El mar es para los otros
- Juan Fernando Covarrubias
- hace 1 hora
- 3 min de lectura

Si algo sabía más o menos disfrutar Marguerite Duras era el mar. Aunque su disfrute máximo era mirarlo. Y lo miraba porque le aterraba meterse en él, llenarse el pelo y el cuerpo de agua y luego de arena. Acabar enterregada, vapuleada por las olas. Todos los años veraneaba en el Hotel de las Rocas Negras, en Trouville. Desde la terraza del hotel veía aquellas aguas mediterráneas que azuleaban en el horizonte. Acabado el verano, sin embargo, se daba cuenta de que lo había desperdiciado porque había rehuido al agua. Había decidido establecer una distancia que, el último día, buscaba el modo de romperla. Pero no lo hacía. Se marchaba y al año siguiente, de nuevo, ahí estaba, decidida a encontrarle una fisura a esa línea circular que sentía que la atenazaba. Esto lo cuenta en su libro La vida material.
La batalla contra el agua también yo la tengo perdida desde siempre. Me sucede algo semejante de lo que le pasa a la Duras cada que viajo a un destino de playa: se trate de un fin de semana, de siete o diez días o más, ni una sola vez me meto al agua durante ese tiempo, así el calor sea acuciante y desde temprano sobreviva a esa ola caliente y bochornosa, y aunque muchas voces traten de animarme a abandonar lo que ellos califican como pereza. Mi único aliciente en este escenario es el mar mismo visto desde lejos –insisto, como Duras–, la cerveza, los mariscos, el pan de plátano, el mango y el coco enchilado, las postales de la gente local, el horizonte y la lectura. Tal es el abanico con el que me las entiendo con el agua.
El mar es un enorme pedazo de mundo que de algún modo, aún con todos los intentos, todavía me resulta inasequible. He llegado a la conclusión, pesimista si se quiere, de que el mar es para los otros. Pero en el horizonte marítimo encuentro, ya sea que esté vacío o salpicado por algún barco en la lejanía o que alguna parvada de aves le ponga una delgada raya en medio, algo que no hallo en ningún otro sitio. Quizá esa es mi fisura del círculo. Por eso vuelvo. Me digo, como consuelo o pretexto –que, al fin, pueden ser lo mismo–, que no volvería a esos lugares si prescindiera de eso. Como si fuera una extraña droga que procuro con una actitud parecida al desquiciamiento y la dependencia.
Lo más que me he traído de esas playas, además de algunos llaveros o imanes para el refrigerador, son historias, muchas; por ejemplo, de las playas de san Agustinillo en Oaxaca, la escena de una pareja de noruegos que salieron de su palapa una noche mientras discutían a los gritos, desnudos, ajenos a quienes presenciábamos aquel inusual hecho; de Maruata tres o cuatro heridas de una larguísima cascarita entre visitantes y pescadores locales que acabó en una borrachera más allá de las cuatro de la mañana y en la que por supuesto perdimos; de Los Ayala el inolvidable encuentro a las manos entre un vendedor de pulseras y un músico de acordeón que se disputaban la atención de un grupo de turistas que presumían ser extranjeras; de las playas oaxaqueñas de Tapesco, entre el Istmo de Tehuantepec y las Bahías de Huatulco, la impresión viva de que algunas partes del mundo pueden ser prácticamente nuestro paraíso en la tierra. ⚅
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[Foto: Alfonso Morcillo]




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