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  • David Espino

Pequeño manual para hacerse de libros

[Para el Charlie, por los libros

que me ha regalado (¿o prestado?)]

Hace algunos años, hace muchos años... bueno, en realidad quiero decir hace ya unos 25 años, tuve un amigo que era un cleptómano consumado. Robaba todo lo que tenía a su alcance, no importaba lo que fuera. Llaveros, discos, dinero, alguna que otra cartera mal puesta, alguno que otro reloj mal puesto y claro, y sobre todo, libros. Recuerdo que siempre que llegaba con un libro nuevo se pavoneaba conmigo. Entre carcajadas triunfales me decía lo fácil que era hacerlo. De vez en cuando esa risilla de comadreja me resuena en la cabeza… sobre todo cuando estoy adentro de una librería. Una vez me regaló El viejo y el mar de Hemingway y hasta me lo dedicó: “A este lo acompañaron tres. ¿Te acuerdas cuando te dije que la cultura no es una mercancía? Este es un obsequio. ¡Viva la libertad!”. Y lo firmó: R.R.

Para ese tiempo mi biblioteca estaba apenas compuesta por un par de libros: El llano en llamas de Juan Rulfo, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez y El nombre de la rosa de Humberto Eco. Y tal vez otro de lógica dialéctica del que me tuve que hacer en la prepa. No sé, no recuerdo, y ya no importa. Lo importante es que de estos, el primero se lo gané a un amigo en un volado (ambos nos cooperamos para comprarlo y hacer una tarea de tercer semestre en la prepa 1 y al final definimos quién se lo quedaría); el segundo me lo dieron en la escuela de Comunicación como premio a un concurso interno de periodismo. Y el tercero, el tercero… un amigo me lo prestó y se me olvidó devolvérselo.

¡Ah sí!, a los amigos no se les roba los libros, no ¿cómo lo van a creer? A los amigos se les piden prestados y después… después la abulia o las ocupaciones ganan y se olvida entregarlos. De pronto, claro, se nota que la biblioteca personal va creciendo y no se sabe de dónde salieron tantos. Ahora tengo bastantes, digo no es por presumir pero al menos dos libreros bastante grandes sí los lleno. Para variar algunos (un par, a lo sumo), como decía, no sé de dónde salieron. Aunque pensándolo bien, ahora entiendo porqué uno que otro amigo me pregunta cómo están sus libros, si están bien cuidados y, hasta a veces, en qué posición de mis libreros están.

Porque la posición de los libros también importa. ¡Cómo no! Hasta arriba van los que se consideran más importantes, los que se consultan más a menudo o de esos autores gurús que nos ponemos de cabecera, a ver si se nos pega alguito. En medio van los consagrados, los clásicos, que se sabe son importantes o que ejercieron una gran influencia en algún momento de la vida (pero sobre todo importa, ojo, que las visitan los vean). Hasta abajo van los que alguna vez en la vida se leyeron por recomendación o por una buena crítica, pero que se sabe no se volverán a abrir. A mis amigos preocupados por sus libros les digo ahora, es la mejor oportunidad de decírselo: los dos libritos que (quizá) tenga de ustedes están bien cuidados, seguro en primera fila y otro en la segunda. Ningún libro que me han prestado (y que se me ha olvidado entregar) está hasta al último, ¿cómo van ustedes a creerlo? De ser así ni los hubiera pedido prestado y mucho menos se me hubiera olvidado devolverlos.

Pero ya me salí del tema. Hablaba de mi amigo cleptómano. Recuerdo que entre plática y plática R.R. me explicaba cómo robar libros sin ser cachado y hasta me dio nombres de librerías donde era muy fácil hacerlo. “Lleva una mochila grande —me dijo— donde no cargues tantas cosas, de esas de cuero como las que vendía el Chilo. Toma varios, los que te interesen. Ándate por los pasillos y mete de uno en uno en tu talego. Eso sí —me advirtió—, con al menos uno tendrás que pasar por caja; además, no te embolses todos para que se note —procura que se note— que los vuelves a colocar en el estante. Etcétera”. Las librerías mejor me las reservo por rubor (no pudor).

Sólo una vez lo hice, confieso que sólo una. Sustraje (chequen el eufemismo, ahora que andan tan de moda) La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín. Yo no traía más que unos pesos, así que viéndolo a distancia bien podría justificarlo. La bolsa de cuero me la regalaron, para mi suerte. Entré a una librería atendida por una anciana media sorda y media ciega (eso me dijo R.R.) Tomé el tabique (La guerra de Galio en un tabique) di unos pasos y sin más lo metí a mi mochila. Tomé otro, La metamorfosis de Franz Kafka, y lo pagué, desde luego.

De esos años aún conservo El viejo y el mar y La metamorfosis, no así La guerra de Galio. Recuerdo habérselo prestado a un amigo que a su vez me prestó Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia. No recuerdo si se lo devolví (en mi librero tengo otra edición). Él por su parte no me regresó La guerra de Galio. De eso bien que me acuerdo. Aunque de Aguilar Camín a Ibargüengoitia, me quedo con Ibargüengoitia.


P.D. Eso fue hace muchos años, les decía. Hoy, en la era del Kindle ya no hay necesidad de eso. Tengo más ebooks que libros impresos y disfruto tanto su lectura como si de papel se tratase; pero ese ya es otro tema que, si les apetece, pueden pasar a leerlo aquí.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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1 Comment


Gabriel Arteaga
Gabriel Arteaga
May 16, 2022

😂"Robaba todo lo que tenía a su alcance..." 😂 Hay que alejarse de ellos o me quedo sin cartera, como cuando se le acerco "Canallin, Profuguin" Anaya al entonces candidato a Presidente López Obrador, El candidato; Agarro fuertemente su cartera😂😂😂 Gracias Charly por tus comentarios. Dios te bendiga

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