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Ethos del cuche trompudo

  • Emiliano Aréstegui
  • hace 7 días
  • 3 min de lectura

Hace unas semanas estuvo Federico Vite presentando Redención en el nido de La tarántula dormida; ahí habló, entre otras cosas, de cómo dejar de beber fue fundamental para depurar su escritura. En la pasada Feria del Libro de Acapulco compartí cuarto con Jesús Bartolo; pudimos platicar largo mientras nos ganaba el sueño. Me habló de poetas que no he leído y me preguntó, cuando vio que no me emborraché, la razón por la que dejé de beber. Respondí, sin pensarlo demasiado: tengo que escribir y beber me quita tiempo. Ese día me tomé cuatro o cinco cervezas y a las nueve de la noche ya sentía la cruda mordiendo mis sienes.

Dormí bajo el calor de Acapulco porque el aire acondicionado me resulta insoportable. Me desperté a las seis de la mañana, me fui al mar, me tiré de muertito y disfruté despertar sin cruda.

Llevaba casi cinco meses sin beber y al día siguiente caí en las oscuras lagunas de la cerveza oscura. Bebí hasta las cinco de la mañana del domingo. Desperté a las nueve convertido en un despojo hambriento, crudo, con los ojos hinchados y los calambres queriendo devorar mi alma, mi espalda y mis pantorrillas. Caminé bajo el cielo de Acapulco en busca de jugos de naranja, sueros y agua fría. Llegué a casa a podrirme y estuve podrido hasta el miércoles, con los ojos hinchados, con un hambre insaciable, con un aire rumoroso metido en la cabeza. Fuera de una asesoría no toqué el teclado y tampoco leí nada fuera de los mensajes de WhatsApp.

Las crudas me arruinan, me vuelven supino, me quitan el deseo de escribir, las ganas de terminar lo empezado, me convierten en un despojo. Escribir me salva de mí; escribir es lo único que me permite no querer cambiar de vida y dedicarme a hacer tacos para hacer dinero. El acto creativo me es indispensable; escribir una página y empezar otra le da sentido a mi día a día. Me gusta que mi hijo me vea garrapateando hojas, me gusta que Gloria se despierte y me vea tundiendo teclas. Escribir me salva. Ayer jueves, ya sin cruda, leí a Luz Guerrero, a América Femat y a Diego Montes, y antes de dormir me eché unas páginas del güero Garibay. Me gusta pasar de la mesa de trabajo a la hamaca para tumbarme a leer.

Como los bebés, soy un animal de rutina; nada me gusta más que hacer una y otra vez lo mismo. Adriana Ventura y Azul Ramos se dieron cuenta y me dijeron que soy un niñote. Y también Gloria me lo dice cada tanto, y quizá lo soy, pues me gustan los juegos de mesa, caminar por el filo de las banquetas, patear botes, apachurrar cucarachas, darle de comer a las arañas, ver a las hormigas acarrear su alimento; me gusta y, si no fuera porque me gana la angustia de tener poco dinero, también me dedicaría a pintar igual que hacen los niños. Cuando la vida se acomoda, es decir, cuando tengo dinero, me da por ponerme a pintar y a dibujar.

Ayer y hoy no he hecho nada más que escribir y leer. Me pongo los audífonos para evitar el zumbido de los zancudos y me pongo a escribir. Y sé que en cuanto termine de escribir lo que estoy escribiendo empezaré otro proyecto. Antes pensaba que escribir sería cosa de dos o tres libros; hoy sé que los proyectos llegan siempre.

Pero el alcohol mata mi deseo de escribir y cuando no escribo me siento vulgar, mediocre, obtuso. Escribir me hace sentir completo; uno o dos días sin escribir bastan para sentirme gris, enfermo, deprimido. La cruda me vuelve lamentable, carroñero, me dispone a la tristeza y al enojo. Quizá por eso escribo esto, pues a los cuches trompudos no nos bastan un par de cervezas; no le hallamos el gusto a ese acto de tomar con moderación, prudencia y elegancia; a los cuches trompudos nos gusta marranear hasta la madrugada y al otro día volver a encuchecernos. Pero en la balanza de andar hasta la madre o escribir, me quedo con escribir.

La sobriedad tiene sus ventajas y es, bien vista, un experimento. Esto lo escribo más para mí que para nadie; lo escribo para recordar que la cruda y mi trabajo, como dicen los Tigres del Norte, son cosas incompartidas. La cruda me crispa, me eriza los nervios, me predispone al coraje y a la tristeza: me deprime. Ya lo dije, pero lo repito como un ejercicio mental.

Espero que la próxima vez que yo, cuche trompudo, esté en una cantina, no se me olvide que beber arrastra la resaca. ⚅

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[Foto: Vanessa Hernández]

 
 
 

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