Cefalópodo

Son monstruos de excelencia secular, arquetipos recurrentes del horror: H. G. Wells legó la primera postal de una invasión alienígena apuntalada por tentáculos. ¿Sería aventurado conjeturar que Orson Welles se esmeró en la lectura de su descripción para aterrorizar a Nueva Jersey por la radio? Lo cierto es que, desde entonces, la representación del terror extraterrestre es cefalópoda y su mejor engendro es, por supuesto, el impronunciable Cthulhu de Lovecraft.
¿A qué se debe el terror a los tentáculos? Ya Victor Hugo sabía que el pulpo es la ventosa. En un ensayo tan canónico como inexacto, imagina que una persona puede ser devorada por esas bocas de cartílago alineadas a lo largo del revés de ocho extremidades. Para el romántico, el pulpo es del color del escorbuto y la gangrena; da por ciertas las historias de calamares gigantes que hunden barcos y que un día acosarán al Nautilus.
A la flexibilidad y extensión serpentina del tentáculo, la ventosa suma el poder de la succión. Semejantes extremidades ostentan una total superioridad sobre el brazo humano y su mano pretenciosa. El diseño del pulpo es inmejorable: su ano es también su boca; un tentáculo y un oído son órganos sexuales; todo el pulpo es un centro de comando, un guante con cerebro. Desplegado, también es mandala camaleónico y estrella escupetinta.
Quizá las visiones de la literatura no sean sino revelaciones —algo revela el sueño de la realidad; algo intuye la fantasía—. Según un artículo publicado en la revista Progress in Biophysics, los primeros cefalópodos habrían venido del espacio exterior durante la explosión de vida del Cámbrico. A su vez, el paleontólogo Mark McMenamin ha propuesto que los discos lumbares fosilizados de ictiosauros —alineados en el desierto de Nevada— son la obra de un calamar del Triásico que, tras devorar al ictiosaurio, dispuso los discos en filas pares que semejaran las ventosas de sus propios brazos, en un autorretrato descomunal.
Hoy el horror a los cefalópodos convive con el arrobo que causa su belleza, domesticada tras casi un siglo de documentales fundados por Jacques Cousteau, los cuales nos han enseñado que ni ballenas ni pulpos son los esperpentos descritos por Hugo y Melville, y que el monstruo siempre ha sido el capitán Ahab. El miedo a los tentáculos y a sus decenas de bocas se asemeja al miedo al vampiro; esconde su propia fantasía de erotismo fatal. Mientras que en Europa Dénys de Montfort polemizaba con su pintura de un calamar gigante que engullía a un buque, en la lejana Edo el loco Hokusai dibujó a una mujer abrazada por un onírico calamar que le practica un cunnilingus en un sorbo horrífico y delicioso. 🂓
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[Foto: Carlos Ortiz]




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