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  • Carlos F. Ortiz

Misión casi imposible


A las seis de la mañana suena mi teléfono. Es Emiliano. Me pregunta qué estoy haciendo. A las seis de la mañana, probablemente me encuentre ordeñando las vacas en el establo, o llegando de mi rutinario andar por los bosques de Chilpancingo, haciendo senderismo pro. Pero no, a las seis de la mañana me encuentro aún en cama dormido babeando la almohada.

Me pide que vaya a su casa por una memoria USB y le envíe los archivos a su correo. Una misión que en ese momento no me suena complicada. Pero siempre lo que parece lo más sencillo al final resulta ser todo lo contrario. Y como no sé decir no, digo que sí.

Me comenta que Gloria no se encuentra, que tendré que pedirle a la casera me dé permiso para entrar. Sólo que hay un pequeño e insignificante contratiempo: no hay llaves. Me explica que ese no es problema, que en ocasiones dejan un hilo colgando y que se puede jalar para abrir la puerta. Excelente pienso, la misión será sencilla. Y a lo Tom Cruise salgo de casa rumbo al departamento de Emiliano en mi auto deportivo azul eléctrico.

Llego sin problema. Le toco a la casera. Ella sale. No me cree absolutamente nada de lo que le digo. Así que le tengo que marcar a Emiliano.

Después de unos minutos mientras la incrédula casera por fin cede me permite entrar al edificio de los departamentos.

Al llegar a la puerta con mi gran agilidad me recuesto en el piso en la búsqueda del dichoso hilo. No veo nada, así que decido hacer una ganzúa con unos alambres que ahí encuentro para seguir buscando el hilo que en esos momentos ya me parece inexistente.

No hay nada. Mi gran experiencia para forzar puertas me deja en las mismas. Soy un inútil.

Le vuelvo a marca a Emiliano. Le digo que no hay hilo. Me dice con la seguridad de alguien que se encuentra a la distancia y que necesita urgentemente esos archivos que quiebre la ventana. Gran idea pienso.

Tomo un palo y como he visto muchas películas de asaltos también agarro un trapo y lo coloco en el vidrio para soltarle un fuerte golpe y así aminorar el ruido. No pasa nada. Una dos tres veces doy con fuerza y nada. Decido darle directamente con el palo un golpe seco que resuena en todo el edificio, el vidrio sigue intacto. Lo intento otra vez. Nada. Si esta fuera una película los cristales hubieran caído por el piso como pequeños diamantes. Pero la realidad es así. Te despierta de golpe. Sé que en ocasiones sufro de distorsión de la realidad e imagino que todo tiene que salir como en el cine o en la televisión.

Le marco de nuevo a Emiliano, le digo que ha sido imposible romper el cristal y que hace mucho ruido y temo que llegue la casera o algún vecino. Me dice que busque algún cerrajero, que le urge la información de la memoria. El tono de su voz me convence, tengo que lograr mi misión. El destino de la tierra depende de eso.

Salgo. Le hablo a la casera, le digo que no he podido abrir la puerta, que voy por un cerrajero. Ella me observa y me dice “está bien”.

Salgo en el auto en la búsqueda del cerrajero. Por la avenida Lázaro Cárdenas encuentro uno. Después de un largo interrogatorio sobre la puerta, la chapa, el largo de las llaves decide acompañarme. Al llegar al edificio la casera ya no se encuentra. La maldita Ley de Murphy pienso. Le grito a la casera y nada, le grito a los vecinos y nada.

Le marco a Emiliano, le pregunto si no tiene el número de la casera, de algún vecino, después de un breve silencio y con una voz aristotélica me dice que nel.

Medito la situación, buscando una solución. Esa información de la memoria tiene que llegar a Emiliano de alguna manera. De pronto eureka, el cerrajero me dice que nos saltemos, que entremos al patio de la casera y de que ahí nos pasemos al edificio.

No me parece mal la idea. Así que entro. Hay un barandal de un metro de herrería obstaculizando, y del otro lado son más de un metro y medio de alto.

Intento pasar el barandal, mi agilidad de un hombre de 47 años con una gran cantidad de grasa acumulada en el abdomen no me permiten realizar tan simple acción. Desisto derrotado y acalambrado.

El cerrajero que a lo lejos observa mi gran pericia, y después de tan lamentable exhibición decide él hacer la misión de entrar y abrir el portón para así poder entrar a la casa de Emiliano, tomar la memoria y salvar el mundo.

El cerrajero ninja con una gran agilidad se trepa, salta, gira en el aire, cae de pie, y abre el portón, por fin podremos entrar. En unos cuantos minutos abre la puerta del departamento de Emiliano. Para mi sorpresa ahí estaba el hilo atrapado en unos huaraches de hule, a un lado de la puerta. Entro, busco en el librero una caja gris, ahí dentro está la memoria. Lo hemos logrado le digo al cerrajero ninja, que me extiende la mano para que le pague.

Una misión más cumplida. El mundo se ha salvado esta vez. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]


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2 Comments


Gabriel Arteaga
Gabriel Arteaga
Aug 22, 2023


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Aída María López Sosa
Aída María López Sosa
Aug 09, 2023

“Nada es tan fácil como parece”.

(Primer corolario de Murphy)

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