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El nuevo paradigma de la pareja vampírica

Analí Lagunas
hace 1 hora
3 min de lectura

No es reciente que, en los mitos sobre los monstruos, la búsqueda de otro con quien compartir la condena de la abyección forme parte del outfit con el que vestimos a la criatura. En Frankenstein, el deseo de compañía sirve también como expiación, la justificación de lo monstruoso para existir. Por desgracia para Victor y su criatura, este deseo encuentra únicamente la resolución a través de la catástrofe, la desgracia y la aniquilación del otro.

Sucede distinto con los vampiros, siempre asociados a eros y thanatos, deseo y muerte unidos: el impulso hacia la vida, el placer y la unión frente a la pulsión de muerte y la destrucción. Y, quizá como una manera de hacer más aceptable esta monstruosidad, el mito fue evolucionando de vestir al vampiro como un seductor y depredador sexual hasta colocarlo en la imagen del amante romántico inmortal.

La cronología de esta evolución podría comenzar —aunque se podría rastrear desde La novia de Corinto (Goethe, 1797) o La muerte enamorada (Gautier, 1836)— con Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu, escrita en 1872, con una vampira deseante que quiere poseer a Laura, el objeto de su desaforada pasión. Luego, en 1897, aparece Drácula, un vampiro perfecto para la época victoriana que temía a lo extranjero, a la invasión y a la contaminación cultural. En la novela de Stoker el vampirismo desestabiliza las identidades sexuales y la relación entre Mina y Jonathan, pero finalmente la narración trabaja para reconstruir la masculinidad de Jonathan y la pareja burguesa.

Por esto es que la adaptación cinematográfica de Francis Ford Coppola me parece que falla muchísimo al darle un giro a la tensión sexual entre Jonathan y el Conde —tensión que sí está muy presente en la novela— para incluir a Mina y finalmente colocarla como depositaria del deseo de un príncipe valaco que cruza océanos de tiempo para encontrarse con ella.

El cambio radical a este paradigma llega con la publicación, en 1976, de Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, quien construye a Louis y Lestat como vampiros que viven juntos durante décadas, en una dinámica que deja de ser simplemente vampiro-víctima humana. La relación entre ambos está marcada por la intimidad, dependencia, celos, compañía, deseo y necesidad de tribu, de encontrar una “familia” vampírica. Estas inquietudes enferman el corazón nostálgico de Louis, que comienza a preguntarse qué sentido tiene ese tipo de existencia y con quién valdría la pena compartirla. Y entonces aparecieron las sagas y con ellas las versiones de vampiros adolescentes que ya conocemos: Crepúsculo, Diarios de vampiros, Buffy la Cazavampiros y un largo etcétera con ejemplos tan loables como cursis.

Only Lovers Left Alive (Jarmusch, 2013) es una película que sacude el paradigma del vampiro enamorado, presentando a Eve y Adam como dos vampiros contemporáneos que, a pesar de los siglos, siguen eligiéndose en la eternidad. Eve y Adam han vivido durante siglos, son cultos, sofisticados, melómanos, lectores, viajeros. Adam vive en Detroit. Eve vive en Tánger. Y aunque están separados físicamente, continúan profundamente unidos. Jarmusch transforma así uno de los elementos esenciales del mito vampírico: la eternidad deja de ser una maldición individual y se convierte en la posibilidad de una relación duradera. Ellos están libres de cumplir con las exigencias que la sociedad impone a las parejas: no necesitan un papel que les confirme que existe algo entre ellos, no pesa sobre ellos la exigencia de la reproducción, han aprendido a existir fuera de la sociedad.

No están enamorándose para escapar de la muerte, están enamorados porque ya han sobrevivido a la muerte durante siglos.

En las representaciones previas de parejas vampíricas la eternidad suele ser espectacular: castillos, seducción, sangre, cuerpos jóvenes, tragedia; en cambio, en Only Lovers lo que vemos es cómo se domestica la inmortalidad: llamadas telefónicas, visitas a las casas de cada uno —que, como castillos modernos, han decorado a su propio gusto—, comparten música, hablan de libros, conocen la historia cultural y política de siglos enteros, se abrazan, pueden separarse durante años, pero siempre vuelven a encontrarse, por lejos que estén del otro.

Hay intimidad, complicidad, reconocimiento.

Incluso beber sangre adquiere una dimensión nueva: deja de ser exclusivamente una agresión, se vuelve parte de una economía de supervivencia compartida y eso transforma al vampiro de depredador en una criatura que necesita construir comunidad.

Lo más exquisito de Only Lovers Left Alive, además de la estimulante experiencia musical y la brillante elección del elenco —Tom Hiddleston y Tilda Swinton—, está en dos preguntas que laten a lo largo de toda la película: ¿será posible replicar esa dinámica relacional desde nuestra más perenne humanidad? ¿Podríamos seguir queriéndonos si realmente tuviéramos para siempre? 🂓

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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