¿Bad Bunny?
- Efraim Medina Reyes
- hace 11 minutos
- 3 Min. de lectura

Carol Isabel (que me pidió no escribir su apellido) me pregunta por qué no he escrito jamás acerca de Bad Bunny y me pide una respuesta clara al respecto. Intentaré complacerla: apreciada Carol, hay algo que se llama música y es un vasto universo donde convergen los más diversos estilos y tendencias. Como cualquier otra materia hecha de sensibilidad e inteligencia, la música ha evolucionado desde su origen hasta hoy, pero en lo esencial sigue intacta.
En ese universo de la música hay gente tan importante para el mundo como Beethoven o Bach, como Thelonious Monk o Miles Davis, como Prince o Michael Jackson… y otros que son imprescindibles para su propia cultura como, en nuestro caso, Alejo Durán o Joe Arroyo (sin quitar que Joe fue una estrella de nivel internacional). O en Cuba Dámaso Pérez Prado, Ernesto Lecuona o Benny Moré.
No hay que ser muy listos para entender que arte y entretenimiento pueden ser cosas muy distintas y que la palabra artista puede decir mucho o nada. Existe el arte y existe la industria del entretenimiento, que puede etiquetar y etiqueta como arte cualquier cosa que se venda.
La realidad, creo que lo sabes, no es un esquema fijo. Existen múltiples realidades y cada una de ellas tiene sus propias dimensiones. Sólo hay que estar dispuestos a no resignarse con esta estúpida realidad funcional e ir más allá. El arte, en su forma suprema, crea su propia, sofisticada y absoluta realidad. Kafka creó la suya y es para siempre. La industria, toda industria, no pretende otra cosa que convertir el mundo en un inmenso supermercado y a los seres humanos en autómatas que giran llenando sus carritos o babean frente a una pantalla.
El único objetivo de lo industrial es producir a gran escala con los costos más bajos posibles. La calidad en la producción industrial no suele ser una prioridad. La prioridad es que los productos (llámese Bad Bunny o Burger King) funcionen en el mercado, y “funcionen” equivale a ventas y dinero en efectivo. El producto que funciona de inmediato será convertido en dios, ícono y celebridad del mercado. Obviamente le darán el máximo impulso a través de los mecanismos usuales de promoción masiva, los premios acordados (Grammys, Óscares, etcétera) y todos los artefactos que la estructura industrial y de consumo posee para inocularnos más y más dicho producto.
Por razones obvias de costos y control del mercado, la industria del entretenimiento prefiere producir mierda. Mierda física y mierda disfrazada de arte. El verdadero arte no les interesa porque es escaso, complejo y difícil de domesticar y empacar a su antojo. La mierda, en cambio, abunda y es desechable. A quienes rigen el esquema industrial no les interesan cosas que permanezcan en el tiempo sino aquellas que se consumen y se olvidan rápidamente, porque así pueden disparar y vender continuamente mierda a tutiplén.
Todo este preludio para rechazar, como hombre, ser humano y latinoamericano que soy, cualquier vínculo cultural o de cualquier otro rango con esa plasta de mierda de perro llamada Bad Bunny. Sólo un idiota podría pensar que los ruidos y los gruñidos que emite ese subnormal puedan tener alguna relación con la música. Pueden darle cien mil Grammys o gramos, puede vender su basura en todos los planetas del universo, puede ser inflado por la industria y sus medios de comunicación masivos hasta reventar, pero nadie podrá salvarlo de desaparecer y regresar a la nada infame de donde vino. No tengo duda de que la celebridad de Bad Bunny se irá por el desagüe de algún podrido baño público junto a los pelos de la crica de alguna rata y, ojalá, se vayan con él todos los de su especie y, por supuesto, quienes compran sus detritus, lo veneran y exaltan. Los miserables mutantes que consideran que Bad Bunny tiene algún valor artístico o un mínimo rasgo de sensibilidad humana…
Espero con esto, querida Carol, haber dado una respuesta clara a tu inquietud. Si tienes otra pregunta, estoy siempre a tus órdenes. ⚅
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[Foto: David Espino]







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