Don Juventino y la poesía
- Caliche Caroma
- hace 11 minutos
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Varias veces me han preguntado sobre el primer libro de poesía que leí; como buen mitómano he cambiado la respuesta en más de una ocasión. Que si Poeta en Nueva York u Hojas de hierba o El declamador sin maestro o Rubaiyat. Pero esta pregunta no es la importante para alguien que tiene este tipo de desviaciones: la poesía; el cuestionamiento debe referirse a un momento anterior a la lectura de los libros, actividad que supone un encuentro previo con lo poético.
La pregunta importante tiene que ver con la sensibilidad, con ese encuentro con la poesía de allá afuera, la que se toca y se huele y duele y hace gozar. ¿Cuál fue tu (mi) primera experiencia poética? La recuerdo muy bien, han pasado más de treinta años. En la calle en que aún vivo, Paseo del Roble, había una tienda que atendía don Juventino, señor amable y diabético. Tengo claro lo de su enfermedad porque primero le cortaron una pierna, luego otra, hasta que murió por causa de los altos niveles de glucosa en su sangre.
A los seis años de edad el funeral de don Juventino inauguró mis constantes visitas al camposanto; ya no habría marcha atrás. “La vida es una larga fila de personas diciéndome adiós”, frase que leí hace tiempo y que no me canso de poner y distorsionar. Para el Caliche niño, tal trámite mortuorio resultó sorprendente y sublime (aunque en aquel tiempo no tenía idea de lo que significaba lo “sublime”, y sorprendente me sigue pareciendo casi todo).
Primero el velorio, el llanto que se esparció en cada rincón de aquella casa de dos pisos con un patio enorme, el moño negro en la tienda que permaneció abierta día y noche; afuera tomaban cerveza, adentro café con mezcal o tequila. No se me olvidará jamás ese rostro impasible. Me acerqué a la caja, que estaba abierta, y vi la piel pálida de don Juventino, los ojos cerrados y las manos cruzadas en su pecho. La muerte frente a mí, la saludé, sin miedo. Tanta tranquilidad en la caja del muerto y alrededor el concierto del desconsuelo a varias voces: “¡Ay, era tan bueno!”.
Al otro día siguió la misa de cuerpo presente. Los parientes cercanos de don Juventino derramaron lágrimas hasta el último momento. Aquella parroquia de un pueblo cercano a Morelia me dejó sin palabras; fui el único de mi familia que asistió (aún no sé por qué), me hizo pensar en mi muerte y en la muerte de mis padres, en la de mis hermanos y los abuelos. No recuerdo cómo fue que me dejaron ir, pero mis padres eran algo relajados. La gente no cabía en el sagrado recinto y, a pesar de las muchas misas a las que había asistido, ésta me pareció profundamente sincera, real.
Pensé en cómo sería mi caja de muerto, cuánta gente iría, qué darían de tomar, qué ropa me pondrían, y un montón de detalles y preparativos que implican estos inevitables menesteres pasaron por mi cabeza. Al terminar la misa, salí con la procesión hacia el panteón. Mares de gente se unieron a la fúnebre procesión; nunca había visto tantas personas juntas, vestidas de negro y gimiendo. Don Juventino se ganó el cariño de los demás y tuvo una familia grande, tal vez por eso aquella multitud, y tal vez también porque la muerte de los otros nos recuerda la nuestra: lugar común, fosa común.
Y sucedió en el momento del entierro; allí fue donde la epifanía llegó, la manifestación poética hizo su aparición. La caja descendió al hoyo, la tierra fue borrando la madera de aquel féretro, don Juventino desapareció para siempre, alguien aventó flores y la tierra también cubrió esas flores. A los seis años de edad quizá no se tienen claros muchos conceptos; a uno le faltan lecturas, viajes, experiencias, pero ante aquel acontecimiento sólo pude reaccionar con lágrimas.
Hasta ese momento no había llorado. Don Juventino era amable conmigo, aunque tampoco es que hayamos tenido una gran relación. Me conmovieron aquellas palabras que los sacerdotes o encargados de los discursos en los entierros pronuncian casi como obligación, un mantra: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. No se trata sólo de las palabras, sentí ese polvo dentro de mí y me vi como polvo que levanta el viento, como la conciencia del polvo; el mundo entero es polvo y hacia él vuelve cuando pierde sus pasajeras formas: hombres, casas, perros y sueños. Y así descubrí la poesía, lo poético, el poema del polvo. ⚅
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[Foto: Vanessa Hernández]




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