top of page

Cien pedos volando

  • Juan Fernando Covarrubias
  • hace 24 horas
  • 2 Min. de lectura

Un amigo que lee las cartas, pero que teme morir víctima de sus propios vaticinios, me contó que hace años viajaba en un camión atascado y que, como llovía con fuerza, ventanillas y puertas iban cerradas en su totalidad. La cosa, sin embargo, iba tranquila: se entretenía leyendo el periódico hasta que aquel ambiente de edén se vio destrozado porque alguien se pedorreó (ni él ni los restantes pasajeros pudieron ubicar al pedorro) “tan putrefactamente hediondo” —así lo dijo— que él, a quien todavía le faltaban unas veinte cuadras para bajarse, se decidió a sacar aquella pestilencia de la unidad: se dedicó por algunos minutos a aspirar fuertemente el pedo y abría la ventanilla alternadamente para echarlo fuera. No podía aguantar y prefirió entonces expulsarlo (se lo tragó, dirá alguien) de ese modo. Cuando terminó su tarea, ya debía bajarse.

“Un pedo es una emanación de gases, generalmente malolientes y cuyo sonido o voz, por hábito, discorda en toda formal situación. Como opinión no pedida podría también caracterizarse al susodicho cuesco”. No puedo menos que imaginar que, al momento en que Ignacio Betancourt escribió esto, se estaba riendo a tambor batiente. Y lo imagino porque le hice segunda. Esta descripción aparece en su cuento “Sobre el pedo. Vicisitudes e implicaciones”, que he releído numerosas veces. Y es que el pedo es una voz discordante en relación con los sonidos y el discurso que privan en el momento en que irrumpe, con sonoridad y desparpajo o con sigilo y delicadeza. Porque hay de pedorros a pedorros, pues.

El español Quevedo había ya trabajado sobre esta materia escurridiza del cuesco, pero el tono de Betancourt, un autor poco leído que en cada libro que publicó asumió constantes riesgos —como no lo hacen otros tantos—, me provocó una sincera carcajada desde que leyera aquel manifiesto popular llamado “De cómo Guadalupe bajó a la Montaña y todo lo demás”, cuento despiadado y mordaz incluido, como el del pedo, en su raro libro Ajuste de cuentos. Este volumen únicamente puede encontrarse en librerías de usado. Y al mismo Betancourt, en alguna cantina de San Luis Potosí.

“Más vale perder a un amigo que perder una tripa”. Una y otra vez he escuchado esta frase como confesión o como explicación no pedida de quienes van por el mundo pedorreándose. (Hay muchos que emulan estas proezas con los eructos). Y es que todavía hay quien, en cualquier reunión, suelta un pedo sonoramente o con sumo cuidado y de forma sigilosa, como si en ello le fuera la vida. Por lo menos tiene en muy alta estima aquello escrito por Quevedo en Gracias y desgracias del ojo del culo: “Es tan importante su expulsión para la salud, que en soltarle está el tenerla”. Aquí aplica aquello de “más vale cien pedos volando que uno en la mano”. ⚅

________

[Foto: Paul Medrano]

 
 
 

Comentarios


bottom of page