Un cuarto vacío
- Adriana Alvarado Lozada
- 29 jun
- 2 min de lectura

En toda la esfericidad del mundo, levantarse a las cinco de la madrugada debe ser un dolor en los genitales. El ocio, la guerra, la escasez de agua y las drogas son temas del noticiero. Los bolsillos con agujeros y un cuarto vacío son mi tema.
El paleolítico está en los corazones de las sociedades y en mi caverna helada no hay leños para mi fogata. Las redes sociales humectan un poco la resequedad del ánimo. Se puede reír de la graciosidad de los memes, podemos opinar de la vida de los famosos. Intentamos escribir el comentario más gracioso del chat.
Puras pendejadas, un lenguaje impuesto por las modas (entre menos te comprendan, mejor, más auténtico). Es la era de la información, todos somos expertos en algo… Un escupitajo en la cara de la ciencia y en la herbolaria de los abuelos.
Abrimos la puerta a la creencia, ni siquiera a la meditación y al espíritu, sino a la creencia ilimitada de que la verdad está en cualquier web.
Stalkear los perfiles —es como permiso para ser chismoso—
‹‹pero con cuidado para que nadie se ofenda››.
Porque
las redes
no enseñan a ser fuerte.
Magnifican el discurso
del derecho a
ser débil.
¡Así es más fácil devorarse! Antropófagos digitales, esclavos del tic-tac… (y del TikTok), corremos en las calles, ríos de gente, ríos de agua y aceite, mirando las pantallas con los oídos tapados. El desinterés es una falta de respeto a la globalidad.
Sin embargo, ahí vamos todos. Aventando basura en las alcantarillas y llenando de superficial consumo digital nuestra cabeza mientras añoramos una vida que no tenemos. Si nos frustra, nos violentamos; si nos entristece, nos deprimimos; si nos cansa, nos rendimos. Los números en las estadísticas de suicidio crecen y son los jóvenes los que, sin hallar un nicho de los que han diseñado los innovadores creadores digitales en la llamada sociedad de la información, se desvanecen para ser solo el dolor de una madre.
La cercanía entre los jóvenes se mide por cuántas visitas o reacciones manifiestan en sus redes sociales, una confusión, un engaño, un espejismo, mientras los adolescentes evaden un abrazo a sus padres; confundidos, se pierden de la leche que nutre su fortaleza emocional. ⚅
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Foto: Nin Solís




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