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  • Emiliano Aréstegui

Un montón de armas amarillas


Yo no le caía tan bien al Carmelo, pero cada que podía, me le pegaba a mi compa y caíamos a su cantón. Teníamos poco más de quince años y menos de dieciocho. Yo era un asiduo consumidor de mota y un consuetudinario a la vagancia. Tenía muy poco dinero y lo poco que tenía lo gastaba en mariguana, papel arroz, cerillos y dos o tres caguamas. Los peseros me resultaban un gasto imposible de costear, caminar era mi ley, caminar y fumar en el camino.

Ejido Guadalupe Victoria hace veinticinco años era un pueblo muy distinto a la colonia nais que es hoy día. Ahora que lo pienso, quizá nuestro arribo y nuestra casa, fueron los primeros avisos de un proceso de gentrificación que terminó por convertir el Ejido en una colonia en la que los únicos que se saludan son los coches de lujo que se dan el paso camino a las escuelas y el gimnasio, símbolos del poder adquisitivo de los dueños del lugar.

Ahí, en la alcantarilla que está atrás del DIF, la banda se reunía a tirar el lumpen, quemar papeles, fabricar bachas. Desde ahí mareábamos, ya para ir al centro, ya a Volcanes, o si El Negro disponía, ir caminando hasta Río Blanco a casa del Chinto, por un quesote de aquellos. El Negro era el cabecilla del barrio y tenía nuestra admiración. De morro había sido beisbolista y lo habían usado de mula por todos sus andares de pelotero “con ese varo terminé de hacer la casa de mi jefa”. Era el más ruco y era bueno para los madrazos. Debía tener treintaicinco años. Por esos lares andaba el Checo, un galán de la caguama que se perfumaba aventándose el humo bajo la ropa. La última vez que lo estaba derrengado, se había vuelto adicto a la negra, pero superó esa adicción gracias al cristal, ahora está chimuelo además de derrengado. Y en esa misma alcantarilla se colgó Abel, un compa al que le decían El Indio. El Indio le pegaba a la mecánica, tenía perros, le gustaba caminar en el monte y también le daba las nalgas a la escritura.

Pero no todo era pura perdición, o sí, pero también había futbol. Jugábamos en la cancha de la Comisión Federal de Electricidad. Fumábamos y jugábamos y esperábamos que alguien más llegara para echar la reta. Uno de esos días cayó el Carmelo, a quien conocíamos de oídas y teníamos por leyenda. El man sacó las caguamas, la mota y se dio unos pericazos bien gordos y antojadizos. Llegó con una chamarra bien chidita. Está con madre esa bomber, es de piloto, le dije a mi compa. Esa madre es europea.

Luego de dos tres chelas, mi compa le dijo a Carmelo: Está bien con madre esa bomber, es de piloto ¿no? Esa madre es europea. ¡Míralo, tú si sabes carnal! dijo y se la pasó. A ver, póntela. Ira, te queda bien vergas. Quédatela, yo no la puedo usar, para mí es traer el dedote encima. Hoy me la puse porque fui a ver una niña. Quédatela, se te ve bien chida. Y así, con esa chamarra que pudo ser mía, mi compa se volvió amigo del mismísimo Carmelo, el malo del barrio. El negro robaba, pero nomás cuando podía y a veces se lanzaba a dejar una merca, pero las más de las veces trabajaba de albañil. Carmelo no, ese vato chineaba gringos y asaltaba cantones. Pero lo que más más le gustaba, era chingarse gringos.

Era fetichista el Carmelo, le gustaban las cosas bonitas. Una vez nos enseñó una radio de onda corta. Era fina esa chingadera, alemana o inglesa. En corto me puse a buscar señal y estuvimos fumando mientras escuchábamos una emisora francesa. El Carmelo se mochaba lindo y no hacía iris, nosotros llegábamos a su casa nomás con las puras sábanas. Le gustaba la mota bien pero bien despicada. Así despico yo y así me gusta que despiquen, te decía la primera vez que caías a su chante, y luego sabías que los invitados eran los encargados del limpiado fino, sin varas, sin patas, sin cocos. Puro terciopelo.

Cómo me vería asaltando migrantes allá en el Norte, decía, y se ponía sus chamarras y sus lentes. ¿Les gustan las armas? nos preguntó un día. A lo que mi compa y yo respondimos con una sonrisa más que pacheca. Mañana vengan y les enseño mi arsenal. Y vámonos a la verga, tengo que ir a trabajar. La mujer de Carmelo era una chavita casi de nuestra edad a la que le prohibía salir mientras estábamos ahí.

