El suelo agrio del sistema editorial mexicano
- Geovani de la Rosa
- hace 2 días
- 5 Min. de lectura

Hay escritores que descubren la crisis del sistema editorial mexicano hasta que la invitación a una feria del libro hegemónica deja de llegar por mensajería privada y el boleto de avión ya no aparece pagado, si es que alguna vez se los pagaron. Entonces hablan de destrucción, de pura ruina, de esta supuesta catástrofe cultural a la que, según ellos, nos arrastró la Cuarta Transformación. Esos de doble cara ahora pregonan que el libro agoniza, que la industria editorial cae por un precipicio, que las librerías desaparecen, que el desempleo de quienes viven para y por los libros se expande como mancha de humedad en una pared vieja. Lo dicen con tono grave, impostado, como si apenas se asomaran a una ventana que siempre estuvo ahí, abierta y dejando entrar el polvo.
Mi pregunta para ellos es sin rodeos: ¿de verdad no lo sabían?
Porque el sistema editorial mexicano viene arrastrando grietas y agriedad desde hace décadas, y nunca fueron pequeñas como para que no se dieran cuenta. Tirajes mínimos, distribución centralizada, librerías concentradas en unas cuantas ciudades del país, lectores reducidos a estadística de feria y foto para el informe. Mientras tanto, en el campo de batalla —porque esto ha sido un campo de batalla— están las editoriales independientes que sobreviven como pueden desde mucho antes del cambio de paradigma gubernamental. Viven al día, negocian imprentas, empeñan ahorros, hacen malabares con presupuestos que apenas si alcanzan. Esto no empezó en este sexenio ni en el anterior. Es una herida vieja, curtida por el sol, y señalarla hoy como novedad exhibe a quienes convirtieron la literatura mexicana en un sálvese quien pueda, en ese toma y daca donde hoy te doy el premio y mañana tú me das una beca.
Lo que cambió, para ellos, fue el lugar desde donde se mira. Durante años hubo una burbuja cómoda de escritores —y sigue ahí, aunque lo nieguen y pataleen— bien plantada y dueña de los recursos para hacer literatura y publicar libros sin que les costara el pellejo. Una canción de Silvio Rodríguez, al que le tienen tirria, dice: tener no es signo de malvado, y no tener tampoco es prueba, que te acompañe la virtud. Pero el que nace bien parado, en procurarse lo que anhela, no tiene que invertir salud. Porque ellos, desde siempre, han estado bien parados y no gastan salud en escribir, en publicar, en conseguir premios y becas. Son los de estudios amplios, presentaciones con vino, mesas donde giran los mismos nombres como planetas de un sistema cerrado. Se hablaba de libertad creativa mientras el presupuesto público circulaba entre manos conocidas. Se celebraba la pluralidad en salones donde casi nadie discrepaba. Afuera, bajo otro sol, pequeños sellos se dedicaban a imprimir con menos papel, los libreros resistían rentas impagables y los autores jóvenes pagaban de su bolsillo para ver su libro nacer, aunque fuera en tiraje diminuto.
La precariedad de la mayoría de las personas que escriben era paisaje para ellos, algo que se mira de lejos sin ensuciarse los zapatos. Ahora levantan la voz y señalan al gobierno en turno como si todo hubiera empezado ayer. Por supuesto que la crítica es necesaria, más todavía con las mañas y el narcisismo del gánster que controla la editorial de Estado y decide, entre tantas arbitrariedades y barbaridades que dice, que la poesía no le gusta y por eso margina a unos y apapacha a sus cuates. Eso también hay que decirlo. Toda política cultural merece revisión constante. Pero una cosa es exigir compromiso gubernamental y otra convertir la memoria en amnesia a conveniencia propia. El problema editorial mexicano no cabe en una sola administración ni se va a resolver poniendo el dedo contra un culpable a modo.
