El mar que me habita

Mi nombre es María Angélica Muñoz Jiménez. Nací en un atardecer de otoño en Santiago de Chile, el 11 de mayo de 1966. De acuerdo con el horóscopo chino, soy caballo de fuego, pero el día y la hora me impregnaron con madera, metal y tierra. Quizás por lo mismo, toda mi vida he buscado la cercanía del agua para compensar mi carencia.
El océano Pacífico, que baña las costas chilenas, no hace caso de su nombre: contiene dentro de sí a un guerrero y a una diosa de mil lenguas, capaces de escupir olas gallardas e incansables que azotan todo a su paso. Canta con la voz de una mujer fértil que no para de parir a sus hijos, gestados en el líquido amniótico del planeta. Mi mar de vida, con solo contemplarlo, me hipnotiza y, sin timón, me lleva a viajar por otros mundos más fluidos y desiguales. En su presencia, lo que más deseo son esas caricias salvajes de mareas indecisas, sentir sus besos de sal y la frialdad lacerante de millones de gotas como agujas penetrándome.
Apenas divisaba el mar detrás de la Cordillera de la Costa, me llenaba de un contento imposible de explicar con mi mente infantil. Saludaba a ese mar inmenso, azul, verde, turquesa o gris, dependiendo de las condiciones del día. Era para mí como ir de visita a la casa de mi abuelo o de mis tías. Le contaba mis historias y a su lado me imaginaba otras. Caminaba y saltaba descalza entre las rocas y no sentía molestias, solo una enorme curiosidad por verlo todo. Una vez metida en el agua no quería salir; mi madre y mi padre me sacaban casi a la fuerza, con la piel de gallina y azulada.
Desde muy pequeña, mi padre me enseñó a lidiar con las olas, esas que a la orilla de la playa me levantaban como a un barquito de papel a la deriva para luego intentar succionarme con su resaca, hambrienta de mí, mientras yo hacía grandes esfuerzos por sobrevivir a su embestida. Mi padre me mostraba cómo debía anclar mis pies en la arena y resistir con firmeza para convertirme, una y otra vez, en una sobreviviente del agua en remolinos, de los huiros y de las rocas.
El agua me armoniza en todas sus manifestaciones cíclicas, ya sea el mar, los ríos, las lagunas, los manantiales o las cascadas; la nieve de la cordillera de los Andes, las nubes pasajeras que se forman y deforman, el vapor nacido de los géiseres del desierto norteño, los témpanos coloridos en aguas patagónicas, el hielo de los ventisqueros del sur, la lluvia, la niebla, la camanchaca, los granizos o el rocío. No concibo mi vida sin agua. La vez que estuve más lejos de ella, mis venas se obstruyeron en coágulos, como si se tratara de una metáfora obscena que me mostraba con crueldad mi falta de flujo. Intuitivamente la busco, la añoro y la amo por ser mi elemento complementario.
Mi deseo de estar cerca del agua me llevó a estudiar biología marina. Me intrigaban sus habitantes tan dispares: peces y mamíferos, tiburones y pulpos, caracoles y algas, jaibas y anémonas, medusas y plancton; algunos solitarios y otros en cardúmenes; los sedentarios y los que recorren todos los mares. Ya no era suficiente para mí navegarla, quería sumergirme en su vientre abundante y por eso quise aprender a bucear, así como en otros tiempos lo hacían las mujeres selk'nam y kawésqar (u onas y alacalufes) en el sur de Chile. Me preguntaba cuánta sangre de ellos tendría yo. Tengo una foto en blanco y negro de mi madre-niña y su rostro es idéntico al de ellos. Quizás, en otra vida, buceé con mi tatarabuela en medio de los canales sureños. ¿Será que todavía viven en mí?
Su historia de exterminio me impacta. Humanos que vivían libres y en sano equilibrio con la naturaleza, resistiendo condiciones climáticas y geográficas extremas, fueron víctimas del genocidio perpetrado por colonos ambiciosos y sin escrúpulos. Ofrecían un dólar por cada cabeza de ellos, envenenaban sus alimentos, separaban a las familias, las sometían a trabajos forzados y, en las misiones católicas, los obligaban a vestir ropas sucias, antes usadas por extranjeros, por lo que morían a causa de enfermedades para las que su sistema inmunológico no estaba preparado. Y con todo eso, sus almas no pasaron en vano: dejaron huellas y la melodía de sus consciencias puras perdura en el tiempo.
Yo sueño con las corrientes antárticas, surgencias ricas en microorganismos, y me convierto en ballena; mi voz se propaga en el agua y alcanza todos los confines de la Tierra. Me fundo con mis ancestros, los que fueron libres y a los que torturaron. Es mi sangre-mar la que escribe con la tinta de las arterias de mi tierra sobre el papel de mis bosques lluviosos. Escribo para sostener la memoria de los que fueron, de los que estamos y de los que vendrán. Cada palabra es como una gota de agua que se recicla en el universo.
En mis aguas habitan los muertos que sucumbieron a las corrientes, aquellos que fueron apagados por ser distintos y también por pensar diferente. En mis aguas se esconden miles de gritos silenciados más allá de las razas y las especies, y la memoria impecable del agua no olvida nada. De mi mar a veces se escapan rugidos de almas arrastradas por marejadas y tsunamis. Y quien desee escucharlas y comprenderlas logrará traducir su idioma enyodado, lleno de incrustaciones del pasado. 🂓
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[Foto: Eric Miralrío]




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