La infancia del procedimiento
- Jorge Aulicino
- 4 may
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Escribo de noche. Siempre, desde hace años. Solo y sin música. Hubo una época en que escribía en los bares, atento al fenómeno de las musas imprevistas. En rigor, no escribía. Eran apenas unos apuntes. Me convencí para siempre de que la noche era mi hora. Y el silencio. Cuando no había PC, escribía con una caligrafía cada vez más incomprensible, más provisoria. Trataba, cuando pasaba a máquina los manuscritos, de no pensar en qué estaba escribiendo. Mantener el estado de levitación del lenguaje, y tachaba luego el sobrante. La PC fue una bendición para mí. Cuando empecé a usarla, entendí que esa sería siempre mi herramienta. Esas oraciones en estado virtual, que pueden borrarse y volverse a escribir. Letras que se deshacen y recomponen. Una maravilla. No tomo apuntes. Me siento a escribir. Si la letra levanta vuelo, sigo. Me cuesta mantenerla en vilo. Pero no quiero dejar que pase el momento y escribo todo cuanto puedo en cada sentada. Después borro. Casi siempre sobra. Es poco lo que reemplazo. Se trata más bien de borrar. La poesía es lo que falta. Paradójicamente, se borra para obtenerlo. No creo que sentarse de noche a escribir frente a un dispositivo electrónico sea un rito. Si escribo de noche, y en la computadora, y en silencio, es porque en esas condiciones y con esas herramientas siento que las palabras se ponen en un estado de libertad especial. Son condiciones requeridas, nada cabalístico. Es lo necesario para desencadenar un fenómeno. El fenómeno sí, tal vez sea mágico. Siempre hay libros que me acompañan. Auden, por ejemplo. En este momento, escribo con la compañía de un bestiario medieval. Escribo lo que “va surgiendo”, pero tengo un plan. Creo que lo que escribo es fragmentario, pero responde a un plan general. Fijo tres o cuatro mojones. El libro tendrá tres partes, digo por ejemplo: un andante, un allegro, un adagio. Si tengo el título, tengo el punto de referencia central. Eso incluye el tema. El último libro que publiqué, Hostias: bueno, tuve el título desde el principio. Se trataba de la comunión. Tuve luego los títulos de cada una de las partes: los tomé del Requiem de Mozart.
Luego me olvidé de todo y empecé a escribir. En los últimos cinco años, los libros que escribí tenían un plan, una idea central, que debía ser perceptible, que se haría perceptible, sin forzarme a eso.
Entendí que todos los libros anteriores, escritos sin plan aparente, habían respondido a un plan. Los fragmentos encontraban un principio y un fin. Algo me decía que el libro se había terminado. Digamos que ahora soy más consciente de las ideas previas. Para demostrarme que escribo con un plan, escribí el librito Las Vegas. Descubrí en Clásica y Moderna unos libros pequeños de arquitectura. Uno de ellos era sobre la arquitectura de Las Vegas. Me produjo de inmediato una especie de arrobamiento. Cada dos páginas, estaba dedicado a un edificio de Las Vegas con una foto. Me propuse escribir una docena de poemas, cada uno de ellos referido a uno de los edificios presentados en el librito, y cuyo título fuera el nombre del edificio en cuestión. Digo: referidos. Con una muy libre y suelta referencia. La artificialidad del conjunto fue lo que me sirvió de guía principal. Esa ciudad pura electricidad, en base a electricidad, muerta de día, presentada técnicamente, fijada en breves iluminaciones en un libro mínimo; esa idea.
Siempre dejo descansar los textos, aunque no mucho. La corrección significa lograr la mayor distancia, para aliviar de adjetivos, subjuntivos, etc., y luego, en otra pasada, para eliminar la hojarasca, las limaduras, la viruta, el resto. La poesía se va haciendo.
No escribiría si supiera cuál es su finalidad o su origen. Solo busco el esfuerzo y el placer de escribir. Mantener el estado de levitación el mayor tiempo posible. Cuando sostener el poema no me cause ese leve retorcijón, esa pregunta: ¿sigo?, ¿puedo seguir o me voy a la cama?, entonces creo que habré logrado el nirvana. Mi vínculo con la poesía es un vínculo con la historia cruzada de religión. Desde la historia social del arte hasta las películas épicas, fantásticas y de acción, pasando por la crónica y la divulgación científica, la geografía y la arquitectura, hay una amplia gama de asuntos que son el sustrato de la poesía para mí. La falta y la presencia de Dios. Pero si no logro que eso adquiera “estado de poesía”, pues es un fracaso. Borrar a veces significa eliminar completamente. Lo que no se sostiene, no se sostiene; es inútil maquillarlo, operarlo, peinarlo. Pareciera que para mí la poesía estuviese mediada por la escritura (la ciencia, el arte, la historia, la religión, el cine, los juegos de PC), pero juro que he visto muchas de las cosas que escribí, en la llamada vida real. Y, en todo caso, Atila, Saladino, son personajes que conozco en carne y hueso. ⚅
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[Foto: Vanessa Hernández]
*Poeta, periodista y traductor argentino, fallecido el 21 de julio de 2025.




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