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  • Noé Israel Borja

Una página del calor


Altamirano es un valle redondo de calor. El circo de cerros y montañas dejó este valle para que las altas temperaturas llegaran en grandes oleadas. Y llegan de inmediato como el rumor, los chismes, las murmuraciones, las verdades que se platican a bajita voz porque aquí todo mundo se conoce, o por lo menos, todos saben algo de los troncos familiares de donde descienden las nuevas generaciones.

El calor llega al movimiento suave de las hojas de los árboles. Llega para mortificación de la gente. Y la gente sucumbe, su pensamiento se vuelve obtuso. Y no tiene de otra que entretener el aire caliente que envuelve todos los cuerpos en el sopor de las 2:00 de la tarde en adelante. La gente de aquí es disparatera y se ufana de ello. A grito pelado, a todas horas dicen disparates; y se divierten, se ríen con una risita que les dura toda la tarde y que rompe la monotonía del acechante calor. Pareciera que esas risitas hicieran más llevadera la vida en aquel valle de resolanas y reverberante calor.

Altamirano es un valle angustiante que, sin embargo, todos los días se puede tocar con las yemas de los dedos el alba cargada de esperanza. Se puede ver ahí, en los días de grande calor, cómo el sol se despliega con su disfraz de azafrán. Hay que levantarse temprano para ver cómo riega su luz recalcitrante. El sol, que nos atraviesa como alfil, en diagonal, quiere enseñarles el rumbo a los alacranes, al poniente, sin embargo, ellos se aferran en su rincón de mortificante calor.

Ahí todo es parejo para la vida y el comercio, para el billete y los negocios. Antes se oía de lomas y promontorios, pero el crecimiento de la población aplanó todo, excepto los montículos de la ignominia.

Altamirano es un pueblo próspero. El valle lo sabe, pero su gente lo ha olvidado. La gente, muy entretenida por escalar en el reino de los grandes comerciantes, ha olvidado los dos ríos que circundan al valle, que corren todos los días para no acabar con la fe y la esperanza. El Cutzamala, ya de cauce raquítico y contaminado; el Balsas, aun con los dagazos que le dan los ribereños, impetuoso e irreverente (en 2013 nos recordó su inconcebible cauce natural). Los dos como dioses: misteriosos, sabios, humildes y proveedores; y que no ignoran de las carreras que pegan los lugareños nada más para no perder la fe del fin de los tiempos. Esa gente ha olvidado las cosas sencillas; por ejemplo, buscar alivio de las dolencias de la vida en las aguas del río, ha olvidado ir a esos cauces para aplacar el instinto que los encamina al peligro y la perdición. El calor puede contra todo, menos con los ríos, ahí se deshace y se convierte en un haz lleno de esperanza que fructifica la tierra.

Les decía, después de las 2:00 de la tarde la gente es contumaz y retobada. Es gente difícil para hacerla entrar en entendederas. En todos los lugares hay gente necia y testaruda como la de aquí, en otros lugares no sé de donde les venga; aquí les viene por la gota espesa y pegajosa que se resiste a resbalar de la frente.⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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