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Schuster sobre Maradona: nadie lo podía agarrar

  • Staff Capote
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

La pelota parecía tener otro peso cuando le caía a Diego. No rodaba igual. No sonaba igual sobre el césped. Cada toque suyo dejaba una respiración suspendida en la grada, como si el estadio entero supiera que algo imposible estaba a punto de ocurrir.

Schuster miraba desde la jugada, Camacho venía encima, Bonet cerraba el paso y, aun así, Maradona no se apuraba. Primero eludió a uno. Luego al otro. El cuerpo se le inclinó apenas, el balón quedó pegado al pie izquierdo y, por un segundo, todos los defensores parecieron estar corriendo detrás de una sombra.

Después llegó la falta.

No fue una falta cualquiera. Fue el tipo de golpe que nace cuando ya no quedan argumentos técnicos, cuando el marcador deja de pensar en fútbol y solo entiende una cosa: hay que detenerlo como sea.

Pero Maradona seguía.

Lo apretaban, lo empujaban, lo buscaban por detrás. Baverini llegó tarde. Porras no encontraba forma de marcar al capitán argentino. El relato cambiaba de idioma, de tono, de respiración, pero la escena era siempre la misma: Diego escapando entre piernas, camisetas y manotazos, como si llevara escondido en los botines un secreto que nadie podía quitarle.

Había momentos en que el estadio no gritaba gol. Gritaba advertencia.

Ahí va Maradona.

Otra vez Maradona.

Sigue Maradona.

Y mientras los rivales retrocedían con esa mezcla de miedo y rabia que solo provoca un genio suelto, él levantaba la cabeza lo justo para ver un hueco donde otros solo veían cuerpos. Entre dos. Entre tres. Después del cruce. Después del tirón. Después de la patada que no alcanzó a cambiar la historia.

La jugada continuó porque él continuó.

Entonces vino el pase. Limpio. Preciso. Cruel para los que lo perseguían. La defensa quedó rota, el campo se abrió y el nombre de Caniggia empezó a aparecer como una promesa corriendo hacia el área. Había posición dudosa, había reclamos, había ruido, pero también había algo más fuerte: una jugada fabricada por Maradona desde el caos.

Gol de Argentina.

Caniggia lo marcó, sí. Pero todos entendieron de dónde había nacido.

De ese zurdo que acababa de dejar atrás a Dunga. De ese capitán al que Ricardo Rocha intentaba cortar. De ese jugador que no necesitaba correr más rápido que todos, porque pensaba antes que todos.

Después siguieron llegando las imágenes como golpes de memoria: Maradona probando desde lejos, Maradona metiéndose entre tres, Maradona sacando un centro, Maradona haciendo que hasta los comentaristas perdieran la compostura. Maestro. Emperador. Grande. Otra vez el maestro.

La ovación no parecía para una jugada. Parecía para una manera de desobedecer las reglas normales del juego.

En minuto y medio, o quizá en toda una vida resumida sobre el césped, Diego volvió a tomar la pelota desde atrás. Primero dejó a Prince en el camino. Luego soportó la molestia del cuerpo rival. Y se fue. Y siguió. Y volvió a irse.

Nadie lo podía agarrar.

El estadio se levantó antes de saber cómo iba a terminar todo. Porque cuando Maradona arrancaba así, no se miraba el reloj, ni el marcador, ni al árbitro.

Se miraba la pelota.

Y justo cuando Luis González apareció en el relato, cuando la ovación empezó a crecer como si el estadio entero estuviera empujando a Diego hacia una última escena, Maradona volvió a tocar el balón con ese pie izquierdo que parecía decidir por todos…

Y se fue.

Y siguió.

Y se fue otra vez. ⚅

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Foto: Eric Miralrío

 
 
 

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