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¿Ya llamaste a casa?

  • Ricardo del Carmen
  • hace 3 días
  • 2 Min. de lectura

Hace tiempo, en una lectura, Brenda Ríos dijo algo como: “llamo a casa con el temor de que un día nadie conteste”. Ese verso se me quedó en la memoria como una impronta y me prometí a mí mismo que no pasaría un día sin llamar a mis padres. A veces no lo logro, el tiempo me absorbe y cuando han pasado las diez de la noche, elijo no intervenir el sueño de ambos en casa.

Las veces que mamá me llama después de esa hora y me excuso en lo anterior, me ha dicho que no importa, que ella despertará siquiera para decirme: buenas noches, descansa. Comprendí entonces el ferviente deseo de que todos los días, aunque sea por un minuto, le marque, que nos preguntemos cómo estamos, qué estás haciendo, ya comiste.

Hay días en que me quedo sentado en la silla o me acuesto en la cama como un adolescente enamorado y hablamos largo y tendido. Le gusta que le cuente lo que hago y me gusta escuchar lo que me dice: cómo ha estado abuelita, qué ha pasado en el pueblo, quién nos ha dicho adiós sin despedirse; luego me pide que le cuente lo que hago: qué aprendiste esta semana, cómo te has sentido, si has comido bien (las madres tienen una obsesión con que comamos bien).

Siempre me pregunta si tengo tiempo. No sé si el tiempo fue una excusa recurrente o si realmente en algún momento estuve tan ocupado que no había tiempo para ellos, o simplemente dejaba que el tiempo transcurriera sin ellos, pero nada sucede dos veces ni va a suceder / por eso sin experiencia nacemos / sin rutina moriremos.

Los he visto envejecer y he aprendido a respetar su vida y a valorar sus consejos. A veces me irritaba con mi padre cuando hablábamos, pero ya no. Lo escucho aunque me cuente la misma historia dos veces, siento su presencia cuando se despide y, como si fuera el final de la misa, me dice que Dios y la Santa Virgen te protejan, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y me imagino su mano sobre mi cabeza; creo que porque en muchas fotos papá aparece poniéndonos las manos en la cabeza.

Cuando vienen de visita siempre llegan con algo del pueblo: te trajimos pan, tamarindo, plátanos, miel, café, maracuyá, guanábana, mangos, queso fresco. Y no tengo más que agradecer. Un día que estuve enfermo, papá me trajo limones, una cabeza de ajo y unas ramitas de ruda; me dijo que me hiciera un té y me lo tomara. A pesar de los años, seguimos siendo sus niños. Me daba instrucciones sobre cómo hacer la infusión y cómo sembrar la ruda. Aunque lo sé, elegí escucharlo.

Por la noche les escribí para saber si llegaron bien; me dicen que todo estuvo bien, pesado pero bien, que estaban cansados y dormirían. Me dicen te amo y les digo que yo también. En la cocina, en una bolsita de plástico, veo el limón, la ruda y el ajo, y sonrío porque están aquí.⚅

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[Foto: Carlos Ortiz]

 
 
 

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