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  • Enrique Montañez

Anima ignis


A Heráclito de Éfeso, llamado el Oscuro, se le debe el concepto de eternidad, es decir, la infinidad temporal del ser. “Resulta imposible meter el pie dos veces en el mismo río”, con esta alusión metafórica sentencia, asimismo, que la realidad es devenir perpetuo.

Lo anterior concierne a la teoría del cambio universal del filósofo presocrático referido, que además enriquece la concepción expuesta por los pensadores alejandrinos que le precedieron al incluir en la naturaleza material del mundo el fuego: “El cosmos no lo hizo ninguno de los dioses, ni ninguno de los hombres, sino que siempre fue, es y será fuego vivo que se enciende según medida y se apaga según medida”.

Tales y Anaxímenes, por ejemplo, sólo consideraban como constitutivos esenciales del universo el agua y el aire. Sin embargo, Heráclito suma al fuego y lo instituye como elemento primordial del cosmos y, por ende, del ser humano [la parte es el todo, y el todo es la parte]; constituye el alma humana y le da vida al cuerpo: anima ignis.

El fuego, para el sabio efesino, es fundamento propiciador, autoformador y autoordenador, inmanente al ser y a las cosas. La materia primordial del todo. El fuego, como factor integral de su teoría referida, también es un hilozoísmo del cambio perenne que prevalece sobre lo real circundante.

Más que un compuesto químico, el fuego es hálito insuflador de la existencia en sí, es decir, según concepción de Heráclito, de la contienda, de la lucha incesante que se cifra en la realidad; ergo, mantiene el constante movimiento vital: “Si no existiese la lucha [aduce], perecerían todas las cosas”. El mundo para él es “fuego siempre vivo”, secuencia simbólica por la cual se generan todas las cosas y, en consecuencia, retornan a él; el alfa y el omega: “El camino hacia arriba y el camino hacia abajo; uno y el mismo camino”.

El alma es doctrina del fuego, se ha dicho ya, proviene de éste y, por tanto, se encuentra en transformación constante y, sobre todo, es de carácter eterno: “A los hombres, tras la muerte, les esperan cosas que ni imaginan”, señala un Heráclito que pareciera indicar que el alma trasciende la muerte corpórea.

El fuego, prima materia y prima fuerza cósmica, muere [se apaga; al camino hacia abajo]; sin embargo, se convierte en tierra y en agua, que a su vez nutren un torbellino ígneo [renace, vuelve a encenderse; el camino hacia arriba]. Id est, la composición de los contrarios del mundo que estableció Heráclito; proceso eterno de nacimiento y destrucción [“todo fluye, todo cambia”] de todo lo que integra el universo y, por lo tanto, al quedar eliminados el reposo y la inmovilidad, la propiedad de muerte resulta invalidada.

Para el célebre efesino, la labranza perentoria y ulterior del alma, conformada por el fuego eterno, es permitirnos entrar en contacto con el logos, es decir, la verdad y causa de nuestro ser y devenir, venero de la inteligencia, orden supremo, en pos de unirnos con la razón cósmica: principio del todo, el Uno. ⚅

[Foto: Gonzalo Pérez]

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