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El hechizo celeste

  • Analí Lagunas
  • hace 1 hora
  • 5 Min. de lectura

El 17 de mayo del 2018 se jugó el partido final de ida entre Santos —quien finalmente se hizo con la copa en aquel Torneo Clausura— y un Toluca que ya estaba agarrando color. Recuerdo el dato a la perfección porque ese día nació Lucio. Yo, a nada de romper la fuente, disfrutaba el partido apoyada contra el respaldo de una silla, en la casa de Coco y Nacho, los abuelos de Lucio. En esos años vivía en Hidalgo, la tierra de Dios y de María Santísima, como solía decir don Gabino Guevara, bisabuelo de Lucio y patriarca de una familia prolífica y futbolera, cuyos integrantes trabajaron todos en la extinta paraestatal Luz y Fuerza del Centro; sobra decir que casi toda la familia era de corazón celeste.

La semana pasada, en alguna red social, cuya función se podría comparar con la de un repositorio de pensamientos intrusivos y desencajados, se me hizo fácil reconocer una verdad que me atraviesa y que evitaba mostrar en las plataformas virtuales donde una se permite el performance: admití públicamente que me gusta el futbol y que estaba cansada de fingir que no. Poseída por el espíritu incendiario que, de unos meses para acá, he vuelto huésped distinguido en mi casa, preparé el contragolpe: evité decirlo en voz alta porque me topé con varios machitos que echaban espuma por la boca cuando mis análisis deportivos mostraban la pericia que tengo en el tema.

El gallinero se alborotó —como hubiera dicho mi abuela— y las respuestas a ese pensamiento en voz alta se multiplicaron como la espuma. Me gustó ser la gota que rebalsó el vaso, tuve mi momento de fama, mucho más breve de lo que Andy Warhol vaticinó, pero igual fue divertido, una experiencia antropológica que recomiendo no saltarse: el placer de ser quien incomoda, no el incomodado. La mayor parte de las respuestas eran de hombres preguntándome mi opinión sobre los distintos torneos que se juegan en distintas partes del mundo (¡ja!); estuve a punto de responder con la misma soberbia e incoherencia con la que fui increpada, quise sacar las cartas del tarot, convocar a la Diosa, hacer algo que los hiciera rabiar, que les devolviera la certeza de que una mujer no puede y no debería hablar de futbol, pero recordé que el juego inteligente y el control emocional son la clave para ganar, así que me limité a sostener la ofensiva hasta que el ataque se neutralizó por sí solo. Me prometí digerir y hablar sobre esta experiencia, este particular gusto adquirido.

Porque, no lo niego, mi papá era hombre de ciencia —chiste local derivado de la película Nacho Libre— y el futbol le parecía la peor forma de compartir el tiempo con sus hijos; y mi mamá, aunque se reconoce hincha de los Pumas por sus años en el CCH Sur, no la veo tan desbordada con esta final del Torneo Clausura 2026 como sí lo estoy yo.

Llegué al futbol por la cercanía que existe entre el estadio Olímpico Universitario y la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudié lengua y literatura italianas hasta que descubrí que aquel conocimiento era inservible para mi comunidad, un pueblo en el estado de Guerrero donde apenas si se cubren los mínimos objetivos de desarrollo sostenible que señala la ONU.

Entré a un partido de los Pumas y el destino me alcanzó: aquella emoción, la adrenalina, la forma en la que se transformaba la Rebel cuando el marcador les favorecía, me fascinó. Cuánta pasión, cuántas ganas de evadir el mundo un rato, entregados a la belleza de una danza. Y en esos años, cuando todavía me aferraba a la idea de bailar y hacer teatro, entendí que el futbol también es una danza, con un escenario distinto: en vez de un teatro hay un estadio; en vez de música, un rugido. Los cuerpos se persiguen, se atraen, se esquivan. Un regate es un giro coreográfico. Un contragolpe, una aceleración del ritmo. La defensa baila contención; la delantera, deseo.

Hay partidos que parecen piezas de danza contemporánea: caos sincronizado, respiración colectiva, cuerpos calculando distancias mínimas para no colisionar. El balón marca el compás como si fuera un corazón desplazándose entre piernas y sombras. Mi abuela decía que bailar es la expresión vertical de un deseo horizontal. Yo entendí el sentido real de esa frase frente a una cancha: el futbol también se juega con el cuerpo encendido por el deseo. Cada pase es una insinuación, cada desborde es una provocación. Y al final, como en toda danza, lo que se busca es llegar al éxtasis: levantar la copa entre jadeos, sudor y cuerpos rendidos ante la multitud que canta, responde, sostiene el trance. Porque el futbol, como la danza, necesita espectadores que participen del rito.

Y si hay una afición de la que siempre se habla, es de la grada del Cruz Azul: una multitud que aprendió a convertir el sufrimiento en ritual. En las reuniones familiares, era común que se hablara del futbol, que se presumieran fotografías de niños con los uniformes, que se contara la historia del primo que estuvo a punto de debutar en primera división; alguna vez, en uno de los momentos más increíbles de mi historia de amor con el Cruz Azul, el abuelito de Lucio me enseñó un recibo antiguo de nómina como parte del Sindicato Mexicano de Electricistas, donde le descontaban la aportación económica que cada trabajador hacía para la consolidación del equipo: no es casualidad, el Cruz Azul nació del trabajo colectivo.

Lo que más disfruto de ser parte de la afición celeste es ver cómo convertimos el sufrimiento en identidad, en broma nacional, en ese orgullo que da aguantar vara. Me divierten y encantan los memes, el humor con el que asumimos ser “los eternos subcampeones”, los que “la cruzazulean”. Me gusta escuchar a la grada volver himno una cumbia peruana de finales de los setenta como Cariñito o cómo se apropiaron de Andar Conmigo, de Julieta Venegas, para cantar el deseo, la lealtad y la tristeza colectiva.

Llenos de supersticiones, los aficionados del Cruz Azul vivimos el futbol como quien entra a un ritual: usamos la playera “de la suerte”, evitamos cantar victoria antes de tiempo, encendemos cirios, vestimos a nuestros ídolos con la camiseta y volvemos a creer cada torneo. Después de tantos años de tragedias deportivas, muchos aficionados desarrollamos rituales casi religiosos para soportar la incertidumbre. Me gusta que incluso en medio de los nervios por levantar la décima haya tiempo para consolar a los chivahermanos que festejaron antes de tiempo. Porque como afición sabemos algo sobre caer, resistir y no perder la esperanza cuando todo parece perdido.

Para mí, ese es el verdadero hechizo celeste: poder creer incluso contra la lógica, contra la estadística y contra el miedo, porque la respuesta es breve cuando alguien pregunta: ¿por qué le vas al Cruz Azul? Porque yo #Conf10. ⚅

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[Foto: David Espino]

 
 
 

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