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Rachid Benzine, El librero de Gaza

  • P. Víctor Hernández
  • 20 jul
  • 3 min de lectura

¿Qué será la felicidad? ¿Un recuerdo del pasado que inventas para consolarte, un presente que, al hacerlo consciente, te hace llorar exprimiendo tus lágrimas, o un futuro que no llega y que, a fuerza de anhelarlo, te atormenta? En su obra El librero de Gaza, nuestro autor, Rachid Benzine, nos conecta inevitablemente con la metáfora del viaje en autobús: la vida es un viaje en autobús y la felicidad, un accidente.

Rachid nos cuenta la historia del anciano Nabil. Un anciano que ha pasado por los estados de ánimo de la mayoría de los palestinos. Es consciente de haber perdido la inocencia de niño ante la violencia cruel y dura; una inocencia perdida ante la muerte de los que ama. Muerte violenta, muerte injusta, muerte absurda. El personaje vive la nostalgia de los juegos de niño y se recrea (un recreo) en ellos. Al jugar se evade, se esconde, se protege; pero también junta material para que, cuando sea joven o adulto, pueda sobrevivir. El anciano Nabil logra recapitular esos juegos de niño y se siente vivo, se siente fuerte. Por supuesto, también vivió la rabia de saberse invadido por la violencia, de sentirse tocado y contagiado por los bandos que pelean. Es como una posesión más fuerte que la bondad perdida. Es quedar atrapado en la espiral de la violencia al no permitirse ser más una víctima y pasar a ser verdugo. Un verdugo obligado a ser más cruel para poder vencer. Atrapado entre tres bandos: aquellos pacifistas ingenuos, otros que se defienden legítimamente y aquellos que atacan para conquistar brutalmente. Habiendo caído preso veinte años antes, el anciano narra cómo felizmente descubre una biblioteca de intercambio. En cada libro leído en su cautiverio viaja, se evade, se esconde de su realidad. Pero, como decía un maestro de violencia histórica, “la realidad es terca”. Así, aunque te evades, te escondes, huyes de ella, esa realidad te jalona y te hace regresar. Entonces entiendes que es imposible leer para huir absolutamente de la realidad. Gaza, un mundo donde las bombas intentan tener la primera, la única y la última palabra. Violencia de dominio, violencia de débil y desigual defensa, violencia del apropiamiento comercial. Esta, la última, la violencia comercial, es la más cruel, la más hipócrita, la más infeliz, la más podrida. Gaza crucificada, Gaza desnuda y enterrada en sal y obligada a tomar agua, Gaza colocada al centro de cuatro potros, cuatro cuerdas, cada cuerda amarrada a un miembro de ese cuerpo cada día más atormentado; y los cuatro corceles, con su punta de cuerda en la cabeza de silla, corren a cuatro lugares distintos: Gaza desmembrada. Alguien ha dicho que también se puede torturar provocando una alegría fingida, una risa que revienta el estómago, una risa falsa, una risa vacía. Esa tortura la sufren los pacíficos, los violentos que se defienden legítimamente, los que atacan y quieren controlar. Uno se pregunta: ¿lo sufren los que quieren ganar, los que tienen una ganancia económica en mente? El anciano Nabil, en sus veinte años de cárcel por participar en la espiral de violencia, vive un espacio privilegiado. En medio de Gaza, llena de polvo y escombros, nos recuerda que la literatura es tal vez la más bella oportunidad de supervivencia, no para escapar de la realidad sino para habitarla más plenamente.

En su obra El librero de Gaza, nuestro autor, Rachid Benzine, nos regala un poema cruel, como todos los poemas. Un poema que busca la felicidad y descubre que ella puede ser, precisamente, ese vacío que rodea la vida.

Esta obra de Rachid es tal vez la fuerza de recobrar esa palabra extraña, saudade; esa palabra portuguesa que expresa una nostalgia por el peso de los años perdidos, por el peso de las pérdidas de los seres cercanos y por el sacrificio nunca abandonado de un corazón que lo siente todo en un futuro que muy lentamente se logra.

Después de leer este libro, necesario para comprender la tragedia de Gaza, la tragedia de Palestina, recobro el gusto por regalárselo a alguien. Al acabar de leerlo me pregunté quién era la primera persona que venía a mi mente para entregárselo. Apareció Fátima con sus quince años, después de haber terminado la secundaria, con la suficiente materia en su mente de los juegos vividos de niña hermosa, pero también ya con la fuerza de las pérdidas y con un futuro incierto que la atormenta. Fátima, alimentada de una niñez festiva, con un presente cruel y un futuro que la atormenta, se atreve a sonreír leyendo. ⚅

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Foto: Eric Miralrío

 
 
 

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