Era celoso e inseguro. Mi compa era el encargado de comprarle su tinte para el cabello, y se lo dejaba en el baño para que nadie se diera color. Y era re’ ojete con su jefe, aunque lo tenía viviendo con él. Ese cabrón era un hijo de la verga. El puto, gritaba para que lo escuchara el ruco, le pegaba a mi mamá. Pinche viejo mierda, decía con la rabia cuajándole en los ojos. El viejo tendría unos ochenta años, Carmelo rondaba los sesenta.

El Carmelo estaba orgulloso de sí. Decía que de morro fue adicto a la gasolina y los solventes, pero logró salir. Se puso las pilas, le echó ganas y se volvió atracador. ¿Te los chingas con pistola? Le pregunté un día. ¿Qué pasó mi’jo? los profesionales, los verdaderos hijos de Bruce Lee, me dijo, trabajamos con nuestras puras manos. Y se puso a dar de golpes y patadas. Yo chineo, mareo. Yo goleo.

Golear es venderles, a los extranjeros, periódico en vez de mota y Sedalmerk molido en vez de perico; marear es cuando uno los distrae mientras el otro los desvalija; chinear es aplicar la llave al cuello hasta desmayar al elegido.

Un día el Carmelo nos sacó tres mochilas grandes de alpinismo, dos mochilas negras, una mochilita color café bien mami y una cangurera. Las acomodó en el centro del patio y le preguntó a mi compa: Qué sería lo primero que te robarías, él, perro y pendejo, dijo que la más aparatosa. Y ¿tú? La cangurera, pero si puedo, también la cafecita. A ver, dile a este pendejo porqué. Pues porque seguro en la cangurera es donde llevan el dinero. Aunque supongo que en la mochilita pueden venir cámaras, radios, cosas electrónicas. Eso mero, eres listillo. Y para zaherir a mi compa lo mandó por una coca de las grandes.

Ese día nos puso un reto. Le voy a regalar 200 pesos al que logre prender la radio. Este pendejo ya la echó a perder, fue lo primero que pensé, porque la radio se prendía poniéndola en ON. Le cambiamos pilas, la conectamos. Le movimos, le chuchamos, le soplamos tres veces y otras tres. La radio no prendió. Tiene una clave secreta, dijo Carmelo, si la descubren les regalo una motita que guardo nomás para mí. Seguro se te mojó, le dije. Nel, tiene una clave secreta.

Pa’ seguirle el juego le seguí meneando un rato más. Yo creo que se mojó, y para no pendejearlo le dije: seguro hay una gotera en tu casa y no te diste cuenta. No, la pendeja de mi mujer se puso a lavar y se le cayó. Pero de todos modos vale verga. Mejor despica, me dijo y me dio un periódico con varias colas y aventó la radio a la azotea del vecino. Hoy les voy a enseñar todo mi arsenal. Pónganse cómodos.

Salió de su casa con una sonrisa en la cara y una caja de zapatos en las manos, puso la caja en el suelo y nos preguntó. ¿Qué creen que hay aquí adentro? Una pistola. ¿Cuántas y de qué calibres? Me emocioné, hasta pensé que estaba a punto de invitarnos a dar un golpe. Por ese tiempo estaba alucinado con Rubem Fonseca así que pensé en El collar del perro, en Feliz año nuevo, pensé en El cobrador.

Una .45 y una 3.80 arrojó mi compa. Ni madres. Una .22, dije nomás por decir algo. Nel. Carmelo se dio las tres y otras tres y luego abrió la caja con mucha solemnidad. Y ahí, en esa caja de zapatos, estaba todo su arsenal, una docena de armas amarillas. Esta es mi favorita dijo Carmelo y tomó un cuernito de chivo. Y se puso de perfil. Recuerdo sus ojos cubiertos por las gafas negras. Recuerdo su risa y recuerdo la decepción en la cara de mi amigo.

Volvimos unos días después y su mujer nos dijo, con cierta tristeza en los ojos, que Carmelo llevaba una semana sin llegar a casa. Chale, de seguro ya lo agarraron. Nel, el Carmelo se mocha con los judiciales, seguro está tramando algo, dijo mi compa.

Dos o tres semanas después llegó un día de ocio en el que la flor escaseaba y la tarde se alargaba, le dije a mi compa que fuéramos a buscar a Carmelo. Y fuimos. El lugar estaba vacío. Entramos al patio, buscamos los dejos del abandono en busca de un poco de verde esperanza, lo único que encontramos fueron los restos de la radio de onda corta que el vecino había hecho el favor de regresar.

Lloviznaba y mi compa usaba la chamarra que Carmelo me debió haber regalado a mí. Chale, seguro lo mataron, pensé. Y sin decir nada, nos dirigimos a las canchas, como buscando a alguien que nos alejara del silencio. ⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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