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  • Enrique Montañez

Sympátheia




Justo como un animal, el cosmos es uno y múltiple, en simpatía consigo mismo. Las partes semejantes, detalla Posidonio, pese a que no sean contiguas, son orgánicas entre sí como las cuerdas de una lira; de este modo, lo que repercute en una parte incide en la otra. Para el estoico de Apamea, la coimplicación de unos elementos con otros en el universo es la sympátheia.

Plotino, autor de las Enneades, retoma este principio y le anexiona factores de su sistema henológico, como la relación del Uno [concepto teológico del universo como realidad última, eterna e inmaterial] y lo múltiple, con el cometido de acceder a la hénosis [unificación]. Asimismo, el estudio de la naturaleza de las almas y su contribución al Todo.

A diferencia de sus antecesores, la sympátheia plotineana estriba en una influencia mutua entre seres [almas] armónicos que preservan su integridad individual, sin que se arrostre la unidad esencial de éstos como partes de un todo unitario en perfecta sintonía. En su obra citada, Plotino utiliza la multirreferencia musical para explicar sus axiomas, y para esclarecer la simpatía universal recurre a la danza: cada movimiento coadyuva a la belleza del conjunto.

Y como parte de esa sympátheia universal, los acontecimientos humanos [terrestres] mantienen una interdependencia con el Todo [las realidades superiores]; conspiración universal [sympnoia mía] por la cual “las cosas de abajo dependen de las de arriba, y porque aun este universo participa de aquéllas”, afirma el fundador del neoplatonismo. No obstante, dichas realidades no intervienen en los hitos terrígenos, pues “el movimiento de los astros [en esa danza referida] anuncia los acontecimientos futuros, pero no los produce”.

En este concierto sideral, el hombre no es más que una de sus partes, enfrascado entre los devenires de lo sensible y lo inteligible: “Aunque el hombre no es el mejor de los animales, sino que ocupa el rango intermedio que ha elegido […], la providencia no permite que perezca en el puesto en que está, sino que constantemente procura elevarlo a lo alto”.

Y así como el alma ecuménica mantiene una relación con su cuerpo cósmico, en el nivel inferior [terreno] el alma humana debe tener cuidado de dirigir su atención al cuerpo, pues al asumir el bien o el mal de éste suelen dominarlo las pasiones [lo sensible]. El alma debe prevalecer en lo universal; cuando lo abandona, cede en cuanto a dirigir la mirada a lo inteligible y se debilita.

En concordancia con los principios del estoicismo, Plotino supo bien que “los males no pueden desaparecer”, pues “existen forzosamente y andan rondando la naturaleza y la región de acá”. No obstante, el hombre debe desposarse de los vínculos netamente sensibles, ¿cómo?, entrando en sí mismo, conociendo los estados internos del cuerpo, para emprender el camino de la ascensión a lo inteligible [el conocimiento, la sabiduría].

Sólo mediante las virtudes intelectivas, es decir, las superiores y contemplativas, se concretará la purificación del alma [de estatuto divino] y su posterior entronización del cuerpo vivo [de estatuto demónico] e inmortalidad predestinada. La felicidad suprema del hombre consiste en participar en la vida de inteligencia, es decir, la sympátheia verdadera entre universo y lo humano; unión armoniosa, melódica, de cadencia y tempo con el Uno. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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