Gaza en estos días, por ejemplo. He visto imágenes y me recuerdan la Costera cuando salimos del condominio la mañana siguiente. La avenida Cuauhtémoc no estaba en mejores condiciones. Anegada de lodo, rocas gigantes, árboles y carros volteados por todos lados. Parecía que la noche anterior había sido bombardeada. Aquel 8 de octubre dormimos en el condominio y recuerdo haber escuchado el ulular del viento en las ventanas que vibraban. Con todo y eso, dormimos. No hubo información ni aviso ni nada. Sólo un chico que vivió en las calles nos dijo esa noche que se aproximaba un huracán. El viento viene del mar, dijo. No se equivocó. Eran recursos de quien había dormido muchos años a la intemperie.

Ahora se puede ver desde cualquier celular la imagen y el recorrido del meteoro con horas de anticipación. Las necesarias para salir a un albergue o a casa de un familiar que viva en zonas altas o hasta fuera de la ciudad si es preciso. Otis deberá dejarnos una lección. Quizá por eso no se estén contando tantos fallecidos. No como en aquel año. Aún así, con toda la información que ahora poseemos, mucha gente en su insensata inconsciencia pensó que no era para tanto.

Y nos empeñamos en mostrar lo peor de nosotros mismos. No quiero frivolizar, pero McCarthy no se equivocó cuando escribió La Carretera. Aquella novela posapocalíptica de un padre que busca por todo los medios poner a salvo a su hijo nada menos que de los mismos humanos. Algo así veo en Acapulco. Lo vi en 1997 de otro modo. La gente que menos necesitaba se quedó con muchísimos víveres. Vi alacenas repletas de comestibles en casas en las que no había pasado mayor cosa. Y en las zonas devastadas y empobrecidas la ayuda llegaba a cuenta gotas. El PRI hizo lo que sabía hacer y capitalizó la tragedia. Hombres cayeron del poder y otros ascendieron. Por acá anda uno de ellos. Ahora es senador.

Hoy veo imágenes de gente saqueando de todo. En tiendas de todo tipo. No imágenes de hombres buscando ayudar a sus vecinos. No imágenes de jóvenes en brigadas para ayudar a los ancianos a trasladarlos a albergues. O haciendo fila en hospitales para ayudar a sacar a los enfermos. Aquella vez tampoco lo vi. Ni solidaridad ni rapiña, digo. Será que la furia del agua echó todo a perder y las tiendas departamentales quedaron cubiertas de arena y lodo que nada servía. De Sears, por ejemplo, que siempre ha estado en la Cuauhtémoc no recuerdo haber visto escenas de saqueo como las de hoy. Hasta arreglos navideños se están llevando.

No aprendimos. No aprendemos. No tenemos remedio. El humano terminará devorándose a sí mismo. Sin metáforas. Hace 26 años Paulina destrozó Acapulco y hoy Otis lo vuelve a hacer. Y tampoco cambiamos. Ingrid y Manuel lo hizo con Chilpancingo en 2013. Las comparaciones son innecesarias. Prejuiciosas en muchos de los casos. No sé si la gente de Acapulco y Chilpancingo tengan... No, sí. Creo saberlo. La gente de Chilpancingo y Acapulco han vivido circunstancias distintas. Mientras en Acapulco la gente habita una ciudad que no siente suya, sino hecha para el disfrute de los ajenos, de los que tienen, en Chilpancingo la gente camina por las calles que son para ellos. Es una ciudad identitaria. Propia. Quizá por eso la diferencia de escenas en dos escenarios similares. Ingrid y Manuel en 2013 y Otis en 2023.

—¿Somos de los buenos, papá? ¿Seguimos siéndolo? —le preguntó el niño al viejo en una de las travesías de La Carretera de McCarthy.

—Sí, aún lo somos.

—¿Somos los que llevamos la luz y el fuego?

—Eso somos. ⚅


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oto: René HG]

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