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  • Ricardo del Carmen

A pesar de la tormenta


El año pasado intenté hacer un seguimiento personal de los asesinatos en Acapulco. Tomaba capturas de pantalla a todas las notas sobre sucesos violentos. Luego me harté, comencé a sentirme vulnerable. Recordé la sensación que años atrás me había producido mi trabajo. Hicimos un monitoreo de muertes violentas en Guerrero, pero, como había que clasificar información sobre las víctimas y victimarios, teníamos que leer la nota completa. Había casos que me hicieron sentirme muy mal, como el de la mujer que fue cocinada por su esposo, en Taxco; la violación de una bebé; el asesinato de una mujer de la tercera edad para quitarle su pensión. Tortura, amputaciones, despellejamiento, masacres. Muerte, muerte, muerte.

En esos días comencé a sentir vértigo. Salía por la calle del Fuerte de San Diego, a veces ya de noche y sentía que me perseguían. Ese miedo era algo nuevo para mí, sobre todo porque sabía que era real. Podía pasar en cualquier momento, caminando, saliendo de casa, en la escuela, en el trabajo, alguien podía disparar mientras esperaba el taxi, o desaparecerme y nadie haría nada. Lo había leído cientos de veces. Un día de tantos, bajaba caminando con mis compañeras y compañeros y dije: saben qué, en estos días he sentido un poco de miedo, como que siento que me persiguen. De pronto una compañera dijo: yo también; oigan, yo también, dijo alguien más. Coincidimos en el estrés que nos generaba exponernos a conciencia a la violencia, a sus formas y resultados.

De vez en cuando era necesario salir a tomar aire, a mirar el mar, a veces llorábamos porque no nos preparamos psicológicamente para estos eventos: la destrucción de los cuerpos por animales feroces en medio del desierto. Difícilmente, por supuesto, encontramos notas de seguimiento en donde se hablara de la justicia. La mayoría era de que el herido un día, moría otro día en el hospital.

Dejé de capturar las notas porque me rebasaban, son tan frecuentes, tan cotidianas. Balaceras, encajuelados, ataques armados, cuerpos y más cuerpos sin vida. Al inicio de este año fui víctima de un asalto con arma de fuego, y no sentí miedo hasta después, cuando fui como consciente de lo que había pasado. El 23 de marzo desapareció mi primo Daniel de la Cruz del Carmen, era policía del Estado y, según la versión oficial, se bajó de la patrulla antes de llegar al campamento y corrió hacia la maleza. Absurdo, ¿no? Ahora mi timeline muestra cada vez más boletines de desaparecidos.

Al final creo que me cansé, quería dimensionar un problema que ya sabía que nos sobrepasa, pero mucho, por mucho. Si a mí me pesa, no quiero imaginar todo lo que pesa a las víctimas y sus familiares. Este andar en busca de un pedacito de justicia, una rosa de los vientos para los desaparecidos, una señal de que las cosas no estarán peor. Y sigo teniendo miedo, tan frecuente como respiro, pero sigo. A pesar de la tormenta, seguimos. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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