Contra lectionem
- Enrique Montañez
- hace 2 días
- 2 min de lectura

Schopenhauer anatematiza: “La lectura nos libera, en buena parte, del trabajo de pensar. Por eso sentimos gran alivio cuando dejamos de ocuparnos de nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura”.
De esta manera, el filósofo alemán que, paradójicamente, en sus inicios sapienciales fue un lector vehemente de los grandes estilistas ingleses y franceses, a quienes incluso emuló en sus primeros escritos, advierte que quien lee mucho pierde de manera gradual la capacidad de pensar por sí mismo. Los muy cultos terminan siendo incultos por la demasía de sus lecturas. El verdadero conocimiento, entonces, se adquiere por el pensar propio. El saber consustancial que deviene de lo anterior surge cuando combinamos lo que conocemos y comparamos una verdad con otra.
Pensar es un fuego que debe estimularse por intereses puramente objetivos o solamente subjetivos. Los eruditos no piensan por naturaleza [interés objetivo], como si respiraran, sino que lo hacen por un cometido ulterior [interés subjetivo], materialista. “La sobrecarga de erudición hace a tantos hombres más triviales y simples de lo que son y priva a sus escritos de cualquier éxito”, apercibe Schopenhauer.
Los verdaderos pensadores, sentencia el gran pesimista, los hombres a quienes asiste el genio, “lumbreras del mundo e impulsores del progreso”, han leído directamente en el libro de la existencia, de la naturaleza per se. Los eruditos toman el pensamiento de otros como si fueran las sobras de un banquete al que no fueron invitados.
La presencia de la mujer amada, metáfora empírica de Schopenhauer, es como el pensamiento prístino, propio, una luz, un sendero cierto, indubitable, pero solo para aquellos a quienes el genio dirige: el que piensa libre y profundamente.
Se debe leer, sí, pero no en demasía, “para que el espíritu no se habitúe al sucedáneo, y con esto olvide la realidad misma”, lo cual nos convertiría en intelectuales librescos, no en monarcas, soberanos, del saber, cuyos juicios serían como decretos reales que emanan de su poder supremo.
Al final, Schopenhauer tiene razón en todo lo anterior por la simple consigna individual kantiana de que “el mundo es una representación mía”, de cuyo idealismo abrevó. En nuestra ciega voluntad de vivir, el arte y la ciencia nos otorgan un remedio temporal.
Debemos entonces abocarnos a la búsqueda de la verdad, pero no aquélla puramente aprendida que “se adhiere a nosotros como un miembro artificial”, sino a la obtenida por el pensar propio, “miembro natural”, pues solo esta nos pertenece en realidad. ⚅
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Foto: Eric Miralrío




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