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Uno de esos animales casi extintos

  • Emiliano Aréstegui
  • 24 jun
  • 3 min de lectura

Hay escritores que no necesitan llenar de sangre, oscuridad y florituras el paisaje de su propuesta estética. Escritores disidentes que navegan a contracorriente de las estéticas del monotema, de esos muchos libros de largo aliento que se agotan en la unidad del tema. ¿Hubo una vida o la inventé?, de Felix Suárez, es, en ese sentido, uno de esos animales casi extintos. En este libro encontramos un poeta que vuelve a los poemas conclusivos; los suyos son poemas redondos, bordados en las lindes de lo exacto. No hay rompimiento de venas, no hay imágenes inasibles; la apoteosis yace lejos de estos versos.

Hay también un viaje en la hoja espejo que nos arroja a nosotros, que nos enfrenta a cuestionar esa hambre que sufren los insaciables. Los temas que se tejen en esta urdimbre, en este entramado poético, son los mismos de siempre: el amor, el desamor, la muerte, la ausencia, la abuela, la impotencia de saber que: “No nos bastan los dos brazos para sostener todo lo que amamos”. Y en esta disidencia, en este remar en contra, no hay un manifiesto, no hay una consigna poética, no hay un postulado estético; es sólo un andar de la memoria, pues es en los solares de la memoria donde yace y florece su escritura.

¿No son acaso los versos donde la memoria ancla lo vivido, donde la vida transita? ¿O es acaso que ya no es la vida ese acto de saberse recuerdo? ¿Dónde, en qué momento, se perdió esta necesidad de escanciar lo eterno, de voltear a vernos?

Habría que pensar en la expoliación, en el extractivismo, en esa estúpida necesidad de cuadrar, de delimitar, de agotar el tema; habría que pensar en el tratamiento del poema como una mina. Habría que preguntarse si no andamos el territorio poético con una consigna de mineros. ¿Dónde está la piel del poema?, ¿dónde se finca el territorio?

Este libro escarba en todos lados, este libro se ancla en la memoria, pasa página, sí, pero no se agota. Es este un animal lejano. Aquí no hay maquila, no hay una ventana fija; este animal se ancla en eso que, en el vértigo posmoderno, llamamos vida.

En este sembradío de palabras no hay solares vacíos; todo está exactamente en su sitio. Incluso lo inasible. Y, sin embargo, es una poesía de parpadeos, una búsqueda en el eterno territorio de la memoria. Y me recuerda, maldita sea el recuerdo, maldita la memoria, a la vida inmediata, a la añoranza de lo que ya no es, de lo que se escapa, de eso que nos lleva al territorio de lo que somos, de lo que nos consume. ¿Hubo una vida o la inventé? nos avienta, nos sugiere, que podemos volver a nosotros, a nuestra vida, a fincar el territorio personal, a escribir sin expoliar, sin minar, a escribir sin el ancla de agotar un tema.

Es este un animal extinto, casi ajeno a la postura que tenemos nosotros, los que sin querer nos volvimos costumbristas, los que sin saber somos mineros, expoliadores monotemáticos, nosotros, los agotadores del tema.

Habrá que preguntarse qué somos, por qué hacemos lo que hacemos, y entonces quizá encontremos que hay un antes y un después, y que hay poetas, que todavía hay poetas, que no agotan el recurso, que no se casan con un tema, que, a pesar de todo, pueden escribir desde algo más que el proyecto que exige esta maquinaria poética. Pienso de pronto en ese libro de Chantal Maillard en que enumera los animales muertos, pienso en todos los premios, en los demasiados libros, y me pregunto si acaso no somos nosotros, los poetas, máquinas del agotamiento. Si acaso no somos insaciables, porque tenemos, compartimos, participamos de esto que hemos presentado casi todos en esta feria: una poética del agotamiento.

Aquí tenemos un animal distinto, un poeta de parpadeos, exacto, lejano a los tumbos. Es este un animal distinto, lejos del hambre de los mineros. Habrá que voltear a ver otras formas, otros recursos; habrá que voltear a ver a este animal casi extinto, disidente ante las corrientes de los hacedores de nuestros demasiados libros. ⚅

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