Hay que decirlo sin miedo: el sistema editorial mexicano ha funcionado como una estructura que concentra prestigio y reparte migajas. Las editoriales alineadas y “orgánicas” también han caído en el narcisismo cuando reciben una parte del presupuesto y defienden su parcela como si fuera tierra heredada. Las independientes de verdad, las que no entran al circuito de favores por desplazamiento o por dignidad, siguen tocando puertas cerradas. Muchas veces ya ni las tocan, porque saben que del otro lado hay silencio o desprecio.
¿Y la formación de lectores? Esa tarea ha estado arrumbada desde tiempo atrás, ahí como un libro empolvado en un estante alto. Pocos asumen la parte que les toca. Se espera que el público llegue ya educado, convencido, listo para aplaudir. Se habla de crisis de lectura sin mirar la responsabilidad compartida. Porque convirtieron al libro en un medallero de premios, en becas intercambiadas entre amigos y familiares (la presidenta hablando de que no se van a heredar puestos entre familias mientras entre hermanas se otorgan becas literarias), en reseñas que se celebran en el mismo círculo. El libro se revitaliza cuando encuentra comunidad, cuando circula en escuelas públicas, en barrios, en pueblos donde hay ganas de escuchar y contar historias sin tanta pose.
Ahora bien, el desempleo y la precariedad en el sector cultural han sido una constante, repito, desde hace décadas. Los editores trabajan por honorarios inestables, los correctores viven mal pagados —cuando les pagan—, los diseñadores encadenan proyectos freelance para completar la renta. Y aun así se publican libros. Se levantan catálogos valientes y alternativos. Se sostienen ferias locales con más entusiasmo que recursos, de las que casi nunca hablan ni aceptan ir los privilegiados. Eso no aparece en los comunicados solemnes destinados a inflar egos, egos que horas después quedan en evidencia cuando se sabe cómo consiguieron cierta medalla literaria.
Por eso reconozco a quienes aman la literatura sin convertirla en pedestal. A los editores que apuestan por voces nuevas, aunque no haya margen de ganancia. A los que tienen dignidad y no se arrastran por una migaja presupuestal. A los libreros que mantienen la pasión aunque el cierre les respire en la nuca. Ellos conocen la crisis desde adentro, no desde la nostalgia de un tiempo en que el acceso al presupuesto estaba más claro para el beneficio de unos cuantos que siguen bien parados ahí, chupópteros hipócritas de la dádiva pública, porque con una mano cobran y con la otra tiran pedradas.
Es sano que algunos salgan de su letargo añoso y hablen del problema. De veras que lo es. La discusión urge desde hace tiempo. Pero conviene bajarle al tono vengativo y a la tentación de usar el debate como un ajuste de cuentas o simple desahogo contra un gobierno que no les reparte el programa social como antes. Porque entonces nada cambiará para bien. El debate requiere lucidez y memoria. Necesita preguntarse cómo desmontar el sectarismo, cómo acabar con la uniformidad estética que se vuelve tendencia y moda, cómo abrir puertas que durante años funcionaron con contraseña, cómo romper ese intercambio de favores que todavía tienen a la literatura como un club privado para los mismos.
La descentralización no puede quedarse en discurso de funcionarios. Tiene que notarse en los catálogos, en los jurados —aunque a algunos clasistas les incomode que un poeta de pueblo, un cuentista de barrio evalúe quién merece una beca—; debe verse reflejado en apoyos transparentes y éticos, en la circulación real de libros fuera de ciertos lares hegemónicos. La pluralidad se practica invitando a quienes nunca estuvieron en la mesa. La justicia cultural exige revisar reglas, criterios y modos de relación.
Más allá de los disque salvadores que lanzan elegías dramáticas, el sistema editorial mexicano necesita comunidad. Que se formen lectores con paciencia, acompañar a los editores con políticas claras y sostenidas, que se aliente a los autores a mirar más allá de su círculo, de la moda y la vanidad inmediata. Urge sacudir esa idea de que la literatura es patrimonio de una élite ilustrada y devolverla a lo que siempre debió ser: una conversación pública y abierta. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]




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