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  • Federico Vite

¿Por qué confunden un lagarto con un flamingo?


En diciembre de 2018, el reportero Moisés Ramos me entrevistó, igual que a otros creadores, para construir un panorama de lo que ofrecería el gobierno del cambio en materia cultural. En las páginas del diario Milenio publicó esta opinión mía: “No preveo cambio. Alejandra Frausto se caracterizó por organizar festivales cuando fue la encargada de la política cultural en Guerrero. Así que seguramente promoverá muchas actividades para destacar el folclor y las costumbres, un circuito de festivales de alcance nacional”. Sigo pensando lo mismo. De hecho, noto una propagación de esa “política”. Basta con mirar lo que Aída Melina Martínez Rebolledo, secretaria de Cultura de Guerrero, orquesta desde su nicho político.

Ante esa inquietud, ver el mundo a través de los mosaicos de oropel festivalero, quedan muchas preguntas soterradas que igualan en intención a los gobiernos de derecha y de izquierda. Preguntas, por ejemplo, relacionadas con el fomento a la lectura. Cuando hablo de fomento a la lectura no me incluyo en los balances optimistas de los gobiernos federal, estatal y municipal. Específicamente habría que pensar en las opciones de lectura para quien vive en Guerrero. Tal vez para ese efecto sea prudente echarle un vistazo a los datos oficiales.

La información sobre lectores proviene del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), especialmente del Módulo sobre Lectura (MOLEC) que ofrece información sobre el comportamiento lector de la población mexicana mayor de dieciocho años. También analiza algunos aspectos esenciales de los lectores, por ejemplo, comprensión de lectura, velocidad de lectura y uso de materiales de apoyo o simultaneidad de lectura con otras actividades, como la navegación en internet o la lectura en gadgets.

Desde el 2015, el MOLEC proporciona datos para conocer las características de la población alfabetizada y ofrece elementos que podrían beneficiar el fomento a la lectura. Así que para el MOLEC un lector es “todo sujeto que declare leer cualquier tipo de material escrito, no restringido a la lectura de libros (incluye además, revistas, periódicos, historietas, páginas de internet o blogs), con el objeto de no dejar fuera a la población que lee sobre otros soportes de escritura”.

Para efectos de este texto me enfocaré en la cantidad de libros que un mexicano lee al año. En 2022, la población adulta declaró que leía 3.9 libros. Este dato, comparado con los estudios anteriores, muestra un ligerísimo avance. En 2016 se leía 3.8 libros al año. Aunque el punto más bajo fue en 2018, cuando los mexicanos leían 3.1 libros al año. En 2019, 3.3; 2020, 3.4; 2021, 3.7 y en 2022 damos un salto decimal. Pero a final de cuentas, no llegamos a los cuatro libros. En ese aspecto, no hay muchos motivos de alegría. Básicamente el periodo neoliberal y el de la cuarta transformación dan los mismos resultados en cuanto al fomento a la lectura. Ergo: antes y ahora, un mexicano lee tres libros al año. Sin novedad en el frente, digamos.

Otro aspecto interesante es de dónde obtenemos el material de lectura los lectores. De acuerdo con el MOLEC, la adquisición de libros, revistas o periódicos, tanto para mujeres como para hombres en 2022, descendió. Y aumentó el porcentaje de material que se lee “conseguido de forma gratuita”. Es decir, aumentó el porcentaje decimal de lectura gracias a los libros regalados. Ya sea por el servicio de préstamo a domicilio de bibliotecas o salas de lectura y gracias a los regalos literarios del Estado. Los muchos o pocos tomos que regala el gobierno a los lectores son el detonante para el repunte ínfimo de lectura.

Sumemos a eso un aspecto más. Los hombres compraron el 37.6 por ciento de los libros que leyeron; las mujeres, el 35.3. Pocas veces se tiene la certeza de que los libros son adquiridos, ligeramente en mayor medida, por hombres. Si los libros en Guerrero ni siquiera se publican, ¿cómo aumentar esa cuota de lectores? La pregunta más bien parece una maldición porque se somete al eterno regalo del Estado. Y el Estado paga poco (o nada) al autor cuando lo publica. Así no se puede, honestamente, fomentar la lectura. Así se pauperiza a los autores.

