Mamá de la hierba Ñuu Savi
- Kau Sirenio
- hace 3 horas
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La puerta se abrió y la sombra de mi abuela se asomó con los rayos del sol. Entró sin saludar a nadie, cruzó entre el gruñido de los puercos y el cantar de los gallos que la seguían mientras caminaba hasta la sombra de la parota —el árbol frondoso donde las gallinas y los búhos se refugian todas las noches—. La anciana no habló con nadie. Su malestar llegó a mediodía, cuando rechazaron que un curandero del pueblo curara a sus cuatro nietos con sarampión.
Mi abuela, Francisca Rivera, se pasea en la cocina de la casa, mientras mi madre, María Pioquinto, cura, hierbas y aceite de coco en mano, a cada uno de los enfermos. Cuando puede, abraza al niño que más se queja, le da consomé de frijoles y le sopla con unas hojas para refrescar el espacio convertido en enfermería familiar.
Cuarenta y dos años después, María Pioquinto recordaría ese episodio, después de una larga conversación telefónica que sostuve con ella a raíz de la cuarentena por covid-19.
Debo confesar que la contingencia me volvió más humano con mi madre. Porque durante mi estancia en el consejo prevocacional del seminario de los agustinos, en Yuriria, Guanajuato, sólo le escribía una carta al año. La verdad, me daba miedo escribirle seguido; y no era por falta de papel, lápices o timbres postales, sino por mi ortografía. Ella, con su tercer grado de primaria, en una lengua que no habla, tiene una caligrafía impecable.
El último viaje que hice antes de la pandemia fue a los estados de Baja California y Sonora. De ahí empezó el encierro que me convirtió en un escombro delirante de los sobrevivientes de la covid-19. Era la semana con más muertos y contagiados en Nueva York y, para mí, la de sentir la soledad cada vez más cerca.
Para sobrevivir al dolor por la pérdida de los paisanos, dejé la lectura y me puse a cocinar dos piernas de pollo, sólo con media cebolla y dos dientes de ajo. Así recordé mi infancia, con el caldo que me cocinaba mi madre cuando me enfermaba, que era casi siempre: nunca tuve días felices. Por eso mi mamá me tenía prohibido comer cualquier fruta si no estaba desinfectada. Así aprendí algo de cuidado personal.
Mientras la olla soltaba el aroma de epazote, los recuerdos llegaron como una tormenta. ¿Qué hacíamos si éramos unos niños? Mis hermanos siempre se peleaban para ver quién iba por la leña y yo, mirando desde lejos, no podía hacer nada. Era un niño sin futuro que no podía valerse por sí mismo. ¿Y cómo hacerlo si a mis tres años era sobreviviente de sarampión, tosferina, varicela, viruela y otras enfermedades que mi María nunca supo qué eran? Lo único cierto es que nunca quiso llevarme con un curandero del pueblo; cuando podía, me llevaba a la cabecera municipal, con un boticario.
“Mi hijo se va a curar, ya veremos que sí”, repetía cada mañana cuando preparaba mi brebaje.
Así lo hizo hasta que tuve quince años; a eso se debe que no haya podido terminar mis estudios en la edad escolar correspondiente.
Antes de comer, pensé en David Castro, un amigo que conocí hace catorce años, pero que ahora vive en Nueva York. Él me habló para decirme que se enfermó de covid-19 y que se sentía muy mal. Platicamos un buen rato. Al terminar la conversación con mi camarada, le marqué a María, mi mamá.
Hablamos de todo, pero no me sentía bien; había un vacío que necesitaba llenar con la voz de mi madre, así que le pregunté por aquel recuerdo que me llega como una pálida neblina, muy tenue y lejana, por la edad que tenía.
“Kivi ikán ni ña xiku’é ku istan un, ndatyún ni xa’an yu xi’in ndo nu ta tu’va (Ese día, tu abuela estaba enojada porque no los llevé con el curandero)”, soltó en tu’un savi, como lo hacemos cada que nos conectamos por teléfono. Nunca platicamos en castellano, porque sólo así vivo mi mundo ñuu savi fuera de mi territorio histórico.
Entonces empecé a hacerle más preguntas sobre mi abuela y mi abuelo adoptivo, Pánfilo García, que nos quería igual que a sus nietos biológicos. Además, hablamos de sus partos, siete en total, todos vivos, pero tan ausentes de la casa y del pueblo.
“Xito un sa kaa, xika ni kue’e xíkún tyan tiava, koto kixi un na koo kixa tiava tixi Ñuu yo (Estás viendo cómo está el tiempo: anda esa enfermedad contagiosa ladilla; no vengas, porque puede que traigas esa enfermedad ladilla y contagies a todo el pueblo)”, me pide.
Antes de terminar la plática, me aferro a saber más de su magia para curar a siete hijos en un pueblo donde no había médico.
“Los curé de sarampión —traducción— con aceite de coco, mezcal y los cubría con hojas de jilguerilla para bajarles la temperatura”, me dice.
“Cuando tenías infección estomacal —agrega—, te preparaba té con hojas de guayabillo, manzanilla, limón, canela, quina y hierbabuena. Las hervía todas en una olla; cuando el agua se ponía oscura, entonces lo enfriaba y te lo daba en cucharadas”.
Hay recetas que María no me compartió porque se acabó la plática. Sin embargo, seguimos hablando por teléfono todos los días y ella sigue haciendo recomendaciones, no sin antes preguntar por los amigos que andan en Estados Unidos.
“Si estuvieran cerca (traducción), deberíamos probar con hierbas y aceite de coco; con ustedes la medicina tradicional resultó muy buena”, dijo antes de cortar la llamada.
Así fueron los días de la pandemia, que parecía no tener fin. Varios de mis amigos fueron alcanzados por la covid; ellos ya no están aquí, pero seguro, si lo estuvieran, serían testigos de la vacuna que llegó para quedarse.
Gracias a la ciencia y la tecnología, ahora el mundo avanza hacia la protección sanitaria. Si en la época de la varicela, el sarampión, la fiebre amarilla y la tisis la ciencia no se hubiera escondido por la persecución del oscurantismo católico, la humanidad tendría respuesta ante cualquier contingencia sanitaria. ⚅
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[Foto: David Espino]




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