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  • David Espino

Acapulco en la nueva narrativa

Actualizado: 2 jun 2022


El jueves 26 de mayo comenté en Chilpancingo el libro de José Luis Zapata, Nadie duerme con ropa en Acapulco (Reververante-2021). Lo que dije del libro no viene a cuento. Lo menciono porque mientras escribía ese texto me vinieron a la mente otras ideas, una de esas es la que quiero comentar aquí, y es el Acapulco en el imaginario de los escritores. Otra vez: el Acapulco en el imaginario y la narrativa y la poética de los nuevos escritores.

Acapulco ha sido objeto de muchos libros a lo largo de su historia, al menos de su historia como destino turístico. Pero ese objeto de escritura, de contarlo desde la literatura, desde la poesía y desde la crónica, ha cambiado de un tiempo para acá. Desde que el narcotráfico bañó de sangre la ciudad y de un momento a otro dejó de oler a mar y playa.

No les hablaré de lugares comunes que, parece, en eso ha caído hablar de la violencia en Acapulco. Por desgracia, ese fue el momento en el que, sospecho, los escritores dejaron de verlo como lo veían sus bisabuelos, aquel Acapulco de la boda de Elizabeth Taylor, o del Tarzán de Johnny Weissmüller, y vieron en él un objeto de escritura desde el presente y no más desde el pasado en blanco negro del jet set hollywoodense.

Dice Wikipedia que sobre Acapulco se han escrito al menos diez libros. Supongo que este registro lo hizo y lo subió a la plataforma la institucionalidad, es decir, los gobiernos en turno, porque menciona sólo aquellos libros que han sido de algún modo amables, que han evocado el pasado dorado —o de plano que son de esa época— y que no voltean a ver el Acapulco contemporáneo.

Se está haciendo tarde de José Agustín; Acapulco de Ricardo Garibay; Acapulco en el sueño de Francisco Tario; Luna llena en las rocas de Xavier Velasco; Canción de tumba de Julián Herbert; Acuérdate de Acapulco de Soledad Loaeza; Orson Welles en Acapulco de Rafael Aviña; Acapulco en la historia y la leyenda de Vito Alessio Robles; El edén oscuro editado por Frabrizio Medía Madrid; y Un drama en México de Julio Verne.

Conozco algunos de ellos: Acapulco de Garibay; el de Herbert; el de Loaeza; el que compiló Mejía Madrid; y el de José Agustín. Los otros son acaso inconseguibles —el de Garibay también. Lo tengo gracias al ePub, algunos ni de esa forma—. No está mal volverle a dar una ojeada a estos títulos; comprobar, ahora con otros ojos, el Acapulco en la narrativa de estos autores y, salvo el de Garibay, que es una crónica periodística escrita hacia finales de los 70, los demás son novelas, algunas más crudas que otras, pero al fin ficción. Otros son sólo suspiros, el de Loaeza, por ejemplo. Suspiros del Acapulco que no volverá.

La oficialidad, o quien haya subido este registro a la Wikipedia, miente por omisión. Hay un puñado de autores guerrerenses que tienen otra mirada de Acapulco. Algunos más jóvenes que otros, pero con una mirada fresca, menos romántica, diferente a la que tuvieron aquellos autores. Seguro es por lo que les tocó vivir, seguro que por eso; aunque también, supongo, porque se niegan a quedarse en el pasado y buscan contar el Acapulco que padecen.

Autores como Federico Vite, Paul Medrano, Toño Salinas, Jeremías Marquines, Geavanni de la Rosa, Edgar Pérez, José Luis Zapata tienen cosas diferentes que decir y vaya que las han dicho. Lástima que su obra resulte incómoda para la oficialidad que insiste en voltear a ver a otro lado, o lo peor, que pretende ocultar la violencia, la pobreza y la desigualdad social rampante en Acapulco como quien oculta la mugre bajo la alfombra.

O hablemos de cómo esta realidad ocupó otro lugar en la crónica, que ya no es la crónica social ni del glamour de los millonarios que sí que disfrutan los atardeceres y las hermosas puestas de sol —dicen que son hermosas— con una margarita en la mano, si no la crónica con una mirada hacia la violencia, hacia quienes la sufren y hacia los cinturones de miseria donde vivir a diario resulta una suerte de milagro y de tesón de asirse a cualquier cosa que les dé esperanza.

Esa nueva narrativa que puede leerse —que debe leerse— en Bajo el cielo de Akapulco de Vite; Serial de Salinas; El Acapulco punk de Medrano; Acapulco golden de Marquines; Nadie duerme con ropa en Acapulco de Zapata; en los cuentos de De la Rosa, o en los cuentos hilarantes de Pérez, se negó y se niega a voltear a ver a otro lado mientras en las calles de la ciudad caen muertos a diario, desaparecen a diario, raptan mujeres a diario.

Conozco a todos y a todos lo he leído. Son autores comprometidos con su escritura, con una preocupación genuina por lo que pasa en la ciudad en la que han vivido, por lo que pasará en caso de que las cosas sigan como hasta ahora. Son autores que tampoco buscan la notoriedad —eso llega, acaso, por añadidura y como una maldición—, sino contar sus historias lo mejor que puedan y hacer catarsis lo más pronto posible. Y, tal vez, incidir al menos un poco en los lectores que los leen y las conciencias de quienes los rodean. Y eso también es demasiado.

La de ellos es una narrativa urgente, o una nueva narrativa, que renunció a la tradición de la novela rosa o negra en el mejor de los casos; del suspiro y el recuerdo romántico que sólo hablaba del dorado Pacífico, de las bellas mujeres y los apuestos varones. La oficialidad se ha aferrado a eso, y cree que ignorando a estos autores y el motivo de sus insomnios dejará de existir su escritura y se apagará su mirada.⚅

[Foto: Carlos Ortiz]

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