Apuntes para El Hombre, de Guillermo Arriaga
- P. Víctor Hernández
- hace 18 horas
- 3 min de lectura

¿Qué cromo de barbarie habría que juntar para ahogar cualquier rastro de compasión?
¿Existe alguna posibilidad de rescatar un gesto de ternura en la complicidad de un asesinato cruel, frío y descarado?
Guillermo Arriaga nos entrega un poema desgarrador, en su estilo frío y brutal, de la configuración de los Estados Unidos de Norteamérica. Arriaga constata que cada rostro golpeado es una bofetada a uno mismo; cada sangre derramada es una figura informe de sangre en el propio cuerpo; cada expoliación a personas y pueblos es una deformidad propia. Así, Arriaga pinta un lienzo que va más allá del horror. Estados Unidos es una obra de “arte” donde su deformidad, su rostro mutilado y su cuerpo salpicado de todas las sangres constituyen una pieza elocuente de la violencia sistémica de muchos Estados. Sin decirlo, nuestro autor plasma en su novela aquello que decía San Juan Crisóstomo: “Detrás de toda gran fortuna hay un crimen”.
La historia inicial de los Estados Unidos es la historia de un niño que guarda un puñal en su tobillo para usarlo permanentemente contra lo que despierte su condición violenta. Estados Unidos es un niño herido en busca de la ternura perdida, pero que no logra más que hacer de su existencia la historia inacabada del despojo. Huérfano de padres, de hermanos, de patria, de todo.
… es un pueblo que camina como un huérfano errante, hambriento de ternura, que a la mínima provocación degüella la yugular de sus víctimas para ahogarse en la sangre de su víctima más grande, que es él mismo.
Nuestro autor se atreve a darle palabras a los Estados Unidos, declarando de sí mismo: somos descendientes e hijos bastardos de un hombre blanco y una esclava negra, somos violencia y fuerza que salpica su propio cuerpo de sangre mexicana y apache, somos la mezcla de la sangre que hemos derramado, somos una raza maldecida por la violencia de nuestras víctimas, somos riqueza amasada en su entraña y llena de tripas y vísceras desparramadas como un cúmulo de pequeñas piezas de muchos gritos desgarradores, somos el grito vivo de nuestras víctimas. Sin ellas, nuestras víctimas, seríamos un espacio diminuto, pequeño, casi invisible. Nuestra grandeza y progreso han surgido y dependen de nuestra sangre derramada en otros. Somos perros que destazan a cualquier raza para comerla y ser parte de ella. Somos la sangre derramada de otros para, inevitablemente, añadirla a la nuestra.
Arriaga nos otorga y nos regresa el placer de la lectura de la historia. Un placer que tal vez se nos arrebató creyendo que estudiábamos lo que no era nuestro. Con crudeza, nuestro autor nos regala la violencia irracional de la construcción de los Estados Unidos de Norteamérica. Este libro es una lectura obligada para librarnos poco a poco de aquella mentira de que es inútil la historia y su lectura. El hombre no solo es la historia de los Estados Unidos, sino que se nos presenta como un espejo de toda historia local y también de la historia de la humanidad. Una historia que nos pesa, nos avergüenza, pero que estamos obligados a leer como un espejo que nos delata. De manera invisible, Guillermo Arriaga nos regala pequeñas pistas para superar nuestra violencia personal, nuestros gestos destructores, nuestra expoliación permanente. Esta obra de Arriaga nos genera una posibilidad de renunciar a derramar la sangre de otros y colocar una gota de la nuestra, que significa la ternura que nos salva a todos.
Con el título que le otorga a su libro, Arriaga insinúa que no solo son los Estados Unidos de Norteamérica los protagonistas de esta novela de horror gráfico, sino todo hombre: el hombre. ⚅
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Foto: Nin Solís




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