El dato final del MOLEC nos expone la siguiente dosis de realidad: “De la población alfabeta de 18 y más años declararon que los motivos principales por los que no leyeron fueron por falta de tiempo (46.7%) y por falta de interés, motivación o gusto por la lectura (28.1 %). Se resalta que esos motivos y en ese orden se han mantenido desde 2016.”. Repito, los gobiernos neoliberales y el de la cuarta transformación no han dado con el método ideal para fomentar la lectura. Es más, interpretando un poco los datos puede concluirse que el fomento a la lectura no es el interés primordial de un proyecto gubernamental sino una deriva del rubro cultural más o menos asediada por políticos.

El gobierno estatal en materia de cultura tiene otras prioridades; también el ayuntamiento de Acapulco. Basta con checar el presupuesto y el plan anual para entender que los festivalitos, los acarreos de creadores a Los Pinos, las jornadas académicas y culturales, los encuentros de danzón y un largo etcétera están por encima de lo esencial: formación de público, fomento a la lectura, brindar condiciones de trabajo a los creadores, reactivación de museos, etcétera, etcétera, etcétera. Lo esencial es saber por qué creen que las ocurrencias, entendidas como política cultural, ayudan a la población. Nadie en su sano juicio confundiría un lagarto con un flamingo. ¿Por qué en materia cultural se logró esa hazaña?

En cada gobierno se ha criticado la falencia primordial: no hay librerías ni bibliotecas ni salas de lectura suficientes; ¿cómo abastecer a los lectores? ¿Qué tipo de lectores puede haber en un sitio sin libros? Obviamente no se trata de un panorama optimista. No. Hay hechos que lo constatan, por ejemplo, la Librería Educal de Taxco. La quieren desaparecer porque al remodelar el inmueble que la albergaba, Casa Borda, simplemente ya no se contempla un espacio para vender libros esencialmente literarios. Es la única librería de la zona norte de Guerrero. Es la mejor posicionada del estado, por encima de la de Chilpancingo y de Acapulco. Inició hace 20 años y ahora, con una cañada, quieren desaparecerla. ¿Usted puede entender esto? Yo no. Mucho menos cuando un gobierno cuya meta es la “revolución cultural” simplemente no sabe diferenciar lo esencial de lo vistoso.

¿Por qué no tenemos una enérgica campaña de fomento a la lectura? No hay un proyecto así de ambicioso porque eso no es rentable, no da puntos políticos, para ellos, los que gobiernan. Lo importante es parecer que se hace mucho, simular una labor titánica, aunque la realidad sea otra; de hecho, lo que se hace a favor de la lectura tanto en el gobierno estatal como municipal resulta decorativo e insulso. Sin idea, ni forma tiene pues.

Si leemos 3.9 libros al año, probablemente sea favorable para los que mandan tenernos así, ¿no cree? Alguien que lee más puede descubrir pifias, mentiras y rezagos. ¿Sirve de algo encontrar todas esas fallas? Tengo la certeza de que sí. Sirve de mucho. Eso es quitarse el velo. Eso es dejar de aplaudirle a lo vistoso y exigir mayor seriedad en asuntos de vital importancia para una sociedad tan, pero tan polarizada, donde ellos, los que mandan, quieren hacernos creer que sólo hay dos caminos. Como usted sabe, eso es mentira. Hay más de dos. Pero eso sólo podemos saberlo si leemos. La clave para mejorar, como todo en la vida, implica una reducción gradual de la ignorancia. Si la lectura no es la forma ideal para esa encomienda, ¿cuál es? Sé que los festivales no compiten en ese rubro ni mucho menos las jornadas académicas ni los coloquios de danzoneros. Pero vamos, ¿quién se beneficia con nuestra ignorancia? La respuesta, dice Bob Dylan, está insuflando el viento. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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