La última utopía*
- Pepe Rojo
- hace 3 horas
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Hace ya un buen rato que aprendimos a desconfiar de las utopías. Este mundo triste en el que vivimos, lleno de colores artificiales, “podría ser peor”, escribe William Gibson, “podría ser perfecto”. El futuro siempre es fascista, y el fascismo ha mostrado ser particularmente hábil para crear imágenes utópicas. Paralelamente, hemos construido aparatos críticos tan complejos y elaborados que es imposible no criticar. Cualquier propuesta, cualquier idea, sin importar su origen ni su validez, será inevitablemente puesta en tela de juicio, analizada y desmenuzada en cuestión de meses, bajo una infinidad de perspectivas. Hay un placer histérico en darnos cuenta de que nada es perfecto y señalar las fallas de absolutamente todo. El solo hecho de que muchas personas estén de acuerdo con algo —y ese es el problema que comparten la democracia y el último hit musical— lo hace parecer sospechoso. Todas las ideas son, siguiendo a Baudrillard, historias de desapariciones. Por eso las ideas parecen cadáveres. Nos acercamos a ellas como si fuéramos patólogos. La actividad crítica es redactar epitafios.
El futuro parece agonizante. La crisis no sólo es padecida por la ciencia ficción, con sus problemas para imaginarse un futuro a largo plazo, sino también por cualquier habitante de la civilización occidental. Hay una dificultad generacional para imaginarse el futuro más allá de diez, veinte años; hay una conciencia general de que “no hay nada nuevo”. El problema no es ¿qué le pasó a la ciencia ficción?, sino ¿qué le pasó al futuro? Al igual que en la ciencia ficción, el futuro adquiere el matiz de la distopía. El tono apocalíptico de nuestra cultura era explicado hace más de una década como un síntoma finisecular. A más de veinte años del cambio de milenio, ese clima no parece abandonarnos. Bernardo Fernández iconizó el problema a partir de Blade Runner, indicando la dificultad para imaginarnos un futuro después de noviembre de 2019, fecha en la que inicia la película. Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud indicaba que la depresión sería la segunda enfermedad más debilitante del planeta en 2020 (el primer lugar lo ocupan las afecciones cardiacas; es inevitable leerlo literariamente: a fin de cuentas, la depresión es un problema del corazón), y el Pentágono predice que las guerras durante los próximos cien años serán urbanas, con una creciente dificultad para diferenciar a la población civil de los “enemigos”. La catástrofe ecológica nos va alcanzando a plazos y jaloneos.
La crisis económica actual no parece levantar nuestros ánimos. Dice Frederic Jameson que nos resulta más fácil imaginarnos el final del mundo que el fin del capitalismo. De cierta manera, el año 2000 fue una decepción masiva. No pasó nada: ni virus Y2K, ni sectas asesinas o suicidas, ni desastres sociológicos o naturales. El éxito del cine de catástrofes, y su correlato realista —la crisis ecológica—, oscila entre nuestros deseos colectivos y nuestras realidades. “La idea de la libertad —escribe Nakashima-Brown— encuentra su última expresión en un mundo donde el aparato del Estado y las leyes que rigen la propiedad privada quedan igualmente arruinadas”. Hay cierto placer en observar en nuestras pantallas y en nuestras calles cómo el mundo se deshace en pedazos. Este ambiente apocalíptico, reforzado en nuestro país por la promesa/amenaza del 2012 maya y por los ecos revolucionarios provocados por el 2010, produce tanto placer como miedo. Nuestra última utopía es el apocalipsis. ⚅
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[Foto: Carlos Ortiz]
*El texto es parte del libro de ensayos Desde aquí se ve el futuro (Odo Ediciones 2025), reproducido con autorización del autor.




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