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  • Emiliano Aréstegui

Una novela con corazón de carnicero




La Universidad Autónoma de la ciudad de México se está haciendo de un catálogo cada vez más valioso. Entre los libros que han tirado están la obra de Abigael Bojórquez, el libro de crónica Confesiones de un vicioso de Orlando Cruz Camarillo y se suma El palacio de los puros del poeta y narrador Mario Panyagua. Podría decir que la primera novela del escritor es una pura salvajada, un embrujo que corta, golpea y nunca suelta, es una novela con corazón de perro y ojos ciegos. La prosa ensucia lo mismo que ilumina, es una cuerda tensa que nos arrostra a lo sublime de lo grotesco y lo mundano, a la putrefacción de la iluminación y la purificación de las tinieblas de los que viven viviendo en la locura.

Si de algo peca la literatura contemporánea es de esa ligereza y gratuidad folclórica de la violencia; una picaresca que las más de las veces no alcanza a llegar a la crítica, una estética que no refleja lo complejo de nuestra realidad corrupta. Las más de las veces vemos un despliegue de monitos articulados recorriendo páginas sin dar a conocer sus motivaciones, sin dar cuenta de las vísceras que hieden sus pensamientos.

El palacio de los puros nos arroja a un realismo crítico que va desmenuzando al protagonista como si de un amasijo de carne se tratara. No hay en el narrador paz para sus creaciones. Todos están inmersos en un mundo que se reblandece entre sus miasmas. Abel Invierno es un pintor que no es pintor, un artista que no es artista, un hijo de la Condesa quemando sus parabienes, sus neuronas, fundiendo su sistema nervioso; un adicto en descomposición con aires de grandeza, un ser fundido y confundido. Abel Invierno Castañeda es, en la fragmentariedad de ser: un asesino, un despojo, un hijo de papi jugándole al artista, un drogadicto jugando al hijo de papi, un convicto, un petulante, un jipster, una mancha en un cuadro que él mismo ha pintado y es también una grieta, una ausencia en el espejo. Un desposeído de sí poseído por la herrumbre de una ciudad que devora a los suyos.

Hijo del tiempo, Abel Invierno es una quimera, un ser perdido en las posibilidades de ser, su liviandad es una hoja en el torbellino de una ciudad que escupe mujeres muertas. Dije ciudad, pero la ciudad en esta historia es una caja que se expande y crece mostrando en cada fondo o superficie, un caudal de miserias. Su tono faucico (de fauces) nos arroja al México de todas partes, lo mismo adentro, en la mente del protagonista, que afuera; lo mismo la calle que la cárcel o el sanatorio. Invierno Castañeda vive preso de sí, de los relatos que se cuenta, de lo que se inventa, vive preso de su educación, de su forma patética de amar, de su adicción, de su ego y de las disoluciones de su ego. Abel Invierno, hijo de la Condesa, en realidad no es dueño nada.

Y en el espejo del afuera topamos con un sistema de justicia necesitado de dar carpetazos. Hambriento de un chivo expiatorio encuentra en Abel Invierno la carne que necesitan los medios, el espectáculo del que se nutre el estado para decir que hace. Entramos entonces al otro mundo, ese que no es sino un mercado, la cárcel y entonces nos hundimos en los pozos de la tortura, escuchamos la mecánica del dinero y la connivencia, las relaciones sexuales, el mundo ñero metido en una cajita de fierros y cemento y vemos a Abel Invierno metido ahí, tan condesito, tan dueño de sus palabras pero no de sí, y acá el narrador hace un despliegue que denota investigación. Habitamos este submundo y conocemos sus entramados, su lenguaje cargado de cuchillos. Aparecen monstruos y morideros que nos hunden en el lado moridor de la miseria. Lo mismo es afuera que adentro, el espejo nos arroja la miseria de nuestro sistema judicial. Y en medio de la mierda, las ratas y el lodazal, hay un brujo que todo lo ve, y que parece dirigir el país desde ahí, tejiendo el mundo con incienso, un brujo que es también un procurador de justicia ciego en la corrupción. Y ahí, en medio de lo mejor de lo peor, está Abel Invierno, un asesino serial que no lo es. Y afuera de la cárcel, es decir en los medios de comunicación, el verdadero asesino serial, se apersona a través de sus crímenes, exigiendo el reconocimiento de su obra.

Y qué pasa entonces con Abel Invierno, ¿ese que fue recogido por un padrino y vuelto secretario y redactor de sendas cartas de amor? La máscara se cae, el ser se descarapela y como si la cárcel fuera un remedo de su adentro, nos hundimos en una guerra intestina, y a Abel, preso de su palabra, se le exige la elaboración de un muerto...

Más tarde vemos al pintor recogido en un centro de atención para enfermedades mentales, y nos enteramos que, en una sociedad que todo lo vuelve producto, la obra de Abel Invierno cotiza en el mercado. Y de pronto, Abel, que no es sino un pelele, tiene un momento de lucidez y da cuenta, en una entrevista que no es sino anagnórisis pura, da cuenta decía, de quién es, dónde está y qué pasa con él, el país y el sistema de justicia.

La novela termina mostrando la muerte en vida de Abel Invierno y por un momento, aparece ella, esa a quién Abel Invierno regaló su amor eterno, una mujer que mucho nos recuerda a la Maga, esa a la que hubiera querido matar, a la que había pensado matar.

[Foto: Carlos Ortiz]

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